Cuando se va el verano (2017)

Cuando se va el verano (2017)
Libro para jóvenes - Estación Mandioca Ediciones

Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

miércoles, 6 de enero de 2010

El presente silba...

El presente silba como una víbora” Francisco Urondo


Beatriz Actis

He perdido la capacidad de hacer un esfuerzo, pienso al apoyarme sobre una piedra, de cara al vacío. Me agobia el calor, hemos emprendido la caminata hace más de dos horas; temprano recorrimos el arroyo que, serpenteando, bordea el pueblo y ahora, cuando pensé que el paseo al fin había concluido, regresamos al punto de partida para escalar una de las laderas de la sierra, la menos escarpada, al pie de la cual han construido la casa. Nos acompaña un lugareño que actúa como guía. Ya no quiero avanzar. Mi padre tiene casi setenta años y emprende con entusiasmo la escalada; a mí, mucho más joven, me cuesta respirar. “Falta entrenamiento”, señala mi padre con autoridad al pasar a mi lado. Realizar esta excursión, como la llama, ha sido su primera idea de la mañana. “Después de la ducha fría”, contó con orgullo durante el desayuno, “como cada día del año”. No era necesaria la aclaración: la familia conoce cada uno de sus hábitos.
Me detengo a descansar y contemplo el paisaje. El sol brilla sobre las laderas y los tonos ocres y pálidos me recuerdan no sé por qué los días de la infancia, el aire transparente de aquellos años. La Población es un caserío antiguo, para llegar hasta aquí desde Córdoba es necesario cruzar las Altas Cumbres en un viaje que obliga a girar de modo abrupto en cada curva, a atravesar las nubes entre la roca filosa y el viento frío de las alturas, y cuando el recorrido sinuoso se termina aparece ante los ojos el valle. Después, llegar hasta La Población es un viaje breve a través de una ruta angosta que atraviesa pueblitos silenciosos al pie de la sierra, entre acequias, piedras de colores y rostros detenidos en el tiempo. Hasta aquí, hasta este valle, no he arribado de golpe, llegué después de un lento camino por el que, finalmente, me he dejado llevar.
Desde el lugar en donde estoy se percibe, tenue, la figura de los cerros contra el cielo vacío. Me retraso al detenerme mientras los demás avanzan. Se han formado dos grupos: mis hermanos marchan delante, junto al guía; mi padre y un viejo amigo de la familia -un compañero de armas que lo visita en estos días- suben más lentamente. El rezagado, el último he sido yo. Descubro helechos entre las rocas y escucho el aleteo de las aves de la sierra. Dos cuerpos se detienen a descansar no demasiado lejos de mí, un poco más arriba, en un caminito que asciende a través de la ladera; supongo que se trata de mi padre y de su amigo. Al rato lo compruebo: suenan sus voces, las oigo firmes aunque entrecortadas por el esfuerzo.
Las palabras que me llegan más claras son las de mi padre. Miro alrededor: el otoño se extiende con una belleza cauta. Me inclino sobre la roca, ellos no pueden verme desde su altura, me mantengo oculto tras los espinillos. Estoy espiándolos. En estos días de reunión familiar los he observado en momentos diversos, pude escuchar con cierto detenimiento sus conversaciones. Algunas frases sueltas me han hecho pensar. Anoche, antes de dormir, me quedé un largo rato repitiendo en silencio una de aquellas frases: “Nos confesamos con él porque sabíamos que nos perdonaría todo”. Se referían a un cura de campaña y a un acto de confesión durante el último destino que ambos habían compartido, en medio de un relato fragmentario, apenas aludido sobre los últimos años del régimen, sobre aquello que nunca se nombra en las reuniones de familia.
Giro la cabeza hacia el precipicio y alcanzo a divisar allá abajo los techos de la casa, erguida en piedra en el medio del patio arbolado, que con el tiempo se convertirá en un genuino bosque de pinos. Detrás de la casa, al pie de la ladera - desde donde estoy ubicado como un improvisado vigía -, exactamente debajo de la parra, temprano en la mañana mi madre ha acomodado las sillas en torno de una larga mesa de madera que mi padre usó alguna vez, tras su retiro, para realizar algunos trabajos de carpintería.
