Cuando se va el verano (2017)

Cuando se va el verano (2017)
Libro para jóvenes - Estación Mandioca Ediciones

Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

lunes, 29 de octubre de 2012

A través de mares



Diario de viaje: A través de mares
(Contratapa de "Rosario 12", octubre 2012)

Sobre sirenas

  Un célebre testimonio literario acerca de la aparición de sirenas se encuentra en La Odisea, atribuida a Homero, que relata, sabemos, las aventuras de Odiseo/Ulises durante su largo viaje de regreso a Ítaca, después de la guerra de Troya.
  Esos seres fabulosos de cantos dulces atraían a los marinos más confiados, haciendo que sus naves se despedazaran contra las rocas. El hombre que oía sus voces se arrojaba al mar, tras ellos, y se olvidaba para siempre de su patria.
  El héroe se protegió de aquel canto enloquecedor haciendo caso a los consejos y advertencias de Circe: “Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo cera agradable como la miel, unta los oídos de tus compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto al mástil -que sujeten a éste las amarras-, para que escuches complacido la voz de las dos Sirenas, y si suplicas a tus compañeros o les ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más cuerdas”.
    

Piratas de Salgari : “¿Quién,  a  pesar de la tempestad, velaba…?”


  Se lee en Sandokán: “En la noche del 20 de diciembre de 1849 un violentísimo huracán azotaba a Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de temibles piratas situada en el Mar de la Malasia, a pocos centenares de kilómetros de las costas occidentales de Borneo. Empujadas por un viento irresistible, corrían por el cielo negras masas de nubes que de cuando en cuando dejaban caer furiosos aguaceros, y el bramido de las olas se confundía con el ensordecedor ruido de los truenos. Ni en las cabañas alineadas al fondo de la bahía, ni en las fortificaciones que la defendían, ni en los barcos anclados al otro lado de la escollera, ni en los bosques se distinguía luz alguna. Sólo en la cima de una roca elevadísima, cortada a pique sobre el mar, brillaban dos ventanas intensamente iluminadas. ¿Quién, a pesar de la tempestad, velaba en la isla de los sanguinarios piratas…?”.


Selkirk o el desaliento del marino

   Alejandro Selkirk es el nombre del marino escocés cuyas aventuras en la Isla de Juan Fernández, frente a las costas de Chile, inspiraron a Defoe para escribir Robinson Crusoe, publicado a comienzos del siglo XVIII.
   Esto fue lo que sucedió: Selkirk formaba parte de la expedición corsaria del capitán Dampier, constituida por dos naves que en ese momento navegaban por los mares del sur de América. Como fracasaron en el intento de apoderarse de un navío español que estaba en camino hacia Buenos Aires, las naves de Dampier se dirigieron a Juan Fernández y dejaron allí a unos tripulantes; luego navegaron hacia el puerto peruano de El Callao, en donde tampoco pudieron capturar ningún barco. Entonces decidieron volver a Juan Fernández para recoger a los marineros.
   La falta de “presas” o naves capturadas generó descontento en la tripulación. Entre los marinos más desalentados se encontraba Selkirk, quien prefirió quedarse en la isla Juan Fernández antes que proseguir el viaje. Apenas tenía un fusil, una Biblia, un hacha, sus ropas, algo de pólvora y algunos utensilios. A partir de entonces, y por cinco largos años, fue un hombre solo en una isla desierta.


Diario de naufragio: “Nadé a la ventura…”

  En Los viajes de Gulliver (Viajes a varios lugares remotos del planeta), de Jonathan Swift: “En la travesía a las Indias Orientales fuimos arrojados por una violenta tempestad al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según observaciones, nos encontrábamos a treinta grados, dos minutos de latitud Sur. El 15 de noviembre, que es el principio del verano en aquellas regiones, el viento era tan fuerte que no pudimos evitar que nos arrastrase y estrellase. Seis tripulantes, yo entre ellos, que habíamos lanzado el bote a la mar, maniobramos para apartarnos del barco y de las rocas. Remamos, según mi cálculo, unas tres leguas, hasta que nos fue imposible seguir, exhaustos como estábamos ya por el esfuerzo sostenido mientras estuvimos en el barco. Así que nos entregamos a merced de las olas, y al cabo de una media hora una violenta ráfaga del Norte volcó la barca. Nadé a la ventura, empujado por viento y marea…”.


Entre la historia y el mito

  Cuando Cristóbal Colón llegó a América, vio en el Mar de las Antillas unas criaturas que describió con rostros casi humanos y no tan hermosas “como se pintan”. En la actualidad, historiadores y científicos piensan que el almirante confundió a los manatíes, animales acuáticos que habitan en aguas caribeñas, con sirenas.
  Andando por los mares del mundo, no es difícil descubrir que en ocasiones las sirenas son manatíes pero, en otras, los manatíes resultan ser sirenas. Es que los espejismos pueden revelar algunos secretos (a veces –aunque sólo a veces-, llenos de maravilla).

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