sábado, 14 de septiembre de 2019

Salgari. El camino hasta llegar a Sandokán


Los tigres de Mompracem - Versión de Beatriz Actis
(Editorial Estación Mandioca)


Capítulo 1: Los piratas

   En la noche del 20 de diciembre de 1849, un huracán feroz y despiadado azotó la isla de Mompracem, ubicada en el Mar de Malasia, a unos centenares de kilómetros de Borneo. La isla era una guarida de piratas.
Nubes negras y truenos ensordecedores, en la altura; olas amenazantes, sobre el océano... No se distinguía en la zona ninguna luz, excepto en un par de ventanas de una fortificación construida en la roca que se enfrentaba al vacío, de cara al mar.
Era inevitable pensar, ante semejante visión, quién podría estar despierto en aquel lugar salvaje, en aquella noche de tormenta furiosa, en aquellas horas de desasosiego…
La construcción imponente sobre la que se agitaba una bandera roja con el dibujo de la cabeza de un tigre se alzaba sobre un conjunto de terraplenes que formaba una trinchera plagada de armas abandonadas y de huesos humanos.
Las ventanas iluminadas correspondían a una de las paredes del edificio, que era nada más ni nada menos que la vivienda que servía de refugio a los piratas de Mompracem.
En el cuarto, una mesa de ébano ocupaba el centro; tenía adornos de nácar y de plata, y estaba cubierta por copas y botellones de cristal que destellaban con la luz de las lámparas.
Las paredes se encontraban revestidas por tapices de Persia y por mantos de terciopelo con hilos de oro suntuosos aunque, en parte, estropeados.
De los grandes armarios asomaban piedras preciosas y perlas de Ceilán; también objetos sagrados, pero algunos de ellos estaban rotos.
Todo lo allí reunido era valioso; sin embargo, estaba mezclado y desordenado. Parecía que había sido dejado en aquel lugar con apuro o sin haber sido tratado con la debida precaución.
Sobre un antiguo órgano con el teclado averiado había cuadros, ropas, finas alfombras enrolladas, joyas, armas de fuego (como pistolas, carabinas y fusiles) y varios puñales y cimitarras, que son sables con una hoja de curva larga.
En medio de aquel exótico escenario, un hombre estaba sentado sobre un sillón bajo y amplio, algo deteriorado también.
Contemplaba, pensativo, la luz que irradiaba una de las lámparas.
Su apariencia era temible. Era alto y musculoso, el cabello le llegaba hasta los hombros y la barba le crecía negra y tupida, sobre un rostro ligeramente bronceado, de varonil y rara belleza.
Su mirada era penetrante. Iba vestido con una lujosa chaqueta de terciopelo azul con ribetes dorados, y de la cintura, rodeada por una ancha faja de seda roja, colgaba una cimitarra reluciente.
Todo en él resultaba desafiante y enérgico. De pronto, dijo con voz grave:
¡Es medianoche y no ha vuelto todavía!



Para recorrer el libro:
https://issuu.com/estacionmandioca/docs/los_tigres_de_mompracem_-_recorre__

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