Cuando se va el verano (2017)

Cuando se va el verano (2017)
Libro para jóvenes - Estación Mandioca Ediciones

Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

viernes, 30 de diciembre de 2011

Saer. Poema

Vecindad de Logroño

Anotar: en la siesta que arde
la noche voluntaria hace señas,
desde lejos, ubicua,
en la constancia amarilla. Anotar:
viñas verdes sobre tierra roja. Anotar que
la liebre, presa y escándalo,
desea al faro que la inmoviliza.
Anotar: abismos soleados
en días cuyo nombre es legión.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

El hombre con la cara del Che

El hombre con la cara del Che
Washington Cucurto

Él se tatuó al Che en el hombro
cuando nadie se tatuaba nada ni
siquiera todos conocían al Che.
Cuando eso ocurría, él se lo tatuó.
¿Por qué te has tatuado al Che?
le preguntaba mi abuela.
Eso hacen los hombres que salen de la cárcel,
decía ella.
“Y qué crees vos, madre, que es esta vida que vivimos
sino una gran cárcel”.
Cuando nadie se tatuaba nada, él
se tatuó al Che en el Hombro
siglos antes de que el Che fuera el Che;
un hombre hizo eso antes
de que todo esto sucediera.
Hoy, un día antes de navidad,
lo llamo para desearle felices fiestas.
Me atiende completamente borracho.
Feliz de escucharme y a la vez
me dice algo acerca de la nieve.
“Vos sos un simulacro en la nieve”.
Mi padre ha vuelto a la bebida.

Regresó a ella.
“¡Qué lindos están tus hijos, hermano!”
Mi padre me dice, “hermano”.
Papá, mañana es navidad.
“Estoy arrepentido de haberme
tatuado la cara del Che en el Hombro.
Arrepentido de todo y tambíén del Che”.
Su Che, nuestro Che del Hombro de nuestra
Infancia.
“El Che envejeció en mi hombro más que yo”,
me dice.
Mi padre ha vuelto a la bebida.
Mi padre se cae al Hombro.
“No te olvides de mí, hermano”, me dice.
Eso nunca, contesté, y bajé el teléfono.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

la sospecha

la sospecha
Poema de Elena Annibali

hace un tiempo aquí hubo caballos,
los mensuales cruzaban, por la ruta,
cargando la carne dorada
de las perdices,
las adolescentes escribíamos, con trozos de velas,
mensajes pornográficos en los vidrios de la gruta
de santa rosa de lima
ahora manejo por la 36 y sólo se escucha
el frufrú de la soja
los aviones cargados de roundup
que se desplazan con un sonido antiguo de dirigible
emanando una neblina tornasol que arrastra
el mismo viento que silba en las taperas
no sé si esto sea el estrago
la podredumbre
sé que cuando miro, algo sospechoso y sombrío
ingresa a la zona de mis huesos
como la verde mosca
que corrompe la pulpa de los potros

Poema, Bolaño

Ahora paseas solitario por los muelles
de Barcelona
Fumas un cigarrillo negro y por
un momento crees que sería bueno
que lloviese
Dinero no te conceden los dioses
mas sí caprichos extraños
Mira hacia arriba:
está lloviendo

martes, 18 de octubre de 2011

Taller 2011 - Tomás Doblas

El sueño
Tomás Doblas

Entró sin hacer ruido, como todas las noches. En la pieza su madre, que ya estaba acostada, le señaló la mesa con un gesto. Se acercó y vio algo de pan y fiambre.
Se quitó la campera raída, de uno de los bolsillos sacó un auto de plástico rojo, sin ruedas, lo colocó en la cama, junto a la cabeza del hermano dormido.
Se calentó el mate cocido y sentado a la mesa empezó a hojear la revista, sacada también de la basura. Lo iluminaba el farol de la calle. Lo atrapó una ilustración: en una cocina relumbrante una mujer joven y sonriente servía platos de sopa humeante a dos chicos sentados a la mesa. Se quedó mirando, sin poder apartar la vista; mientras, el sueño lo iba venciendo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Taller 2011 - María Teresa Perotti

Magnolias
María Teresa Perotti

Sólo la escalera del abuelo
llegaba a esas campanas níveas
que buscaban
la luz del cielo.

Desde la ventana
durante los días de lluvia
yo miraba las magnolias,
suaves como la ternura de la abuela,
batiéndose contra el viento y el agua.

Aplastaba contra el paladar,
una a una, uvas agridulces
y me recostaba sobre el tronco rugoso
en las siestas del verano.

A ese árbol regreso esta noche
en que invaden
los recuerdos.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Taller 2011 - Francisco Sanguineti

Marta García
Francisco Sanguineti

Marta García está en la facultad de Ciencias Económicas en La Plata, es el año 1977 y un grupo comando irrumpe en la clase. Un par de semanas antes, Teresa, la hermana de Marta, pasó por una situación similar en la facultad de Psicología, en esa ocasión los militares pidieron a toda la clase que se pusiera contra la pared, acto seguido fusilaron a dos estudiantes. Marta ve la llegada de los uniformados y recuerda el relato de su hermana, el pedido es el mismo: todos contra la pared. Marta entra en shock, sabe lo que va a pasar, se niega a obedecer el pedido, teme ser una de las destinatarias de las balas. Pero llega un militar y de un culatazo en el estómago desparrama sus menos de 50 kilos de rebeldía contra el piso. Ella se retuerce, apenas puede respirar y alguien a quien solo puede verle las botas le pide los documentos. “Sos de Lincoln, ¿sos algo de Mauricio Parra?”. “La prima”, responde. “Mirá, es la prima de Parra”, grita el militar a otro del grupo, acto seguido le dice que su primo hizo la colimba con él. Mientras tanto, unos metros al costado, se llevan a la rastra a dos compañeros que Marta no va a volver ver.

lunes, 3 de octubre de 2011

Taller 2011 - Stella Zampa

Esquinas
Stella Zampa

Lo llaman Chiquita Bacana pero es un hombre. Tiene la cabeza grande, el cuerpo corto y los pies desmedidos. Nunca supe a qué se debe el sobrenombre. Es epiléptico y por eso alguien le consiguió hace años una pensión graciable. Desde entonces se para en la esquina de los negocios desde que abren hasta que cierran. Estuvo años en la esquina del almacén de mi padre, lloraba cuando cerraban por vacaciones y, desesperado, buscaba otra esquina y otro negocio. Cuando se abrió el único supermercado del pueblo, allí fue a instalarse todo el día. Ya está anciano pero uno puede verlo aún en ese lugar, paradito, saludando. El día que murió mi madre se me acercó llorando a decirme que también era su madre (aunque casi tenía su edad). Muy de vez en cuando viajo al pueblo y lo veo allí paradito, no resisto y le grito: “¡Chau, Chiquita!”. Él levanta la mano y amplía su sonrisa permanente.

