Cuando se va el verano (2017)

Cuando se va el verano (2017)
Libro para jóvenes - Estación Mandioca Ediciones

Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

lunes, 20 de noviembre de 2017

Cuento

CICATRIZ (Beatriz Actis) 

 “Aquella furia de ayer detrás del mundo”.
Enrique Molina



   Siempre había sido hermoso, incluso en la niñez, aunque en esa época yo apenas podía sospecharlo. En la época en que lo reencontré, ya en la ciudad, olvidado el pasado del pueblo de una buena vez (aquellos episodios a veces claros, a veces oscuros de la infancia), era ante mí y los demás un joven hermoso; ahora -lo había imaginado algunas veces- se habría convertido en un hombre armónico en su madurez. Yo había escrito poemas sobre sus pómulos y el color extraño de sus ojos cuando en esos días buscaba su aliento y sentía que aquello duraría para siempre. Recuerdo haberle escrito una carta, previa a nuestra despedida, que decía: “No puedo más sin tenerte a mi lado”. Eran nuestros primeros tiempos de estudiantes, estábamos solos y quizás perdidos, la dictadura había convertido a la ciudad en una maqueta sin vida, en un lugar de ocultamientos y de terrores; a pesar de que en el pueblo no nos habíamos acercado desde la niñez, aquí nos habíamos reencontrado y habíamos vivido aquel amor juvenil, efímero. Recuerdo además que recorríamos juntos las calles por las noches, adentrándonos en barrios desconocidos para explorar la ciudad que deberíamos habitar de ahora en más (pienso mientras camino, y canto y pienso, mientras camino, en aquellas horas muertas de tránsito lento sin llegada final, sin un destino fijo, en esas horas muertas en que ya nadie enciende las lámparas). Pasaron los años, el tiempo mitigó, como siempre, la pasión -todo retorna y todo se va desvaneciendo, lentamente, como islas a la deriva-, no volví a verlo hasta esta noche. Casi nunca lo había recordado durante nuestra larga separación, a pesar de que a veces, muy de vez en cuando, se me ocurría pensar que su rostro había poseído en la juventud la inocencia de un ángel de un pintor del Renacimiento y al mismo tiempo, de modo inexplicable, la impureza de un fauno o de un diablo chabacano de carnaval, aunque, a la luz de los acontecimientos, los extremos de la comparación me parecen, hoy más que nunca, desproporcionados, viciados de exageración.
  Volver a verlo hoy fue una casualidad. Ni siquiera sabía por amigos comunes (pensándolo bien, ya no teníamos amigos comunes, ya no tenía yo siquiera amigos en Santa Fe) o por cuestiones fortuitas, como sucede tantas veces cuando los amantes se abandonan, qué es lo que había sido de su vida a lo largo de estos años. En verano recorro por las noches las calles en mi antigua bicicleta, quizás para mitigar el ruido del insomnio; casi no camino ni deambulo, como en aquellas noches de la juventud, y andar en bicicleta es mi único vínculo con una imagen adolescente de mí misma. A veces también paseo en las tardes invernales: la vida pesa menos cuando uno se pierde en la ciudad difusa, como cubierta por el humo.
  Me conmueve reencontrarlo, quizás más que si hubiese sido cualquier otro de los amores fugaces juveniles, quizás por nuestras comunes aventuras o desventuras de la infancia, por el pasado. En esa tarde de otoño (hay un libro de poemas, estoy segura, que se llama: Otoño imperdonable) yo recorría el Parque del Sur, una murga cruzaba la calle rumbo al anfiteatro, era extraño aquel clima de impostado carnaval sin el calor agobiante de febrero, sin los atributos de una noche de verano, solos los redoblantes y los disfraces en el final del otoño (¿pero adónde estaba mi risa, mi estallido?: como en los pueblos de la pampa, como en los pobres corsos de la costa sobre el Paraná: aquí el carnaval es triste); seguí a la murga en la bicicleta, como un chico fascinado, entusiasta persigue al circo que recién llega a su pueblo. En medio de la caravana se me acercó otro ciclista extraviado que venía del oeste, seguramente de los barrios más pobres, su bicicleta estaba despintada, oxidada, él mostraba la ropa raída; la magia funambulesca de la bruma de carnaval se desvaneció de golpe, se volvió realidad cuando el ciclista preguntó: “Señora, ¿hoy es viernes o es sábado?”. Dudé un segundo en contestarle: “Es sábado”.