Al mediodía seremos quince personas alrededor de esa mesa. Nos hemos reencontrado en la Semana Santa los cinco hermanos dispersos en cinco provincias diferentes. Una vez al año todos se reúnen: es para las Navidades. Pero como Carlos, mi hermano menor, está a punto de irse a vivir a Madrid, mi madre organizó este encuentro en una fecha inusual porque quizás transcurrirán varios años antes de que vuelva a reunirse la familia entera. Patricia, la única mujer entre los hermanos, está pensando, nos dice, en radicarse en Venezuela. El día de nuestra llegada, Carlos explicó en qué consiste su trabajo, en qué barrio de Madrid le han conseguido una casa, comentó las demoras en la obtención del pasaporte. Patricia, a su vez, más parca, dijo que conoce a gente que podría gestionarle un trabajo en una pequeña ciudad cerca de Caracas. “En cualquier lugar se vive mejor que acá”, dijo alguien. Son casi las once, empieza a sentirse el calor. Nos resta aún un largo día.
En la sierra los días se dilatan, son demasiado largos, como volcados sobre sí mismos. Son propicios para recordar. Nuestra vida fue nómade: cada nuevo destino de mi padre nos llevaba a alguna ciudad distinta, a una provincia desconocida, aunque después, de a poco, la vida en los barrios de casas iguales, dentro del regimiento, se iba transformando en una rutina que parecía hacernos olvidar la mudanza, el abandono de la escuela, de los amigos, e incluso el desarraigo. Cambiaban las caras de la gente, el paisaje se volvía más agreste o más urbano pero no variaba esa lógica que, parecía, iba a regir nuestras vidas para siempre.
Crecimos, cada uno de los hermanos se fue quedando en alguno de los destinos que para mis padres seguían siendo lugares de paso. El menor fue quien eligió vivir más próximo a ellos, en Córdoba, en el centro de la ciudad (aunque pronto partirá hacia Madrid, y recuerdo ahora que cerca de Madrid también hay sierras). Los demás nos quedamos en Buenos Aires, en La Pampa, en Santa Fe, en el sur de San Luis. Mi padre, tras su retiro, decidió vivir en las sierras. Al fin un lugar le resultaba definitivo. En La Población construyeron la casa de piedra, al pie de la ladera desde la que ahora contemplo el paisaje. En este patio estaremos reunidos pronto, será una siesta calurosa de marzo debajo de la parra junto a la mesa rústica, comiendo y bebiendo de cara al aire perfumado por los pinos, seguramente comentando anécdotas de la excursión de la mañana.
Llevadas por el viento, desaparecen las pocas nubes dispersas en este otoño pausado que parece girar y volar. Ni el más breve ruido cuando tocan el suelo las hojas o las flores marchitas bajo las luces del cielo matinal, bajo la única sombra de un pájaro que escapa. Me siento cansado, decido descender por mi cuenta, descansar junto a la parra. Mi hermana, que se ha quedado en la casa, prepara la mesa para el almuerzo. Abajo hace demasiado calor, sin embargo, y decido entrar y recostarme en la penumbra de uno de los cuartos para reponerme de la caminata. Al rato, mientras dormito - aunque no puedo precisar cuánto tiempo ha transcurrido - escucho voces y ruidos: regresan los caminantes, han terminado el paseo, pienso con pereza que debo volver hasta el patio, explicarle al grupo, en especial a mi padre, el motivo de mi deserción, no extender aún más mi retraso. Cuando llego a la mesa ya todos están ubicados, hablando entre sí. Me ignoran.
Sólo los chicos se ausentan de la mesa y corren por el patio cerca de los pinos, en una zona de hamacas y juegos de madera construidos por las manos de carpintero de mi padre, las manos que según él jamás - siempre lo ha afirmado - han tomado las armas para cometer un acto indigno o impiadoso. Las madres (mi esposa, mis cuñadas) piden a los niños que se sienten porque pronto servirán el almuerzo. Contemplo entonces a mi padre como si fuese la primera vez, lo miro cuando no sabe que lo miro. Es un anciano. Pero conserva de la juventud cierta vitalidad (lo ha demostrado recién, durante la caminata) y de su profesión de toda la vida mantiene aquella actitud decidida y un poco prepotente en la mirada y en los gestos.