domingo, 2 de octubre de 2011

Taller 2011 - Fabiana Paloma

Algo de mí
Fabiana Paloma

Tengo algo en las tripas. Lo sé, lo siento moverse adentro mío. Es como un bicho que se desplaza lento y sinuoso por mis intestinos. Enroscando, anudando, estrangulando. Un Kundalini infecto. Lo siento respirar: Inspira y me succiona, espira y me infla. A veces siento que “eso” sube, atraviesa el diafragma, presiona sobre el corazón, en los ganglios. Ahí parece que muerde y punza. Es en esos momentos cuando me asusto un poco, ¿sabe?, y me pregunto qué es lo que tengo.
Es entonces cuando lo llamo.
Pero no voy a ir a verlo. Sé muy bien lo que esconde bajo ese guardapolvo que exagera de blanco. Nada hay en este mundo nuestro que sea tan inmaculado. Desconfío, doctor, desconfío. He visto caer rojo de sangre indefensa sobre blanco de guardapolvo almidonado, y he visto cómo un semidios se transforma en un carnicero.
No, no insista, doctor. No pienso ir. Lo visito cuando estoy sana. Voy para que me toque la frente, me haga abrir la boca y decir Aaaa, me mire los oídos y palpe los ganglios, y tire el diagnóstico de turno: gripe, anginas, alguna cosa viral. Nuestra cita termina ahí, un antibiótico, un analgésico y todos contentos doctor: Usted cumplió con su misión en la tierra y yo, saludablemente enferma, me permitiré un par de días de reposo justificado.
Pero esta vez es distinto, doctor. Y adivino sus planes. Porque usted me cree de carne y hueso. Me piensa así sin verme. Apenas si conoce un aspecto mío. Por eso, doctor, sé que usted me derivará, me dejará en manos de otra gente de blanco para que ellos me radiografíen, ecografíen, corten, pinchen, envenenen, entuben…
Van a despellejarme, doctor, van deshacerse de mi piel para mirarme adentro. Y yo no estoy ahí ¿Sabe? Entiéndalo: No soy yo esa amalgama de tejidos y huesos. No me van a encontrar enredada en un entrevero de venas y tendones. Yo soy un aire que me rodeo. Soy ingrávida. Este dolor en realidad no es mío: es de este cuerpo absurdo que me traiciona. Mi cuerpo con dolor es mi vacío: un concentrado de piedra gélida que ningún fuego alcanza a calentar. Es materia densa y oscura que se contrae en sí misma, vórtice que absorbe toda energía.
Por eso le hablo, doctor, por si desaparezco, nada más le pido un favor: Sea mi testigo. Cuéntele a alguien, alguna vez, algo de mí.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Taller 2011 - Gustavo Fracchia

Muelle y velero
Gustavo Fracchia

El muelle abandonado de maderas negras de petróleos antiguos,
con los pies mojados,
inerme, mira el velero hacia el ocaso,
avanza lento pero resoluto, con favorable viento,
trazando estela perpendicular que a poco desvanece.

Mi amor abandonado en el ocaso
de muelles de maderas negras de petróleos antiguos,
inerme ante desfavorable viento,
desvanece lento, con sus pies mojados.
En el velero, resoluta, perpendicular, Estela.

De las maderas negras de petróleos antiguos
mi amor resurge perpendicular desde el ocaso,
seca sus pies aprovechando el viento,
traza nuevo rumbo, avanza lento,
inerme, sin velero, sin dejar estela.

Taller Literario 2011 - S. Iammarino (II)

TRES PECES PINTADOS
Silvia Iammarino

El rosal
tenía
una sola flor.
En el muro del patio
tres peces pintados
un pacú
un manduví
un amarillo.
En un rincón
una damajuana.
Un desvelo temprano
ahogó
las redes
en las aguas mansas.
El pescador
volvió
pasado el mediodía.
El sol
no brillaba
en sus manos vacías.
Lo esperaban
una damajuana,
tres peces pintados
y una sola flor.

Taller Literario 2011 - Silvia Iammarino

DRUETA EN MI CABEZA
Silvia Iammarino

Amaneció nublado
como mi cabeza.
Anoche tuve un sueño
y me despertó un malestar.

Un tal señor Drueta
me penetra
(juro que la rima es involuntaria).
A ese señor no lo conozco
ni en sueños
no tiene rostro
ni color.
La escena no es un cuadro romántico de Klimt.

Recuerdo a mi profesor de natación.
Anoche lo despedimos,
se muda a otra ciudad.
Se llama Moccicafreddo.
Descarto una posible
relación con Drueta.

Enciendo la cafetera,
preparo el desayuno,
intento comprender,
suena el teléfono.
Mi vieja me exaspera con sus intromisiones.
Lo pienso
pero me callo.
Mi hermano va a ser padre
y ese tal señor Drueta me penetra.

Juego con el sueño,
desarmando y recomponiendo a
DRUETA.
Entonces
ese tal señor
podría ser
DUARTE
ATURDE
ARDE TÚ

De DUARTE
Eva me acerca a “La razón de mi vida”.
Debo llenar demasiadas entrelíneas.
Abandono esa línea de investigación.

De ATURDE
reconstruyo a mi vieja.
Relación con la madre
problemática mayor.
Hoy no exploro esta cuestión.

De ARDE TÚ
me acuerdo de Juan.
Conocí a Juan
cuando descubrí el río.
El río tiene magia y misterios.
Juan se fue sin palabras y sin promesas
y el señor Drueta me penetra.

Lo que arde
ahora
son las tostadas.
Eva, mi vieja y Juan.
Hoy no puedo salir del atolladero.

Un fragmento de la vida es una historia
cerrada
con principio y fin.
Escribo el argumento
y fuerzo el destino
-sentencio.

Drueta en mi cabeza
será arduo trabajo con mi analista.
Ahora salió el sol.
Yo prefiero ir pedaleando
muy despacio
hasta el río.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Enrique Linh

Si se ha de escribir correctamente poesía
Enrique Linh

(...)
Si se ha de escribir correctamente poesía
en cualquier caso hay que tomarlo con calma.
Lo primero de todo: sentarse y madurar.
El odio prematuro a la literatura
puede ser de utilidad para no pasar en el ejército
por maricón, pero el mismo Rimbaud
que probó que la odiaba fue un ratón de biblioteca,
y esa náusea gloriosa le vino de roerla.
Se juega al ajedrez
con las palabras hasta para aullar.
Equilibrio inestable de la tinta y la sangre
que debes mantener de un verso a otro
so pena de romperte los papeles del alma.
Muerte, locura y sueño son otras tantas piezas
de marfil y de cuerno o lo que fuere;
lo importante es moverlas en el jardín a cuadros
de manera que el peón que baila con la reina
no le perdone el menor paso en falso.
Quienes insisten en llamar a las cosas por sus nombres
como si fueran claras y sencillas
las llenan simplemente de nuevos ornamentos.
No las expresan, giran en torno al diccionario,
inutilizan más y más el lenguaje,
las llaman por sus nombres y ellas responden por sus
nombres
pero se nos desnudan en los parajes oscuros.
Discursos, oraciones, juegos de sobremesa,
todas estas cositas por las que vamos tirando.
Si se ha de escribir correctamente poesía
no estaría de más bajar un poco el tono
sin adoptar por ello un silencio monolítico
ni decidirse por la murmuración.
Es un pez o algo así lo que esperamos pescar,
algo de vida, rápido, que se confunde con la sombra
y no la sombra misma ni el Leviatán entero.
Es algo que merezca recordarse
por alguna razón parecida a la nada
pero que no es la nada ni el Leviatán entero,
ni exactamente un zapato ni una dentadura postiza.
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lunes, 5 de septiembre de 2011

Poema

Ultima apuesta
Jorge Leónidas Escudero

Apártense, déjenme pasar
vengo de estar existiendo y ya lo sé
voy a las palideces. Merezco
descanso pero antes
quiero mirar atrás del horizonte para
no verme siempre aquí como árbol seco
donde no hay más que hablar.
No atajen, no digan que hay medicina buena
dejen que me siente en el umbral
a ver pasar la última gente. Los pájaros
están escondiendo la cabeza bajo el ala.
Manden alguien a comprar pan
no digo de aquí sino de mañana
porque mi hambre última
es de lo que aún no he visto.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Fabián Casas

Después de largo viaje

Me siento en el balcón a mirar la noche.
Mi madre me decía que no valía la pena
estar abatido.
Movete, hacé algo, me gritaba.
Pero yo nunca fui muy dotado para ser feliz.
Mi madre y yo éramos diferentes
y jamás llegamos a comprendernos.
Sin embargo, hay algo que quisiera contar:
a veces, cuando la extraño mucho,
abro el ropero donde están sus vestidos
y como si llegara a un lugar
después de largo viaje
me meto adentro.
Parece absurdo: pero a oscuras y con ese olor
tengo la certeza de que nada nos separa.