  Ahora, la murga se va, también el ciclista (desorientado); bordeo el parque y empiezo el último tramo de mi recorrido por las callecitas del sur que llevan hacia mi casa. Oscurece temprano, los primeros fríos alejan a la gente de las calles, azota el viento que llega del puerto, estoy a tres, a cuatro cuadras de mi casa cuando escucho que alguien que pasa caminando por la vereda del oeste me llama por mi nombre. Es Gabriel; se acerca, hablamos. Lo primero que se me ocurre es preguntarle por su hermana. ”Ana Clara –la nombra del mismo modo que lo hacía su abuela, ya me había olvidado de aquel nombre completo, el nombre me sonó anticuado, romántico, como referido a otra persona- está viviendo en Buenos Aires, tiene tres chicos, es profesora de inglés”. Abandona el tema (vuelvo a detenerme, entonces, ante el antiguo nombre de aquella amiga, de aquella enemiga de infancia, en la revelación de que ya no tengo amigos en este lugar de paso en que se ha convertido la ciudad) y cuenta generalidades sobre su propia vida en estos años: estuvo él también radicado un tiempo en Buenos Aires, ha vuelto a vivir en el pueblo, sólo está de paso ahora en Santa Fe para ver a unos antiguos compañeros de facultad, no, sin embargo no había terminado su carrera –yo no lo recordaba-, sólo había alcanzado un título técnico intermedio, no se me ocurre qué estará haciendo a esas horas en mi barrio, ¿alguno de aquellos ex compañeros vivirá por el Sur? A la vez, relato ante su moderado asombro algunos de los hechos que han acontecido en mi vida.
  “Una vez tuve uno de tus libros en mis manos” (pienso a qué libro se podrá referir; poco le habrán interesado aquellos avatares de los artículos académicos en publicaciones que nadie lee fuera de los círculos estrechos de las universidades: papers sobre Fray Bartolomé de las Casas o Bernal Díaz del Castillo o el cura Florian Paucke, aquí en la costa; alguna vez debería escribir de verdad, concluir una novela); dice lo de mi libro en sus manos con una sonrisa triste que no es circunstancial -lo recuerdo ahora-, ya que le ha sido propia desde la juventud. Miro su rostro. Es el rostro de un hombre maduro, su antigua hermosura es lánguida. Me detengo con disimulo casual en la boca, la piel, los ojos claros. Una cicatriz le cruza la sien.
  Esbozo algunas otras vaguedades sobre mi vida, menciono la edad de mi hijo, el tiempo que hace desde que nos hemos separado con Lucio (mi pasajero amor con Gabriel fue antes de encontrar a Lucio en Santa Fe, sin embargo ellos se conocían, habían sido compañeros en Ingeniería), el hecho de que no estoy demasiado tiempo en Santa Fe por la frecuencia de los viajes laborales; él elude con calma darme más precisiones sobre su vida. Pienso: "Alguien lo ha herido. Esa cicatriz es la marca de un arma blanca, de una botella en medio de una pelea. O de una venganza, o de un ajuste de cuentas".
   Recuerdo que sus años juveniles habían sido desprolijos, incluso turbulentos. Se enciende en mi cabeza el verso de Baudelaire: Mi juventud fue como un huracán. Sin embargo a la herida la había recibido en los que yo había supuesto serían sus años de madurez y de reposo (¿Nunca se habría aventurado Gabriel, como en sus sueños de infancia, a una vida en el mar? Su mar, sus aventuras habían resultado ser tal vez sórdidas disputas urbanas –pienso otra vez en sus conductas de juventud-, en ámbitos ilícitos). La vida no había sido para él, es evidente, un largo río sin escollos.

  Nos despedimos. No me marcho con la dignidad de las películas sino con la ridiculez flagrante de la vida: en bicicleta, con ropa abultada, por una avenida desierta. ¿Cómo lo recordaré de aquí en más, durante los años próximos: como aquel dolor de infancia, como aquella piel límpida de la juventud o como esta cicatriz que le parte la cara en mitades oscuras? Las cosas no son como las vemos –a esto lo he pensado más de una vez o quizás lo he leído o escuchado-, sino como las recordamos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario