Cuando se va el verano (2017)

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"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

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"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

lunes, 21 de septiembre de 2009

Literatura + cine


Modiano - Guimard: El viaje sin destino
Beatriz Actis


(A partir de: “Más allá del olvido”, de Patrick Modiano, Alfaguara, y “Las cosas de la vida”, de Paul Guimard, Ediciones B)



Patrick Modiano (París, 1945) es un autor acostumbrado desde su juventud al éxito en su país: las dos primeras novelas que publicó (“La place de l'étoile”, de 1968, y “Les boulevards de ceinture”, de 1972) obtuvieron los premios Nimier y Fénéon, en el primero de los casos, y de la Academia Francesa, en el segundo, y seis años más tarde logró el célebre premio Goncourt con “Rue des boutiques obscures”. Modiano se mueve desde los años 70 en ámbitos de la narrativa que rescatan, en un tramo considerable de su obra, la ocupación francesa y las heridas que ésta provocó en las historias individuales y en el cuerpo social, y por supuesto su peso en el tiempo. Sus protagonistas suelen ser adolescentes que observan el mundo con una mezcla extraña de ingenuidad e inteligencia que acrecienta el dolor existencial, adolescentes que huyen pero que no van en busca de su identidad, sino que la han perdido, o que han perdido todo interés en su búsqueda. “Más allá del olvido” (“Du plus loin de l’oubli”, 1997) narra una historia de amor desdibujada por el recuerdo, en un clima de ambigüedad y desasosiego dado por la evocación, historia vivida por personajes que deambulan por un París sin claros indicios temporales ni demasiados datos concretos, en una suerte de levedad sugerente y fantasmal. La novela propone una vuelta de tuerca sobre el road movie: sus protagonistas son viajeros que han renunciado a todo destino. En ella hay ecos de ciertos filmes de Wim Wenders o de Jim Jarmusch: escenarios espectrales (hotelitos del muelle de la Tournelle, desoladas estaciones de trenes, bares pobres, la mención de casinos de balnearios franceses fuera de temporada), en síntesis, trama y personajes que parecen desvanecerse, que se aluden y narran tangencialmente, a través de un estilo que sin embargo logra ajustar las palabras a las sensaciones que el narrador desea transmitir al lector.
Modiano es autor además, y entre otras obras, de la novela “Villa Triste“ (1975), en relación con la cual el propio autor ha comentado su filiación cinematográfica (“Durante la escritura de “Villa Triste” –señala–, pensaba en las imágenes de algunas películas inglesas en blanco y negro de la década del 60...”): en la novela abundan las frases cortas que describen estampas, fotografías, instantes de intensidad (a veces, de felicidad), imágenes que se apagan en un instante y no son recordadas por los personajes sino muchos años después. A diferencia de “Más allá del olvido” y de otras novelas de Modiano –y por eso la nombramos en particular aquí-, “Villa Triste” nos muestra personajes extraños pero no en París sino en una ciudad de provincias, y no en las acostumbradas estaciones nocturnas ni bajo la persistente llovizna parisina ni en el paisaje monocorde de la soledad urbana que ya son marcas de la narrativa de Modiano, sino en el escenario luminoso y diurno de los alrededores de un lago, que es adonde transcurren los momentos decisivos del relato. Sin embargo, no por ello (por ese cambio en las características puntuales del espacio narrativo) la búsqueda del adolescente protagonista pierde su angustia y su sinsentido. Deudor confeso de claves propias del lenguaje cinematográfico, Modiano ha sido también guionista: escribió en 1974, en colaboración con Louis Malle, el guión de “Lacombe Lucien” y fue guionista de “El perfume de Yvonne” (1994), de Patrice Leconte, y de “Bon voyage” (2003), de Jean-Paul Rappeneau, en todos los casos en forma conjunta con los directores mencionados. Debutó también como actor en "Genealogías de un crimen", de Raoul Ruiz.
El restante autor al que nos referiremos aquí, Paul Guimard (Loir-Atlantique, 1921-2004), comparte con Modiano el doble rol de novelista y guionista de cine, además de la importancia en la escena cultural francesa del siglo XX, a pesar de que Guimard pertenece a una generación anterior a la de Mondiano. Guimard ha sido también un periodista reconocido -director del programa radial “La tribune de Paris”- y publicó, entre otras, “Les faux-fréres” (su primera novela, que ganó el Prix de L’Humour en 1956), “Rue du Havre” (ganadora del Prix Interallié en 1957) y “L’ironie du sort” (1961). La novela que nos ocupa, “Las cosas de la vida” (“Les choses de la vie”, 1967), fue punto de partida del guión del filme del mismo nombre de 1970 dirigido por Claude Sautet (y también llevada al cine en Hollywood por Mark Rydell en “Entre dos mujeres”, de 1994); de ambos guiones fue responsable Guimard, en el primer caso junto a Sautet y al autor de los diálogos, Jean-Loup Labadie.
En “Las cosas de la vida”, Guimard narra el accidente automovilístico que en una ruta francesa sufre el protagonista, Pierre Delhomeau, y la novela se convierte, en gran parte de su extensión, en el monólogo agónico de ese personaje, monólogo a través del cual su memoria selecciona instancias significativas de su vida, fragmentos que finalmente “rearman” su historia. Esta novela tensa y ajena a todo sentimentalismo construye su poética con contenida emoción pero también con ironía: una carta que Delhomeau ha escrito hace tiempo y que lleva consigo a pesar de haberse arrepentido de su contenido y de haber decidido no entregar a su destinataria, sobrevivirá al accidente: él ya no estará allí para explicar a la mujer que reciba la carta que en verdad no creía en las crueles palabras en ella escritas en un momento de confusión. Pasado y porvenir confluyen en este monólogo notable, en el eterno presente del relato, y es éste también un viaje sin destino, en algún punto cercano al de los fantasmales personajes de Modiano: el viaje sin destino, el albur existencial (por qué no, el viaje trunco de Camus en una carretera francesa análoga a la descripta por Guimard), en el que los personajes sólo cobran consciencia ante una única convicción: la de la finitud, tal como se anticipa en la cita inicial de Marcel Aymé: “... y tengo la ilusión de que el tiempo se concentra y mi aventura cabe por entero en un segundo elástico, monstruosamente distendido, pero que se comprime hasta el punto de no ser, en verdad, más que un segundo”.

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