Poema de Aliaga

Viaje II
Cristian Aliaga

Empecé mis viajes transoceánicos.
Viajo con una perra y un gramófono.
Los estribos están carcomidos por la sal
del Caribe y escupidos por quienes bajaron
maldiciéndome.
El canto se aplica sobre mi navío como una ley
que significa que no haya ley sino pasión.
Envuelto en dos frazadas,
preparo un golpe de otra realidad.
Mientras tanto, procuro no caer.


lunes, 22 de agosto de 2011

domingo, 21 de agosto de 2011

echada entre las flores, Quasimodo


De tierna mujer echada entre las flores
Salvatore Quasimodo

Se adivinaba la estación oculta
por el ansia de las lluvias nocturnas,
por los cambios de las nubes en el cielo,
undosas leves cunas;
y yo estaba muerto.

Una ciudad suspendida en el aire
era mi último exilio,
y en torno me llamaban
las suaves mujeres de otros tiempos,
y la madre, renovada por los años,
con su dulce mano escogía entre las rosas
y con las más blancas ceñía mi cabeza.

Afuera era de noche
y los astros precisos seguían
ignotos caminos en curvas de oro
y las cosas vueltas fugitivas
me llevaban a rincones secretos
para hablarme de jardines abiertos de par en par
y del sentido de la vida;
pero a mí me dolía la última sonrisa

de tierna mujer echada entre las flores.

Pavese

Creación

Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.
A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.
Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz. No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.

Azucenas silvestres


Azucenas silvestres
Alicia Genovese
(fragmento)


¿te acordás de las azucenas salvajes?

vuelven y vuelven;

el tiempo no es sólo la marea

del trayecto irreversible

sino la irradiación también, de su retorno,

su círculo maravillado

cuando nuevamente:

azucenas, azucenas, azucenas

como la cadencia fiel

de un sonido tuyo,

que en el camino de las palabras,

velado regresa.

jueves, 18 de agosto de 2011

De Gelman

MUJERES

decir que esa mujer era dos mujeres es decir poquito
debía tener unas 12397 mujeres en su mujer
era difícil saber con quién trataba uno
en ese pueblo de mujeres
ejemplo:

yacíamos en un lecho de amor
ella era un alba de algas fosforescentes
cuando la fui a abrazar
se convirtió en singapur llena de perros que aullaban
recuerdo
cuando se apareció envuelta en rosas de agadir
parecía una constelación en la tierra
parecía que la cruz del sur había bajado a la tierra
esa mujer brillaba como la luna de su voz derecha

como el sol que se ponía en su voz
en las rosas estaban escritos todos los nombres de esa mujer menos uno
y cuando se dio vuelta
su nuca era el plan económico
tenía miles de cifras y la balanza de muertes favorables a la dictadura militar
nunca sabía uno adónde iba a parar esa mujer
yo estaba ligeramente desconcertado
una noche le golpeé el hombro para ver con quién era
y vi en sus ojos desiertos un camello

a veces
esa mujer era la banda municipal de mi pueblo
tocaba dulces valses hasta que el trombón empezaba a desafinar
y los demás desafinaban con él
esa mujer tenía la memoria desafinada

usté podía amarla hasta el delirio
hacerle crecer días del sexo tembloroso
hacerla volar como pajarito de sábana
al día siguiente se despertaba hablando de malevich

la memoria le andaba como un reloj con rabia
a las tres de la tarde se acordaba del mulo
que le pateó la infancia una noche del ser
ellaba mucho esa mujer y era una banda municipal

yo
compañeros
una noche como ésta que
nos empapan los rostros que a lo mejor morimos
monté en el camellito que esperaba en sus ojos
y me fui de las costas tibias de esa mujer

callado como un niño bajo los gordos buitres
que me comen de todo
menos el pensamiento
de cuando ella se unía como un ramo
de dulzura y lo tiraba en la tarde

domingo, 14 de agosto de 2011

Poema

Dictaduras
Daniel Rafalovich


En mi cuarto describía bucólicos estados

y, adolescente, soledades no deseadas.

Las noches transcurrían

como una curva eterna,

un salto al vacío

el peligro o el Edén.

Besos profundos han pasado

y lunas,

dictaduras.

Y hoy comprendo que lo único

que jamás se detiene

es la danza enloquecida de los átomos,

la azarosa química del cuerpo.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Taller de Literatura para Niños (III)

Patricia Dagostino
ALETEOS INTIMOS (fragmento)

Noche cargada de susurros. Alguien se acerca, pero la negrura y la bruma me impiden ver sobre la espesura aterradora de la selva. Avanzo como puedo, con los labios resecos y temblorosos, camino cada vez más rápido, sosteniéndome de las ramas, me hundo en la tierra, tropiezo cada instante con la soledad y las sombras huidizas que me espantan. Los sonidos me aterran. Agudizo el oído tratando de escuchar lo inaudible; sin embargo, los rumores nocturnos palpitan en cada paso, en cada movimiento que hago, y tiemblo, tiemblo, tiemblo… Mi voz estremecida ya no suena. Quiero y no puedo gritar.
Los sonidos parecen más calmos, el silencio invade la noche, agitada, descanso sobre una roca. Mi cuerpo sobresaltado suda a borbotones, un calor se expande por mi cara, tiemblo de frío. Pienso que es mi última noche… Se me cierran los ojos, siento algo raro en el pecho, la respiración entrecortada, veo imágenes espeluznantes y tortuosas. Me paralizo de terror. Caigo al suelo, entre las hojas. El viento helado penetra por cada uno de mis poros. Escucho pasos… o no sé qué…
De pronto, el aleteo de un murciélago me rodea, gira y gira en círculos hasta que sus patas se posan a dos pasos de mí (detrás de mí), listo para atacar...

Taller de Literatura para Niños (II)

Graciela Nasini
EL SECRETO (fragmento)

Se lo prometí porque estaba seguro de poder guardarlo. Después de todo, sólo ocupaba un rinconcito de mi cabeza. Pero lo que yo no sabía es que los secretos, cada vez que uno los piensa, se inflan, engordan.
Un día, haciendo la tarea, se empezó a mezclar con las cuentas de multiplicar. Me enojó mucho y lo volví a mandar a su rincón. Ahí me di cuenta de que no entraba, necesitaba un espacio mucho más grande y no se quedaba quieto en mi cabeza. Traté de ignorarlo y me puse a leer el libro que me regalaron para el cumple. Se asomaba cada dos renglones y cada vez estaba más gordo. Llegó un momento en que, pensara lo que pensara, me topaba con él. Y con sólo observarlo un poquito, más se agrandaba y más difícil era ignorarlo.
Cuando se lo conté a Flora, fue un alivio. Pude sentir cómo se desinflaba para volver a su tamaño original. Se lo conté después de que me jurara que no se lo diría a nadie. "Por mis hijos, que son lo que más me importa en el mundo", dijo. Y siguió con las tareas de la casa, cantando como siempre. Flora siempre está cantando. Canta distinto tipo de canciones según lo que esté haciendo. Canta tangos cuando plancha, canciones románticas cuando anda por los dormitorios... Pero yo ya había aprendido lo que pasa con los secretos, había hecho mi promesa de que éste estaría a salvo, y tendría que vigilarla.
Al rato nomás, interrumpió la canción que había empezado y se quedó mirando la nada. Estoy seguro de que pensaba en él. Después me miró y me guiñó un ojo. Nunca me guiñaba los ojos Flora. Sin duda lo había engordado y le estaba tocando la parte del cerebro que maneja los párpados.
A la tarde siguiente, la cosa se puso más grave...

Taller de Literatura para Niños (I)

Andrea Cea
LUZ DESDE LAS PLÉYADES


LAS CARACOLAS
QUE RECIBI
DE LOS DELFINES
CANTAN MENSAJES DEL OCEANO DE LUZ INFINITA
AZUL Y PROFUNDO

ELLAS ME CONOCEN BIEN ...

