sábado, 14 de diciembre de 2019

Cenicientas

Beatriz Actis 

Cenicienta piensa en otra cosa

  El problema de Cenicienta es su grandísima distracción.
  Pierde el plumero, pierde el trapo de piso, pierde la escoba.
  En realidad, esto sucede porque ella piensa que: el trapo es la alfombra mágica de Aladino;  la escoba, un trasporte de bruja como la de Hansel y Gretel o La Bella Durmiente; el plumero, una palmera encantada a la que se trepa para encontrar a la gallina de los huevos de oro...
  Y, tan atrapada está por su propia distracción, que no solo extravía los elementos de limpieza (el trapo-alfombra termina, por ejemplo, entre los techos, junto a la escoba que cree voladora) sino que se siente casi todo el tiempo fuera de la realidad, dentro de un cuento de hadas.
  Sin embargo, su distracción ─que su madrastra y sus hermanastras consideran un terrible defecto─ es la que la hace liberarse del maltrato al que la someten en su casa.
  Como todos sabemos, el príncipe da una fiesta en su palacio. Allí espera encontrar a una buena muchacha y convencerla para que sea su esposa.
  La Madrina de Cenicienta le consigue un traje hermoso y un carruaje ágil para asistir a la fiesta.
  Ella y él bailan toda la noche.
  A las doce, y siempre por su eterna distracción, Cenicienta parte del palacio y deja olvidado ”algo”.
   Esta vez no es en el techo sino en las escaleras…



El zapato abandonado

El zapato abandonado se lamenta
─es solo un instante─
y piensa
            allí, tendido en la escalera
que podría haber escapado
junto a su compañero
por los jardines del palacio
hacia la carroza
antes de que lo atrape la mano del príncipe.

Otro hubiera sido el cuento.



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