Cuentos

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"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

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"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

martes, 19 de julio de 2011

Expedito, de Andrea Marchiol

El amor de Expedito
Taller de Escritura 2011 - Literatura para Niños

Nunca pensó que el amor podría cambiarlo todo. Y cuando digo todo es todo.
Hablo de mi amigo el león Expedito, que se enamoró de la tortuga Catalina. Una tortuga rellenita, pintoresca, de sombrero rojo y sombrilla azulada.
Expedito la vio pasar por primera vez… Ella lenteneaba por las calzadas del zoológico de Buenos Aires. Primero con un poco de envidia la ojeó de lejos (Digo envidia porque la vio libre, sin encierros, sin clausura, coqueteando caminos que sólo permitían el trajinar de las personas). Días más tarde, esa envidia se transformó en éxtasis y admiración, mientras miraba fascinado esa paz que Catalina cargaba a cuestas en su caparazón marrón.
El amor surgió enseguida, sin esfuerzos; la necesidad de observarla crecía en su alma real. La veía hermosa, tan firme en su libertad y con tanta serenidad que parecía que se tragaba el tiempo de a sorbitos. Tardaba horas en devorar unos tréboles en flor que degustaba como gourmet de alta cocina… Parecía enredada en sueños taciturnos, casi íntimos.
El estatus de enamorado del león lo hizo perderse día y noche en aquel amor secreto. Empezó a modificar sus gustos. Expedito -que ya se había visto todas las películas de guerra que Silvester Stallone había protagonizado y más- empezó a asistir a los ciclos de cine de autor europeo, pensando que a Catalina podría interesarle compartir charlas sobre los festivales de Cannes, Berlín y San Sebastián.
Se cultivaba con libros sobre el calentamiento global y las energías alternativas que Joaquín, nuestro cuidador en el zoo, le pasaba entre reja y reja. En su recóndito interior estaba seguro de que a Catalina le atraían los tipos alternativos.
Yo lo veía raro: ya no rugía, contemplaba el silencio, no caminaba hecho un manojo de nervios en la jaula, sino que su andar se había vuelto lento y liviano, se mantenía sosegado. A esto último lo consiguieron las clases de meditación y de yoga que la lechuza platanera, dos veces por semana, le dictaba, guiando su espíritu desde el plátano más alto del zoológico.
La realidad de Catalina era un poco diferente. Después de tantos años de cautiverio consiguió la confianza de los cuidadores. Por lo tanto, había canjeado su libertad definitiva por una libertad condicional, circunscrita a las fronteras del zoo. Visitaba cada tardecita de Buenos Aires a sus amigas que todavía debían cumplir las reglas estrictas del establecimiento. Tomaban mate de lechuga y pétalos de rosa china, flor-manjar preferida de toda tortuga de jardín urbano, que Catalina recogía cerca de la jaula de Expedito. La rosa china, al ser roja, conseguía embadurnar los labios de Catalina con un color carmesí que le daba un toque de distinción. Esto le causaba mucha gracia a Expedito.
El león hizo cursos a distancia de canto lírico, dirigidos por Africano, pájaro cantor de esas latitudes que había llegado al zoológico recientemente y al que todavía le resultaba bello cantar. Es de reconocer que a Expedito este menester no le resultaba nada fácil, pues su voz ronca y demasiado fuerte le impedía acompañar correctamente al Coro Polifónico del Zoo de Buenos Aires.
Pero lo más extraño fue el día en que el león más selecto de la institución comenzó a rechazar las patas entera de res que diariamente Joaquín, nuestro cuidador, ponía a su alcance. Habiendo pasado una semana entera de rechazos injustificados (Expedito no daba síntomas de padecer ninguna enfermedad leonina), Joaquín -que sabe mucho de leones pero más sabe de amores- decidió cambiar la dieta por un rico revuelto vegetariano: kilos de berenjenas caprese, rúcula con tomatitos cherry, cous cous con diente de león… y otros placeres de un verdadero vegetariano.
Expedito expresó su amor de diferentes formas. Intentó una comunicación más cercana con Catalina ronroneándole cariñosamente (casi como lo hacen los gatos pequeños) palabras de amor, cuando ella recogía, cerca de su jaula, pétalos de rosa china para el mate con sus amigas. Pero la dificultad idiomática entre león y tortuga no afectaría tanto la comunicación como la sordera progresiva e irreversible que Catalina sufría desde hacía varios años y que ningún tratamiento probado había mejorado.
El león, sin saber que la tortuga se hallaba sumergida en un universo silencioso, también pidió ayuda a la garza real que revoloteaba en las inmediaciones para enviarle cartitas de amor, pero Catalina no sabía leer: en su época de infancia, las tortugas no podían concurrir a la escuela. Y las cartas pasaban desapercibidas como cualquier papel de chocolatín tirado por manos humanas desatentas en las callejuelas del zoo.
León y tortuga nunca lograron intercambiar una mirada, pues el caparazón de ella hacía que su cabeza no pudiera proyectarse más allá del suelo. Catalina nunca supo del amor de Expedito, y Expedito no pudo franquear las barreras entre ambos reinos. Igualmente, creyó que estaba bien cambiar, que ser un león vegetariano y meditabundo había sido algo así como conquistar su libertad.

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