SABEN DE MI CORAZÓN,
DE SUS LATIDOS ROSAS Y VIOLETAS


LES PREGUNTÉ QUÉ HACER CON LAS PALABRAS,
CÓMO MOVERLAS,
CÓMO BAILAR JUNTAS EN EL ESPACIO DEL ARCO IRIS
Y DISFRUTAR DE SER


PEDÍ AYUDA A LAS ESTRELLAS, A LAS SIETE HERMANAS,
Y LES DIJE:
AMADAS PLÉYADES,COMPAÑERAS ETERNAS
DE LA BELLEZA,
De LA ARMONÍA,
QUIERO UN LENGUAJE NUEVO,
UN CÓDIGO ESPECIAL
QUE GENERE RISAS, MILAGROS,SENTIDOS DE AMOR Y EMOCIONES CRISTALINAS

QUE ABRA PUERTAS
QUE CURE EL DOLOR
QUE DÉ CALOR
QUE SEA HUMANO
QUE SEA INOCENTE

(...)

miércoles, 27 de julio de 2011

Capote: "Nunca hay dos de nada"

“A Christmas Memory” Un recuerdo navideño (fragmento)

-Ya casi llegamos. ¿Los hueles, Buddy? -dice, como si nos acercáramos al océano.
Y, en efecto, es una especie de océano. Grandes extensiones perfumadas de árboles navideños, acebos de punzantes hojas. Bayas rojas como brillantes campanillas chinas: los negros cuervos se precipitan chillando sobre ellas. Ya llenos nuestros sacos de suficiente verde y escarlata para rodear de guirnaldas una docena de ventanas, vamos a elegir un árbol, por fin.
-Debe ser -murmura mi amiga- dos veces más alto que un muchacho. De esta manera ningún muchacho podrá robar la estrella.
El que elegimos es dos veces más alto que yo. Hermoso y valiente bruto que sobrevive a treinta hachazos antes de ceder con un crujiente grito de rendición. Tomándolo como un animal muerto, empezamos el largo arrastre. A los pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos y jadeamos. Pero tenemos la fuerza de los cazadores victoriosos; esto y el perfume frío y viril del árbol nos reanima, nos aguijonea. Muchos elogios acompañan nuestro regreso, a puesta de sol, por la carretera de arcilla roja que lleva al pueblo; pero mi amiga es esquiva y vaga cuando la gente alaba el tesoro cargado en nuestro carrito: "Qué árbol tan precioso, ¿de dónde lo sacaron?".
-De allá lejos -murmura ella con imprecisión.
Una vez se detiene un coche, y la perezosa mujer del rico dueño de la fábrica se asoma y gimotea:
-Les doy veinticinco centavos por ese árbol.
En general, a mi amiga le da miedo decir que no; pero en esta ocasión rechaza prontamente el ofrecimiento con la cabeza:
-Ni por un dólar.
La mujer del empresario insiste.
-¿Un dólar? Y un cuerno. Cincuenta centavos. Es mi última oferta. Pero mujer, puedes ir por otro.
En respuesta, mi amiga reflexiona amablemente:
-Lo dudo. Nunca hay dos de nada.

sábado, 23 de julio de 2011

Pasolini

"Al Príncipe", de Pier Paolo Pasolini

Si regresa el sol, si cae la tarde,
si la noche tiene un sabor de noches futuras,
si una siesta de lluvia parece regresar
de tiempos demasiado amados y jamás poseídos del todo,
ya no encuentro felicidad ni en gozar ni en sufrir por ello:
ya no siento delante de mí toda la vida…
Para ser poetas, hay que tener mucho tiempo:
horas y horas de soledad son el único modo
para que se forme algo, que es fuerza, abandono,
vicio, libertad, para dar estilo al caos.
Yo, ahora, tengo poco tiempo: por culpa de la muerte
que se viene encima, en el ocaso de la juventud.
Pero por culpa también de este nuestro mundo humano
que quita el pan a los pobres, y a los poetas la paz.

De “La religión de mi tiempo”, 1961

martes, 19 de julio de 2011

Expedito, de Andrea Marchiol

El amor de Expedito
Taller de Escritura 2011 - Literatura para Niños

Nunca pensó que el amor podría cambiarlo todo. Y cuando digo todo es todo.
Hablo de mi amigo el león Expedito, que se enamoró de la tortuga Catalina. Una tortuga rellenita, pintoresca, de sombrero rojo y sombrilla azulada.
Expedito la vio pasar por primera vez… Ella lenteneaba por las calzadas del zoológico de Buenos Aires. Primero con un poco de envidia la ojeó de lejos (Digo envidia porque la vio libre, sin encierros, sin clausura, coqueteando caminos que sólo permitían el trajinar de las personas). Días más tarde, esa envidia se transformó en éxtasis y admiración, mientras miraba fascinado esa paz que Catalina cargaba a cuestas en su caparazón marrón.
El amor surgió enseguida, sin esfuerzos; la necesidad de observarla crecía en su alma real. La veía hermosa, tan firme en su libertad y con tanta serenidad que parecía que se tragaba el tiempo de a sorbitos. Tardaba horas en devorar unos tréboles en flor que degustaba como gourmet de alta cocina… Parecía enredada en sueños taciturnos, casi íntimos.
El estatus de enamorado del león lo hizo perderse día y noche en aquel amor secreto. Empezó a modificar sus gustos. Expedito -que ya se había visto todas las películas de guerra que Silvester Stallone había protagonizado y más- empezó a asistir a los ciclos de cine de autor europeo, pensando que a Catalina podría interesarle compartir charlas sobre los festivales de Cannes, Berlín y San Sebastián.
Se cultivaba con libros sobre el calentamiento global y las energías alternativas que Joaquín, nuestro cuidador en el zoo, le pasaba entre reja y reja. En su recóndito interior estaba seguro de que a Catalina le atraían los tipos alternativos.
Yo lo veía raro: ya no rugía, contemplaba el silencio, no caminaba hecho un manojo de nervios en la jaula, sino que su andar se había vuelto lento y liviano, se mantenía sosegado. A esto último lo consiguieron las clases de meditación y de yoga que la lechuza platanera, dos veces por semana, le dictaba, guiando su espíritu desde el plátano más alto del zoológico.
La realidad de Catalina era un poco diferente. Después de tantos años de cautiverio consiguió la confianza de los cuidadores. Por lo tanto, había canjeado su libertad definitiva por una libertad condicional, circunscrita a las fronteras del zoo. Visitaba cada tardecita de Buenos Aires a sus amigas que todavía debían cumplir las reglas estrictas del establecimiento. Tomaban mate de lechuga y pétalos de rosa china, flor-manjar preferida de toda tortuga de jardín urbano, que Catalina recogía cerca de la jaula de Expedito. La rosa china, al ser roja, conseguía embadurnar los labios de Catalina con un color carmesí que le daba un toque de distinción. Esto le causaba mucha gracia a Expedito.
El león hizo cursos a distancia de canto lírico, dirigidos por Africano, pájaro cantor de esas latitudes que había llegado al zoológico recientemente y al que todavía le resultaba bello cantar. Es de reconocer que a Expedito este menester no le resultaba nada fácil, pues su voz ronca y demasiado fuerte le impedía acompañar correctamente al Coro Polifónico del Zoo de Buenos Aires.
Pero lo más extraño fue el día en que el león más selecto de la institución comenzó a rechazar las patas entera de res que diariamente Joaquín, nuestro cuidador, ponía a su alcance. Habiendo pasado una semana entera de rechazos injustificados (Expedito no daba síntomas de padecer ninguna enfermedad leonina), Joaquín -que sabe mucho de leones pero más sabe de amores- decidió cambiar la dieta por un rico revuelto vegetariano: kilos de berenjenas caprese, rúcula con tomatitos cherry, cous cous con diente de león… y otros placeres de un verdadero vegetariano.
Expedito expresó su amor de diferentes formas. Intentó una comunicación más cercana con Catalina ronroneándole cariñosamente (casi como lo hacen los gatos pequeños) palabras de amor, cuando ella recogía, cerca de su jaula, pétalos de rosa china para el mate con sus amigas. Pero la dificultad idiomática entre león y tortuga no afectaría tanto la comunicación como la sordera progresiva e irreversible que Catalina sufría desde hacía varios años y que ningún tratamiento probado había mejorado.
El león, sin saber que la tortuga se hallaba sumergida en un universo silencioso, también pidió ayuda a la garza real que revoloteaba en las inmediaciones para enviarle cartitas de amor, pero Catalina no sabía leer: en su época de infancia, las tortugas no podían concurrir a la escuela. Y las cartas pasaban desapercibidas como cualquier papel de chocolatín tirado por manos humanas desatentas en las callejuelas del zoo.
León y tortuga nunca lograron intercambiar una mirada, pues el caparazón de ella hacía que su cabeza no pudiera proyectarse más allá del suelo. Catalina nunca supo del amor de Expedito, y Expedito no pudo franquear las barreras entre ambos reinos. Igualmente, creyó que estaba bien cambiar, que ser un león vegetariano y meditabundo había sido algo así como conquistar su libertad.

