Cuando se va el verano (2017)

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"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

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"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

sábado, 18 de agosto de 2012

Diario de viaje: molinos y bibliotecas


 (Contratapa de "Rosario 12", 14/8/2012) - Beatriz Actis

El destierro

En el pueblo cordobés de San Esteban, entre Capilla del Monte y La Cumbre, se levanta un molino construido por Alexandre Gustave Eiffel. Sería en la actualidad -informan los lugareños y los datos dispersos en las enciclopedias- el único de Sudamérica en existencia, ya que se habría desmontado hace tiempo otro, erigido en el Paraguay. Este molino de la provincia de Córdoba aún presta servicio y abastece de agua a los pobladores de la zona. 
Caminamos hacia el molino, lo bordeamos, tomamos fotografías en las que se lo ve estilizado pero fuerte (o altivo) y desde allí distinguimos también, aunque más allá, una casa baja, pintada de rosa, con una galería amplia y un jardín delantero, que como en una rara escenografía completaba  la escena.
En la lista de excentricidades de la aristocracia provinciana de la época se incluye este hábito: la señora María Aurelia Arislao de Olmos tomaba el té con sus amigas en uno de los balcones del molino creado por Eiffel, disfrutando desde allí la agreste, desolada y magnífica vista de la serranía.
La esbelta estructura metálica fue llevada desde Buenos Aires por la familia Olmos a principio de siglo; ingresó a nuestro país como una de las atracciones de la Exposición Rural del 1900. Los Olmos compraron dos y las destinaron a sus estancias de Río Cuarto –ésa fue luego desmantelada- y Dolores. (El caserío de Dolores es una suerte de suburbio de San Esteban, en donde está exactamente enclavada la obra de Eiffel, muy cerca de la casa mencionada: “Flor de durazno”, en donde se filmó en 1917 la primera película de Gardel, dirigida por el dramaturgo Defilippi Novoa).
Los molinos fueron trasladados en tren desde Buenos Aires hasta la estación ferroviaria de Córdoba capital, y luego, hasta los campos, en carros tirados por bueyes.
Es casi imposible no reparar en que íconos diversos como el ingeniero Eiffel y Carlos Gardel fueron reunidos hace un siglo por tan recóndito lugar y para tan disímiles propósitos. Y es difícil no pensar en los molinos en sí, lejanos – o tal vez cercanos- parientes de la Torre Eiffel parisina, cruzando, todavía desarmados, la pampa, y, en el caso de la construcción que sobrevive, irguiéndose en la soledad de aquellos parajes de Punilla como un disidente en el exilio.
El pasado
La Biblioteca del Trinity College de Dublín es como uno imagina las antiguas bibliotecas no ya históricas sino literarias: la de “El nombre de la rosa”, quizás, o la alegórica de “La biblioteca de Babel”: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales...”.
Fundada en 1601, es la biblioteca de investigación más grande de Irlanda (por las aulas del Trinity College pasaron Francis Bacon, Newton,
Byron, Tennyson, Beckett) y desde el 1800 tiene derecho legal a una copia de todos los libros publicados en Gran Bretaña e Irlanda: contiene más de cuatro millones de libros y colecciones significativas de manuscritos, mapas y música impresa.
El Libro de Kells se encuentra en la Vieja Biblioteca. También conocido como Gran Evangeliario de San Columba, es un manuscrito ilustrado con motivos ornamentales, realizado por monjes celtas hacia el año 800 en el pueblo irlandés de Kells; contiene el texto de los cuatro evangelios y es considerada una de las obras de arte religioso más importantes de la Edad Media.
Se entra en pequeños grupos a ver el Libro de Kells, en una sala especialmente acondicionada en la que la reliquia se exhibe, protegida, en una gran vitrina (las cámaras fotográficas están prohibidas allí y en toda la parte antigua de la Biblioteca; se trata de contemplar y no de tocar ni de alterar; hay que preservar la joya para las futuras generaciones).
Sus láminas son de vitela gruesa y barnizada, sobre las que destaca una caligrafía redonda y uncial, es decir, en mayúsculas, del tamaño de una pulgada; la letra inicial de cada evangelio ocupa toda una lámina y su forma reconocible surge de entre las galas ornamentales. Los pigmentos que dieron color a las bellísimas imágenes fueron extraídos de diferentes fuentes naturales y aún hoy –más de mil años después-  los amarillos, los verdes, los púrpura de un modo sorprendente resplandecen.
La sala principal de la antigua Biblioteca, “Long Room”, huele a madera, en ella hay bustos de mármol de filósofos y escritores célebres y, exhibida, el arpa más antigua que se conserva en Irlanda, de roble y sauce, con cuerdas de bronce. La habitación de sesenta y cinco metros de largo repleta de estanterías alberga doscientos mil de los libros más antiguos de la Biblioteca.
Si la visión de la “Long Room” nos remitió primeramente a Borges, este artículo -que se inicia con molinos y culmina con bibliotecas- tal vez recuerde el poema inconcluso que quisieron componer Borges y Bioy, en el que todas las palabras tuvieran la letra “l”. Sólo escribieron el primer verso: “Los molinos, los ángeles, las eles…”.

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