Comemos mientras se superponen los relatos fragmentarios que aluden a la familia, los diálogos circunstanciales, las referencias recientes. Cuando terminamos, durante la que será sin dudas una larga sobremesa, veo que las moscas empiezan a revolotear sobre los restos del asado mientras las mujeres levantan los platos. Alguien dice: “Las moscas vienen por la parra”. Hace calor para el mes de marzo. Otro dice: “Siempre hace calor en Semana Santa”. No es cierto. Pocas veces he venido a La Población, durante años he evitado los encuentros navideños con excusas diversas que intentaban ser convincentes. Tras el nacimiento de mis hijos hubo un cambio: creí que debía volver a compartir al menos una vez al año estas reuniones de la familia entera.
Uno de mis hermanos acerca una guitarra. Todos cantan, excepto Patricia y mi madre. En mi familia los hombres cantan. Descorchamos una nueva botella de vino mientras se escuchan versiones un poco desafinadas de “Luna tucumana”, de “La López Pereyra”, de aquellas zambas tristes que me recuerdan una vez más los días de la infancia. Después mi hermano menor canta, solo, una canción que dice que el lugar más lejano es el que estamos pisando. Es Carlos, que pronto estará viviendo en Madrid.
Vivíamos en Santa Fe cuando mi padre supo que su nuevo destino sería La Pampa, yo tenía dieciocho años (fue el año, lo recuerdo bien, en que el país volvió a la democracia). Elegí quedarme a vivir solo en Santa Fe. Fui el primero de los hermanos en abandonar aquel viaje constante de mis padres, de destino en destino, como se abandona sin mirar atrás un barco que se aleja de modo peligroso de la costa. Ya había elegido fundar una nueva vida para mí.
Así, en la que sería durante todos estos años mi ciudad definitiva empecé a trabajar, hice nuevos amigos, conocí a mi mujer, nacieron mis hijos. De a poco fui aceptando la historia de mi padre, su aparente fortaleza al admitir, tras su retiro, que en sus años de servicio (disfrutaba decirlo y remarcar la palabra servicio) no había hecho nada de lo que pudiera arrepentirse.
Temo que ahora mismo, en la mesa familiar, proponga un brindis; siempre lo hace. Esos momentos tienen la particularidad de sincerar cualquiera de nuestros sueños incumplidos. Mi padre en esas ocasiones está un poco borracho y, con una solemnidad despiadada, señala a cada uno lo que cada uno desea: a mi hermana, que vive sola, le augura un inminente y venturoso matrimonio; ante la esposa de Carlos, que ha perdido más de un embarazo, vaticina con la copa en alto la pronta descendencia y una familia numerosa como la nuestra. Así, a cada uno le descubre ante los otros sus dolores secretos o sus miserias. Ante mí no brinda, sin embargo; nunca ha brindado.
Compruebo ahora que en estos años de visitas espaciadas a la sierra creí sentir la paz de los que empiezan a olvidar. Ahora mismo comprendo, a los cuarenta años, que la débil esperanza que me había tranquilizado era la esperanza de creerle, de creer al fin en la palabra de mi padre. En todas partes es igual: a la media tarde me derrumba el tedio. Podría reconocer las cinco de la tarde en cualquier lugar, en cualquier clima y circunstancia, reconocería esas horas como las más lánguidas y sin sentido a lo largo de una vida.
“Sabíamos que nos perdonaría todo”, había dicho mi padre refiriéndose a una posible confesión. “Todo” era aquello de lo que nunca se hablaba, las zonas oscuras, los años subterráneos, el pasado reciente, el desierto. Estos días en familia, en la sierra, con sus revelaciones, habían estado esperándome, agazapados como animales en la selva, escondidos y acechantes como ladrones, resguardados por las sombras. Aquello que siempre temí resultó ser un secreto revelado. La tarde, una charla casual entre mi padre y un viejo amigo, compañero de armas, el vino, los años, mi propia adultez lo han develado, ya no se esconde. Mi padre nunca ha sido sincero.