Piratas, de Inés Mené

Instrucciones para ser un pirata
TALLER DE ESCRITURA 2011 - LITERATURA PARA NIÑOS


Para ser un gran pirata
hace falta estar preparado
(y, a veces, enojado)
Si sos escocés, francés, holandés,
español o portugués,
o si venís de colonias americanas
como Barbados, Jamaica o Las Bahamas,
pertenecés a este grupo piratesco.

No es el aspecto lo importante,
tampoco estar espectacular
ni falta hace usar ningún jabón...
Total, para bañarse, ¡siempre está el mar!

Una chaqueta azul corta,
camisa a cuadros, pantalón largo de lona,
chaleco rojo y pañuelo
completan el guardarropas.

Si sos muy exigente en el vestir:
cuellos y sombreros de fieltro y seda
bien ganados los tendrás en tus botines
junto con cofres con monedas,
equipamiento de barcos y artículos varios.

En la vida a bordo y en combate
cuidate de no perder ojos, brazos o piernas.
Si tenés alguna desgracia no te preocupes:
está previsto un sistema de compensación
para los perjudicados en esos embates.


¡Subite a una goleta de cien toneladas
con ocho cañones y setenta y cinco hombres,
y andá a recorrer el Caribe de entonces
con espadas ligeramente curvadas!

Fantasmas, de Verónica Laurino

Una casa nueva. (TALLER DE ESCRITURA 2011 - LITERATURA PARA NIÑOS)
Fantasmas

Hasta ahora la única cosa mala que le encontraba a esta casa era que no tenía fantasmas, me hubiera encantado vivir en una casa con historias de misterio, de chicos que se aparecen por las noches y te sacan la lengua, con cuentos de muertes trágicas, apariciones fantasmagóricas, ruidos de puertas que se abren y se cierran misteriosamente. Le pregunté a mi mamá si conocía alguna historia interesante que me pudiera contar de esta casa pero a mi mamá, al principio, no se le ocurría nada, era una casa nueva, construida por Roberto el arquitecto en un terreno comprado con dinero ahorrado honradamente. Entonces, después de esa sucesión de erres, se le ocurrió decirme que era mejor, mucho mejor una casa sin historia, que me las inventara yo, que usara la imaginación y empezó diciendo:
-- ¿Vos sabías qué había antes en este terreno, hace miles de años?
-- No, no tengo ni idea - respondí
-- Había un enorme pantano y en el pantano había toda clase de alimañas y estas alimañas se desperezaban a la mañana temprano y empezaban sus actividades, las actividades propias de las alimañas: tomar mates y despabilarse porque a la noche debían asustar a los niños.
-- ¿Qué son las alimañas, mamá?
-- Las alimañas son animales pegajosos, seres viscosos, y desde que Roberto el arquitecto construyó esta casa justo encima del pantano no pueden tomar más mates tranquilas pero sí pueden asustar niños y por eso aparecen por las noches y merodean por los pisos.
-- Eso es una mentira total, mamá, no me asustás con eso.
-- Te juro, preguntále a Hilda, ella a la mañana encuentra todo el piso baboseado y por eso limpia los pisos de pinotea con tanto esmero, saca la viscosidad de las alimañas, ¿no las viste nunca?
-- Nunca vi ninguna alimaña.
-- Andan por toda la casa, entran a la pulpería de Bartolo y le ensucian las boleadoras y le toman la ginebra, se bañan en la fuente de los pececitos koi, son un desastre.
-- Ay, mamá.
-- La única habitación donde no entran es en la habitación de los rompecabezas porque papá colocó naftalina (no les gusta nada la naftalina) y además cierra bien con llave para que no le baboseen los cuadros y no le pierdan las fichas.

sábado, 16 de julio de 2011

Poema de Milo De Angelis

"È possibile portare soccorso agli assediati. È possibile capire l'estate"

L'inizio ci assale. Volevamo capirlo / alla velocità dei morti, perdonare / le mani, quando urlano che nessuno / udrà il fruscio di queste biciclette / tra quindici anni o un rovescio di pioggia. Questo / palcoscenico impazzito sottovoce, queste toghe / in burla, che nemmeno il nostro / più storico ieri potrà recidere: nel taxi / a ferro e fuoco ecco le tappe e le abitudini / del crollo, il medesimo spavento circolare / mescolato a un valzer di spilli. Quindici isole / dopo l'infanzia. Tra poco, a Bari, aprono / le edicole. È mattino, nient'altro.

"Es posible auxiliar a los sitiados. Es posible
entender el verano"


Nos sorprende el comienzo. Queríamos entenderlo
a la velocidad de los muertos, perdonar
las manos, cuando gritan que nadie
escuchará el rechinar de estas bicicletas
dentro de quince años o tras un fuerte chaparrón. Este
escenario enloquecido en voz baja, la burla
de estas togas, que ni siquiera nuestro
más histórico ayer podrá eliminar: en el taxi
a sangre y fuego, las etapas y los hábitos
del derrumbe, el mismo espanto circular
mezclado a un vals de alfileres. Quince islas
después de la infancia. Dentro de poco, en Bari, abren
los quioscos. Ya es de día, eso es todo.

Milo De Angelis (Milán, 1951), en "Biografía sumaria"

martes, 28 de junio de 2011

Truman Capote

El ahogado más hermoso


Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado.
García Márquez

domingo, 19 de junio de 2011

Yourcenar

Me acosté lentamente en la playa de arena
...
Vi venir hacia mí mis hermanas Sirenas.
...
Vi venir hacia mí mis locas hermanas de la orilla
...

Me pedían su parte de esa entraña
Que dilata nuestros votos incumplidos,
A fin de que el ahogado, el grumete o el corsario
Encuentren bajo el agua verde y la sal que macera,
El amor y el calor de las camas profundas.

Querían ese corazón para sufrir y saber
Los cantos del dolor y sus sollozos roncos,
Y comprender por qué cuando amanece el día
Revelando el naufragio y la barca vacía,
La mujer del marino acude a la rompiente.

Cedí, temblando, al llanto de sus ojos transparentes,
A sus enamorados gritos de sombras y rumor;
Entre sus dedos lascivos y sus anillos de perlas
Vi mi corazón hundirse en la cavidad negra de las olas
y en el abismo del viento donde va lo que muere.

Lo vi descender el pozo de las tormentas,
Abrirse como un loto en las aguas tranquilas,
Bailar en las olas, rebotar en las crestas,
Y en hilos centelleantes que detiene el temblor,
Engancharse al cabello de las cañas gimiendo.

