Cuando la mañana es venturosa, como
hoy, es decir, cuando el clima se ha vuelto agradable, desayuno en la
vereda del Trota, en la primera mesa sobre calle San Martín, la que mira
hacia el río. A lado pasan los autos; los que doblan por Urquiza casi
me rozan y así recuerdan que esto es el centro. Sin embargo, al levantar
la vista, dos cuadras más adelante, por el declive de la calle se
observa el Paraná, como en esa zamba que dice "busco al fondo de la
calle un cerro" (es "La nostalgiosa", de Dávalos y Falú), aunque al
revés, en verdad, porque allí el poeta no encuentra el cerro y acá sí,
acá en el fondo de la calle hay un río. No es raro que cada tanto,
incluso, pase un barco y en el asfalto se prolongue la ilusión de autos
que marchan enfrentándose con mástiles de grandes buques extranjeros que
van o vienen de Puerto San Martín (supongo) o velas blancas de
embarcaciones más pequeñas. Es en esta zona en que se produce esa
extraña convivencia de río y ciudad en un par de cuadras, y este bar, en
su esquina, posee la visión privilegiada, y esta mesita de lata es un
observatorio, un Finisterre enclenque al que a veces tengo que ponerle
varias servilletas dobladas para que no se mueva y se derrame el café.
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