Ahora, tal como predije, levanta su copa. Se para frente a Carlos y le desea que su vida en España sea feliz, que no fracase (que es lo que ha sucedido siempre, sabemos, en todos sus trabajos anteriores). Nadie agrega ninguna palabra a ese deseo que suena como la celebración del derrotado. A Patricia la insta a mudarse a Venezuela; los demás sabemos que su vida es un eterno propósito incumplido y que, como tantas otras cosas, ella jamás emprenderá ese viaje. A mis otros hermanos les augura un futuro brillante para sus hijos. Son unos niños previsibles, medianos, iguales a cualquiera. Se detiene con la copa tambaleante frente a mí. Me mira con ojos nublados. Nada dice. Después murmura algo como: “Vos, que siempre me creíste”. Me doy cuenta enseguida de que he entendido mal, no puede haber dicho aquella frase sino, simplemente, algo como: “Vos, que siempre te me fuiste”, con esa particular manera de pronunciar de los que han estado bebiendo todo el día. Levanto mi copa yo también y callo. Mi madre nos mira con un gesto que apenas entreveo y que quizás resulte algo obsceno, como de complicidad hacia mi padre (pienso en ella: ¿lo sabría? ¿mi madre lo sabría?). Pero resulta que yo también he bebido y el gesto de mi madre a lo mejor no es más que un ademán rutinario. Digo: “Ya vuelvo” y todos comprenden que eso implica que me voy a escapar de la reunión para dormir la siesta. Mi esposa lo sabe y pide a nuestros hijos que no me sigan, que dejen que me vaya solo hacia el interior de la casa.
Ya en el cuarto, adonde me llegan filtradas las voces familiares y los acordes esporádicos de la guitarra, me desvisto y me acerco a la ventana. Entonces pienso en todo lo que se puede ver a través de una ventana, en el curioso mundo. Y me inclino a través de los visillos para mirar hacia el lado del sol y siento que haberme alejado recién del lugar del almuerzo y, durante la mañana, haber abandonado la excursión en la sierra, han sido una forma de no mirar.
Tras dormir con un largo sueño inquieto, justo cuando regreso al patio, atardece. Algunos están sentados todavía bajo la parra y sigue sonando pausadamente la guitarra. A esa hora, cuando el sol se oculta, tiene un color apagado el cielo en la ladera. Lo que es verdadero es siempre secreto, digo para mí, y no puedo sentir rencor. Me veo a mí mismo contradictorio e ingenuo. Soy finalmente cruel porque respiro aliviado al comprobar lo que quizás siempre había sospechado, al reconocer que tal vez no existen las sorpresas verdaderas. La vida seguirá así, a partir de ahora y como siempre: lenta, vanamente. Ya no necesitaré probar la inocencia de mi padre: hubo alguien que debió perdonarle “todo”. Mi padre nunca ha sido inocente.
Se enciende la primera claridad de este crepúsculo a cambio de nada. Recordaré esto en los años venideros seguramente como un momento austero. Cae la tarde, se demora el tiempo en la cena compartida, se espacia cada vez más la conversación de sobremesa hasta volverse repetitiva y leve, llega la hora en que nos vamos de la sala hacia nuestras habitaciones, es hora de partir. Mis hermanos, yo, nuestras familias nos levantaremos temprano, por la mañana, para regresar cada uno a nuestras respectivas ciudades, con sus rutinas y sus circunstancias.
Antes de ir hacia el cuarto - al que ya se ha dirigido mi mujer para acostar a los niños - veo que la sala al fin está despejada después del largo fin de semana en que ruidosamente convivimos en los ambientes reducidos de la casa. Puedo quedarme por primera vez a solas con mi padre, me acerco. Sé lo que debo preguntarle pero lo que no sé es de qué manera y tampoco si aún tiene sentido. Es raro este silencio. Mi padre comenta algo casual que espera mi respuesta; no respondo. El me mira con cierta extrañeza y repite el comentario. Alcanzo a musitar algo también casual y después, formulo una pregunta sobre cómo se siente debido al viaje próximo de Carlos, si va a extrañar a los nietos, si no se pondrá triste si también Patricia parte. Creo que nunca me he atrevido a preguntarle nada que tuviese relación con sus sentimientos. Piensa un segundo, levanta las cejas en un gesto que le es característico, dice que el tiempo pasa, que los hijos son grandes, que nada tiene remedio. Asiento sin hablar. Nada tiene remedio, es cierto. Mi padre continúa acomodando las sillas, las lleva desde la sala hacia la cocina a oscuras. A través de la puerta, alcanzo a ver a mi padre reconcentrado, ajeno, apenas una silueta borrosa en la penumbra de la cocina. Hay palabras entre nosotros que jamás podremos siquiera pronunciar.
Salgo al patio, solo, para espiar por última vez la noche entre los pinos. El peso del aire, la soledad del aire muerto avisa sobre otro viento: el de la próxima irreversible madrugada.

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