Vi su sangre tibia manchar el mar inmenso
Como un sol herido que naufraga victorioso
Dejando por detrás la nada y la demencia;
Lo vi tragado por la noche que comienza
Y luego ya no vi más lo que era mi corazón.

martes, 7 de junio de 2011

Saer. En el extranjero

La nada no ocupa mi pensamiento sino mi vida, me decía, hace unos días, en una carta Pichón Garay. Durante las horas del día no le dedico el más mínimo pensamiento; y mis noches se llenan de sueños carnales. Ha de ser porque la nada es una certidumbre, y hay una raza de hombres a la que debo, presumiblemente, pertenecer, que no baila más que con la música de lo incierto.
Así me escribe a veces, desde el extranjero, Pichón Garay. O también: el extranjero no deja rastro, sino recuerdos. Los recuerdos nos son a menudo exteriores: una película en colores de la que somos la pantalla. Cuando la proyección se detiene, recomienza la oscuridad. Los rastros, en cambio, que vienen desde más lejos, son el signo que nos acompaña, que nos deforma y que moldea nuestra cara, como el puñetazo la nariz del boxeador. Se viaja siempre al extranjero. Los niños no viajan sino que ensanchan su país natal.
(...)De tanto viajar las huellas se entrecruzan, los rastros se sumergen o se aniquilan y si se vuelve alguna vez, no va que viene con uno, insaciable, el extranjero, y se instala en la casa natal.

(En LA MAYOR)

miércoles, 1 de junio de 2011

Los rosarinos

Los rosarinos, de Ana María Shua

Soñé con rosarinos. Los rosarinos eran dos, eran verdes y vomitaban flores. Tenían el cuello muy largo. Le conté el sueño a mi papá, que estaba vivo y tenía la cara cubierta de espuma de afeitar. Papá me dijo que había confundido rosarino con dinosaurio. Yo era muy chica. El recuerdo de la escena real no es como el recuerdo del sueño. Pobre de vos si se entera un rosarino, me dijo mi papá. Estábamos en el baño grande de la casa de San Juan y Boedo. Desde entonces, pobre de mí, los rosarinos me dan un poco de miedo.

domingo, 22 de mayo de 2011

González Tuñón

Réquiem para el Cementerio de los ingleses

Donde ahora hay una plaza había un cementerio
recatado y silvestre, casi familiar, íntimo
vecino de la clásica silueta proletaria
del Mercado Spinetto a cuyo gris tejado
en cada primavera vuelven las golondrinas
(¿Es posible? Es el mismo Mercado de mi infancia)

Yo miraba con ojos de niño fascinado
esas tumbas severas de contornos floridos
y esas lánguidas cruces y las losas calladas,
ya con borrados nombres.

Una serenidad, una paz convincente,
fluía del conjunto de tumbas sin desvelo
que abandonaran seres a su vez ya finados.
Y más que un cementerio era un jardín profundo
como un pájaro del tiempo
en un rincón tendido, decoroso, del barrio.

A mi amiga Emily Bronté, la inglesa insólita,
le hubiera seducido ese lugar fantástico
sin memoria de muertos.
Indagar quiénes fueron en la vida esos nombres
y dialogar allí con el Silencio.

sábado, 14 de mayo de 2011

TALLERES


Los TALLERES DE LECTURA Y ESCRITURA que coordino se llevan a cabo:

* LUNES (de 19 a 20.30): a partir de LITERATURA para NIÑOS
* MARTES (de 18.30 a 20.30): a partir de LITERATURA para ADULTOS
* MIERCOLES (de 18.30 a 20.30): a partir de LITERATURA para ADULTOS

Consultas: beatrizactis@hotmail.com

domingo, 1 de mayo de 2011

Héroes


Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque, con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a oírse los pequeños murmullos, en que los grandes ruidos se van retirando, como se apagan las conversaciones demasiado fuertes en la habitación de un moribundo; y entonces, el rumor de la fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el gorjeo de los pájaros que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano grito de un niño, comienzan a notarse con extraña gravedad. Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires.

viernes, 22 de abril de 2011

Javier Adúriz: ¿Oís el río?

¿Oís el río, Okusai? No está lejos.
Tiene el sonido ambiguo de la vida.
Son como cascotitos limpiándose
con la corriente, algo múltiple.

Prestá atención. Detrás del ruido
se ve el nacimiento rudo de las cosas,
eso íntimo, desesperado, casi, casi
enorme en su notoria nimiedad.

¿Oís, Okusai? ¿Ves? No necesito
que me pongas esa cara de tintorero
feliz. Dejate ir nomás, un poco.
¿O vinimos nada más que para esto?

lunes, 28 de marzo de 2011

Delia

Por Delia Crochet (1947 - 2011)

