Cuando se va el verano (2017)

Cuando se va el verano (2017)
Libro para jóvenes - Estación Mandioca Ediciones

Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

lunes, 21 de septiembre de 2009

Textos escritos en el TALLER


En una de las últimas actividades del Taller Literario, "jugamos a la cartas": desde poesía del tarot a novela epistolar. Aquí, un relato de Graciela Gandini y un aguafuerte de María Teresa Perotti, que es también, de algún modo, una carta.


* El faro de la calle Flotron

María Teresa Perotti


El faro de la calle Flotron transgrede la línea de la vereda y ensancha la calle. Su tronco verde-marrón, con gruesas espinas, así lo impuso; como agradecimiento, en primavera y verano regala flores blancas y rosas que dibujan en lo alto una asimétrica copa. Manos anónimas lo tomaron por muro y dibujaron una flecha para indicar la dirección de la calle, pero las mismas manos u otras, no lo sé, tuvieron que borronearla con pintura blanca, cuando la calle volvió a ser doble mano. Una pareja de viejos vecinos puso plantines y canteros a su alrededor, quizás para sentir que sentados en el banco de sus tardes podían descansar a la sombra de un paisaje más acogedor. La asimetría que produjo el palo borracho se repite en la esquina y en las veredas anchas y cubiertas de césped de la cuadra.
Los lotes de la vereda de enfrente son cubiertos sólo a medias por un tapial, y se pueden ver los yuyos de todo tamaño que crecen allí, algún viejo y destartalado automóvil de un coleccionista que lo abandonó y, como lanzamisiles que apuntan hacia la calle, las grandes maquinarias agrícolas en reparación de un mecánico del barrio. Hacia el poniente, en las tórridas horas de la siesta veraniega, marchan los chicos toalla al cuello hacia la pileta de Barraca que los espera para el chapuzón, y en los amaneceres invernales surgen las siluetas de los empleados y de los escolares, que anuncian el inicio de la jornada.
En los atardeceres, la luna llena emerge desde el fondo de la calle, inmensa, con todo su esplendor. Parece que está tan cerca que una vez tuve que detener a mi hija, cuando era pequeña, porque corría frenéticamente hacia esa dirección, para abrazarla.




* Ante el hecho lunar que nos convoca

Graciela Gandini




Solar, 20 de julio de 1969

Querido Alcides:

Antes que nada, descuento que habrás desarrollado con éxito la serie de conferencias en esa antigua, en esa prestigiosa Universidad. Ahora, tal como lo prometí en mi última carta, cumplo en contarte mis impresiones luego de ese “pequeño paso para el hombre, pero gran salto para la humanidad”, como dijo alguien que seguramente será célebre desde hoy. Sé de tus expectativas respecto de este hecho; conozco tu mente científica, joven y progresista, que debe estar exultante. En cambio, mi espíritu romántico y experimentado trasunta decepción. No me gusta ver a la luna como un plato polvoroso, con agujeros áridos llenos de nada. Prefiero seguir soñando que son copos reunidos amorosamente e iluminados por luciérnagas, tal como la imaginábamos –tú, apenas un niño- en las claras noches del verano. Prefiero soñar que bebe en los arroyos, que se ahoga en el vaso de vino trasnochado de algún desengaño y que se derrite de pasión en los versos de tantos poetas.

Este “jugar a ser Dios” de los hombres me ha provocado un replanteo sobre un tema en particular, más que eso diría, sobre una obsesión que tantos desvelos ha provocado en tu mente (en tu inquieta mente, mi Alcides) desde la misma tarde de tu adolescencia en la que compartimos la lectura del cuento de Borges y quisiste hacer real su Aleph. Aquel Aleph cuya búsqueda te llevó desde nuestro pueblo natal hacia el mundo, hacia los lugares más recónditos: el inhóspito Sahara, las milenarias pirámides de Egipto, la visita al Partenón, los jardines de Versalles, la experiencia con los pigmeos, la búsqueda de una especie de orquídeas en extinción en medio del Amazonas o de un liquen helado en Alaska. Te entregaste frenéticamente a cuanto lugar o combinación matemática, geométrica o astral te acercó promesas de ese punto mínimo de tiempo y espacio y de gravedad insensible en donde convergen todas las cosas. Huiste buscando el saber absoluto, el ojo divino que todo lo domina.
Ante el hecho lunar que nos convoca y ante tu búsqueda sin fin, debo confesarte, Alcides, algo de veras importante: hoy descubrí esa marca del dios, hoy descubrí “mi Aleph“. Lo hago mío porque pienso que tal vez hay aleph tanto como vidas hay en el universo.
Me siento un dios al verme en este pueblo repetido infinitamente en el dorado otoño, en el invierno tibio, en la explosiva primavera y en las siestas calmadas del verano. Me reconozco y multiplico en su gente, en las comadres que escoba en mano charlan en la vereda, o en las que se juntan en las galerías a matear. Estoy en los hombres que vuelven de labrar la tierra, en los que pedalean presurosos hacia el almuerzo familiar y en los que se sientan a parlotear en el bar de la plaza, ajenjo en mano. Percibo todos los olores: desde el que exhala la tierra mojada después del primer chaparrón hasta el de la sopa de verdura que reinventa mi amor hacia tu abuela. Desde el primer día de vida, la voz de mi madre se hizo música en mis oídos, escuché el canto de todos los pájaros en un amanecer en el campo. Mi juventud me invitó a saborear los besos húmedos y furtivos de las muchachas. Di vida a la tierra al plantar el limonero del patio –del mismo patio de tu infancia- que cuaja en limones jugosos dos veces al año. Di vida a la vida cuando ayudé a parir a la yegua después del rayo asesino. Tengo todo esto, y en mis hijos me hice infinito, ¿no son ésas, acaso, capacidades propias de un dios?
Querido Alcides, continúa tu búsqueda, pero sé generoso contigo y deja que el tiempo, que es como el viento, arrastre lo liviano y deje lo que realmente pesa. Mientras tanto, bébete la vida de a sorbos, disfruta de ella: el hombre que condiciona su felicidad al cumplimiento de un objetivo se hace esclavo de él. Haz el intento.
Aguardo anhelante, desde aquí, desde la vida que bebo, el fin de tu búsqueda, tus comentarios o tus respuestas.

Tu abuelo que te quiere


2 comentarios:

  1. Es muy bella esta carta Gra, tiene muchísima poesía, ternura y sabiduría...........me gustó muchísimo

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  2. Gra, tenés que escribir más seguido. No podés dejarme con las ganas de seguir leyendo... ¡Esta carta es hermosa!

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