Cerró con un portazo. Que se quejaran los vecinos.
Qué le importaba. La canilla perdía y el golpe regular y monótono de las gotas en el fondo de la pileta le había crispado los nervios. El ventilador arrojaba un aire caliente, no se podía estar. Fue entonces cuando decidió salir a la calle. Era la hora de las víboras.
El sol la deslumbró. Unos pocos autos corrían despavoridos. Espejos y cromados disparaban fogonazos cegadores, señales secretas, centellantes rayos entrecruzados. Poco después vio venir un taxi a paso de hombre, como si boqueara. Le hizo señas. Cuando se detuvo sintió el vaho ardiente del motor subiéndole por el cuerpo.
Dé unas vueltas por ahí indicó.
¿Por dónde?
Por ahí. De unas vueltas.
Las manos del taxista, laxas sobre el volante, rotaron hacia arriba y volvieron sin apuro a su posición anterior. Los dedos oscuros entablaron una conversación privada, subiendo y bajando alternativamente. No hacían falta las palabras. Por las ventanillas abiertas entraba un olor ferroso, alquitranado. Los árboles estaban inmóviles, con las hojas blandas y desfallecientes. La ciudad se derretía.
Se recostó en el asiento. El pelo se le vino a la cara sin qUe intentara sujetarlo. Observó los frentes de las edificaciones, las vidrieras, los graffitis. El empedrado se le imprimía en las entrañas. Así iba ella por la vida. A los tumbos, como los trastos que se atan a los coches en qUe huyen los recién casados. El taxi desembocó en la costanera y la marcha se hizo más lenta. Se entregó a la más completa soledad, sin tapujos, porque el chofer no Se hacía notar, iba en silencio, no fumaba, no llevaba la radio prendida ni estaba conectado a central alguna que taladrara los oídos. Era como si el auto marchara a control remoto.
Rosario se escurría hacia el río. En la Bajada Sargento Cabral confluían en pronunciada pendiente sedientas calles que olfateaban el Paraná. Qué cambiada estaba la ciudad. Qué ajena. Como un golpe de suerte en el juego, mostraba una riqueza reciente, casi despiadada. Las torres se alzaban frente a la costanera como un rosario de arrogancias. Como si hubiera decidido vivir a espaldas de sí misma. La costa se había desnudado, quitándose de encima su laborioso pasado. El centro languidecía. El comercio elegante se había corrido algunas cuadras huyendo de vendedores ambulantes y artesanos que pululaban al caer las sombras o cuando los inspectores se declaraban en huelga. Las cadenas de supermercados habían asfixiado un sinfín de comercios pequeños y amigables. Los shoppings habían amarrado sus carpas y ya nada era como antes. Ni se podía andar por las calles con seguridad, ni dejar las casas solas, ni quedaba esperanza de cambio.
Pero allí estaban los palos borrachos, los jacarandaes, los tilos. El Monumento. La Fluvial. Y las retamas bajando por las barrancas. Tanta belleza y tanto vacío. Hasta que más tarde empezara la afluencia de gente a ocupar los paseos. Entonces ella volvería a su encierro, incapaz de ir al cine o de salir a comer, porque ¿cómo hacerla? Había algo en las miradas que no podía soportar. Perdía naturalidad. Ni siquiera podía controlar los músculos de la cara para que no se notara lo difícil que era ir sola por la vida. Los días de semana, en cambio, le devolvían la seguridad, cierta liviandad para andar por ahí, para salir de compras o para lo que fuera.
El taxista llevaba el brazo izquierdo acodado en la ventanilla y manejaba con la mano derecha. De tanto en tanto los dedos de la mano que descansaba acompañaban alguna maniobra del volante, pero eso duraba poco, la mano se desentendía y el brazo colgaba entonces fuera del auto. Los canteros de la costanera habían quedado atrás y aparecía el manchón verde del Parque Urquiza. Las barrancas convertían la calle en un desfiladero. Enfrente, la fisonomía portuaria se mantenía en cierta forma, hasta que alguna pasión inmobiliaria, algún interés indescifrable, borrara para siempre una memoria de barcos y marineros.
Todo estaba muy quieto. De repente, el auto se deslizó a paso de hombre y se detuvo. La cabeza del taxista se inclinó hacia delante hasta tocar el pecho con el mentón. Lo golpeó en el hombro. Algo estaba mal, muy mal. Sintió un terror repentino pero no pudo articular palabra. Se bajó, asustada, y lo miró desde afuera. No tenía color en la cara. Los párpados entornados apenas dejaban ver unos ojos vidriosos. El pobre era como una prenda vieja colgada en un perchero. ¡Estaba muerto! Tembló violentamente y un sollozo se abrió paso en su garganta. Trató de refrenado. Respiró lo más profundamente que pudo. Un ser se había extinguido sin provocar ni siquiera el movimiento de una hoja, sin que pasara una nube en señal de luto. Cómo serenarse. Quería llorar.
Cruzó corriendo la calle. Un tejido impedía el paso hacia el río. Se aferró a él con las dos manos, desesperada. Necesitaba ayuda. Necesitaba que alguien, por una vez, se hiciera cargo de todo. La policía haría preguntas. La mirarían como a una anomalía. Ah!. .. ella conocía muy bien esas miradas salvajes, miradas que manosean, bocas torcidas, envalentonadas. No estaba en condiciones de contar lo sucedido. Se enredaría con las palabras. Cómo decides que iba en el taxi para dar unas vueltas, nada más. Debía ser la única mujer paseando en taxi a esa hora. Cómo decirles que había salido a la calle porque no podía respirar, porque no tenía aire acondicionado, porque la canilla perdía y la estaba volviendo loca, justamente eso, faltaba decir esas cosas y todo estaría perdido.
El tejido se descascaraba en sus manos. Se liberaba de una capa rugosa. Lo sacudió con fuerza. Tema que pasar, llegar a la orilla. Pero unas manos la tomaron por los hombros, firmes, fuertes. El pánico le impedía darse vuelta y se quedó quieta, sin respirar.
¿Qué está haciendo? dijo alguien.
Ella empezó a girar la cabeza sin soltar el tejido. Era un desconocido. Un hombre común que la interpelaba. ¿Qué le pasa? ¿Qué intenta hacer?
Ella dirigió la vista hacia el taxi.
Ya sé. Está muerto dijo el hombre.
¡Yo iba en el taxi!
¡Suelte el tejido, mujer! ¡Está histérica!
¡Es que me impresioné! ¡Nunca me pasó algo así!
Venía manejando y... el auto se paró... Yo lo golpeé en el hombro y nada, nada ...
Bueno cálmese. Está muy nerviosa. ¡Dios mío, ustedes, las mujeres! ¿Tiene celular? Yo me lo dejé en casa. Habría que avisar.
Iba muy callado. no hablaba. ¡Y de pronto ... !
Bueno, bueno. Afloje. Afloje el tejido, ¿no ve que está oxidado? Mírese las manos. Cómo lo habrá apretado.
El hombre le sacudió las costras oscuras con unos golpecitos de sus dedos.
Me siento mareada. Corrí hasta acá, no sé porqué, ¡pero no se puede pasar! Es el mal momento.
Necesito acercarme a la orilla.
Hay un hueco más allá. A veces vengo a pescar.
Pero, qué pasará con él ..
Ya va a caer alguien. Venga. Por aquí. Así se tranquiliza un poco. Después veremos.
Cruzaron a través de un hueco abierto en el tejido y avanzaron entre malezas y algunos arbustos. Una vieja barcaza estaba fondeada muy cerca. El agua la golpeaba incesante, como si quisiera quitársela de encima, como hace con los peces muertos que se pudren en la orilla con la mitad del cuerpo dentro del río y la mitad fuera. La corriente encrespaba el agua bajo cuya superficie rojiza anidaba una vida feroz.
No hay mucha pesca pero yo vengo algunas veces.
Se está tranquilo y no viene nadie. Desde afuera no se ve.
Ella miraba el agua en silencio. La sombra que proyectaban los arbustos era relajante. Él hablaba echándole rápidas miradas. En la calle, un auto se había detenido detrás del taxi y dos policías con las camisas mojadas se acercaban al taxista, pero ellos no lo advirtieron.
¿Vive cerca?
No. Vivo en la zona sur. En un departamento.
Con razón. Por eso la gente está cada día más loca.
Yo tengo una casa con mucho fondo, con árboles, lleno de plantas. Mi mujer...
El hombre calló y la miró de reojo. Después, fijó él también los ojos en el río. Y allí, sobre el agua, fue hilando frases que ella escuchaba sonriendo de tanto en tanto, ya casi repuesta. El sol bajaba poco a poco imprimiendo tonalidades de un naranja azulado. En la calle sonaba una sirena.
Las manos del desconocido se movían muy próximas. Ella encontró sosiego en la perorata del hombre. Mientras, dos enfermeros ponían al chofer en una camilla y lo llevaban hacia una ambulancia. Uno de los brazos colgaba hacia abajo. Lo acomodaron a lo largo del cuerpo, debajo de una manta de color verde. La ambulancia partió y la sirena se perdió a lo lejos. Pero el hombre y la mujer junto al río no se enteraron.
La tarde caía y el agua se hacía mansa esperando la noche.
¡Qué pedazo de río! dijo él.
Ella entrevió un enorme pez brillante. La luz del ocaso doraba sus escamas. Las aletas se agitaban en el ondulante ascenso que lo traía a la superficie y el agua circundarte se encendía en una fosforescencia extraña. por un instante las órbitas de oro se cruzaron con los ojos de la mujer. Enseguida se abismó y la fosforescencia se apagó tras él.
¿Lo vió?
¿Qué cosa?
El pez.
No. ¿Cómo era?
Era maravilloso.
El hombre soltó una risa despreocupada. Sus manos se arremolinaban.
En la calle circulaban innumerables autos sin apuro. El taxi ya no estaba.

viernes, 25 de marzo de 2011

El rock de la cárcel - Boccanera

De Jorge Boccanera

Ella pone la radio a todo volumen cuando intento escribir,
cuando quiero dormir
ella baila en el piso de arriba.
Baja las escaleras con fuerte zapateo,
sus hijos lloran,
sus perros ladran.
Todo el santo día hay personas que tocan a mi puerta
y por toda disculpa dicen: me equivoqué de puerta.
Ahora sube las escaleras corriendo, da un portazo en
su cuarto y discute a los gritos.
Sus hijos ladran,
sus perros lloran.
Con ella el vecindario es mucho más que una
riña de gallos en el techo,
mucho peor que una explosión adentro de la almohada.
Un día respiré profundo, subí las escaleras,
me atendió un hombre que estaba agonizando.
Dije tímidamente, me equivoqué de puerta,
mis hijos lloran,
mis perros ladran.
Ella tiene la radio a todo volumen cuando intento escribir,
cuando quiero dormir,
ella baila en el piso de arriba.

Hace años que mi único deseo es cruzarme con ella en la escalera,
y decirle a la cara: ¡me voy!
y rociarla con nafta,
y apagar mi cigarro en su vestido rojo.

sábado, 19 de marzo de 2011

De Kohan sobre Viñas

David Viñas, mi profesor, traía a clase libros destartalados, literalmente deshechos a fuerza de lecturas y relecturas, con papelitos de colores pegados en distintas páginas y notas hechas un poco al margen y un poco encima de lo impreso, mezcla de comentario y tachadura. De la manera más material y más concreta, Viñas nos enseñaba que leer es componer y descomponer un texto, descomponerlo y volverlo a componer de otra forma, deshacerlo y rehacerlo, desordenarlo para rastrear sentidos; escribir sobre esa otra escritura, interceptarla o sobreponerse a ella, agregarse a ella o plantearle una discusión.
Martín Kohan - Perfil

De los Diarios de Piglia

Jueves. Después de tantos años de escribir en estos cuadernos he empezado a preguntarme en qué tiempo de verbo hay que situar los acontecimientos. Un Diario registra los hechos mientras suceden, no los recuerda, ni los organiza narrativamente. Tiende al lenguaje privado, al ideolecto. Por eso cuando uno lee un Diario, encuentra bloques de existencia, siempre en presente, y sólo la lectura permite reconstruir la historia que se despliega invisible a lo largo de los años. Los Diarios aspiran al relato y en ese sentido están escritos para ser leídos (aunque nadie los lea)

sábado, 26 de febrero de 2011

Olga Orozco

Mujer en su ventana

Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;
allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa
sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo.
Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
-¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe,
ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós
hubieran sido el verdadero límite,
el abismo final entre un hombre y una mujer.

martes, 15 de febrero de 2011

viernes, 11 de febrero de 2011

TALLERES 2011

TALLERES
A partir de marzo, comienzan los Talleres de Lectura y Escritura que coordino en Rosario:
* Lunes de 18.30 a 20.30: Literatura para Niños y Jóvenes
* Martes y Miércoles de 18.30 a 20.30: Literatura para Adultos

miércoles, 9 de febrero de 2011

Lezama

La noche no logra terminar,
malhumorada permanece,
adormeciendo a los gatos y a las hojas.
(...)
El gato está escarbando la tierra,
ha fabricado un agujero húmedo.
Lo acariciamos con rapidez,
pero ha tenido tiempo para tapar
el agujero. Hace trampa
y esconde de nuevo a la noche.

* José Lezama Lima

jueves, 27 de enero de 2011

jueves, 20 de enero de 2011

martes, 18 de enero de 2011

De Fantasmas en el parque


De María Elena Walsh, en Fantasmas en el parque:

Lo que queda del día, lo que queda del cuerpo, lo que queda de la ciudad, lo que queda de los amores, lo que queda del alma, lo que queda de la memoria, lo que queda de ganas. En fin, lo que queda.

lunes, 17 de enero de 2011

Negro

Blanco

Gato y Capote

Kavafis

LOS CABALLOS DE AQUILES

Cuando vieron a Patroclo muerto,
tan fuerte, joven y gallardo,
prorrumpieron en llanto los caballos de Aquiles.

Su naturaleza inmortal se conmovió
al ver la obra de la muerte;
movieron las cabezas, agitaron las crines en el aire
y golpearon la tierra con sus patas.
Lloraban a Patroclo al darse cuenta que estaba sin vida,
su carne inerte,
su alma perdida, sin aliento, salida a la gran nada.

Zeus vio las lágrimas de los inmortales caballos
y se entristeció: "No debí actuar impulsivamente
en la boda de Peleo. No debí regalarlos.
Tristes caballos.

¿Qué tenían que hacer allá,
entre los desdichados humanos, juguetes del destino?
Ustedes, para quienes no existe la muerte ni la vejez,
si algún problema humano los alcanza
caerán también en la desdicha."

Sin embargo, los caballos continúan llorando
por el interminable desastre que es la muerte.

Diarios, Piglia (II)

Sábado *

Todos los días veo al viejo que sale de la casa y camina despacio por la nieve hasta el borde de la laguna. La bruma de su respiración es como una niebla en el aire transparente. Hemos conversado varias veces al cruzarnos en el camino de entrada, ha enseñado física aquí en Princeton en los años cincuenta y ahora está retirado, vive solo, su mujer murió el año pasado, no tiene hijos, se llama Karl Unger y es un exiliado alemán. Cuando llegan los patos salvajes se oye primero un ruido tenue, como si alguien sacudiera en el cielo una tela mojada. Casi inmediatamente se empiezan a oír los graznidos y se los ve venir volando en fila india y después formando una V sobre el fondo del bosque. Dan dos vueltas sobre la laguna hasta que se lanzan hacia el agua congelada y cuando se zambullen patinan con las alas abiertas y el cuello contra el hielo. Vuelven caminado torpemente, resbalan y algunos se quedan quietos con las patas como huesos muertos en la escarcha. Viven en el presente puro y cada mañana se sorprenden al chocar contra el hielo. Han perdido el sentido de la orientación. Buscan las aguas templadas del lago donde tendrían que empezar la migración hacia las tierras cálidas. Cuando veo al viejo profesor salir al jardín y atravesar la nieve y llegar hasta la laguna para alimentar a los patos salvajes que se están muriendo de frío, sé que empieza otro día que será igual al anterior.

Diarios, Piglia

Lunes *

Paso la noche internado en el Hospital de Princeton. Mientras espero el diagnóstico, sentado en la sala de guardia, veo entrar a un hombre que apenas puede moverse. Alto, ojos claros, saco negro de corderoy, camisa blanca, corbata pajarita. Le piden los datos pero él vacila, está muy desorientado, dice que no puede firmar. Es un ex alcohólico que ha tenido una recaída; pasó dos días deambulando por los bares de Trenton. Antes de derivarlo a la clínica de rehabilitación tienen que desintoxicarlo. Al rato llega su hijo, va al mostrador, completa unos formularios. El hombre al principio no lo reconoce pero por fin se levanta, le apoya a su hijo la mano en el hombro y le habla en voz baja desde muy cerca. El muchacho lo escucha como si estuviera ofendido. En la dispersión de los lenguajes típica de estos lugares, un enfermero puertorriqueño le explica a un camillero negro que el hombre ha perdido sus anteojos y no puede ver. “The old man has lost his espejuelos”, dice “and he can’t see anything”. La extraviada palabra española brilla como una luz en la noche.

* Ricardo Piglia

viernes, 7 de enero de 2011

Tierras de la memoria

Felisberto

Una noche, después de haber hecho los deberes, leí un libro en que un Bandolero iba por un camino de abedules. Yo no sabía qué eran abedules pero suponía que fueran plantas. Había dejado de leer porque tenía mucho sueño, pero iba para la cama con la palabra abedules en los labios. Después de acostado pensaba en cómo habrían hecho para ponerles nombres a las cosas. No sabía si les habrían buscado nombres para después poder acordarse de ellas cuando no estuvieran presentes, o si les habrían tenido que adivinar los nombres que ellas tendrían antes que las conocieran. También pudiera haber sido que las gentes de antes ya tuvieran nombres pensados y después los repartieran entre las cosas. Si fuera así yo le hubiera puesto el nombre de abedules a las caricias que hicieran a un brazo blanco: abe sería la parte abultada del brazo blanco y los dules serían los dedos que lo acariciaban. Entonces prendí la luz, saqué de la cartera el cuaderno y el lápiz y escribí: “Yo quiero hacerle abedules a mi maestra”. Después saqué la goma, borré y apagué la luz. Al otro día la maestra arrugaba las cejas sobre algo que yo había escrito; y era porque la frase que yo había compuesto la noche anterior no estaba bien borrada; entonces ella leía al mismo tiempo que preguntaba: “¿Yo quiero hacerle qué a mi maestra?”. Luchó un rato para sacarme la palabra abedules; pero cuando quiso saber por qué la había puesto me empaqué y ella tuvo que desistir. Entonces dijo: “¡Qué niño más raro éste!”.