miércoles, 29 de agosto de 2012

Textos en Taller - 2012

LITERATURA PARA NIÑOS

Era una casa... (Patricia Galli)

Era una casa vieja, vieja, vieja,
con ladrillos viejos, viejos, viejos...

En ella vivía una señora vieja,
que usaba vestidos de telas muy viejas.

El techo tenía agujeros viejos,
y cuando llovía entraban gotitas
de agua de lluvia, que caían todas
en fuentones viejos.

Si llovía mucho, caían a destiempo
en fuentones grandes, en otros pequeños...
Se las escuchaba, por ratitos cortos
o por largo tiempo...

El patio tenía un aljibe viejo,
profundo y oscuro con un balde viejo.

El balde colgaba de una soga vieja,
con ella llegaba a tocar el agua,
¡el ruido que hacía cuando lo escuchaba!,
yo me imaginaba y me preguntaba:

Abajo... en el fondo...
¿Quién será que habla?    

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Un dragón de bolsillo (Lis Gariglio)


   Quino es un niño esquimal. Vive en un lugar muy, muy frío, donde las casas se llaman iglú. Están hechas de ladrillos de hielo y tienen la misma forma que la mitad de una naranja.
   Como Quino es muy friolento, este año el Hada Nieves decidió hacerle un regalo especial: le trajo, desde su mundo lejano, un dragón de bolsillo. Quino lo bautizó Olivio porque es verde y chiquito como una aceituna. Olivio duerme en una caja de fósforos y cuando Quino sale a pasear por la nieve o va al gran iglú-escuela, viaja en el bolsillo de su abrigo.
Si Quino siente frío, Olivio se escabulle entre sus zapatos y tose fuerte para que el vapor de su garganta le caliente los pies. Otras veces, salta hacia fuera y lanza una gran llamarada para derretir la escarcha de los caminos. Con el agua que junta, le prepara a Quino un té rico para calentarle la panza.
Quino, agradecido, premia a Olivio con su golosina favorita: terrones de carbón endulzados con chocolate de aserrín. (¡Glup!)
                           

Textos en Taller - 2012


Marruecos (Andrea Marchiol)

Muchas cosas pueden parecer raras, pero que te abandone la propia sombra es demasiado.
Marrakech es una ciudad a las puertas del desierto, amurallada, con olor y color a arena. El sol calienta todo y todo lo derrite, para luego reaparecer y recuperar su forma con la noche y los suspiros. La noche carga con la desesperación que deja el día y la ausencia de sombras perdidas.
En Marrakech, las sombras huyen devoradas por los encantadores de serpientes, los saltimbanquis y los cuentacuentos. Las mujeres de henna venden imitaciones de sombras con formas diversas, coloridas, que a cambio de varios dirham rechazan los rayos que, como puntas de agujas siniestras, taladran la piel.
Las sombras envueltas en pañuelos grises, morados, azules y dorados corren por los zocos tortuosos, y en esos laberintos inciertos cobijan los misterios guardados en cofradías oscuras.
Las esencias y los aceites untan las siluetas de las sombras extraviadas, que ayudan a deslizar su holgura y con la delicadeza de su figura tiñen la realidad y su futuro. Se sientan a disfrutar el mundo oculto del café de las especias y, confundidas entre sabores y aromas, esperan el llamado desde el alminar de las mezquitas. Buscan sus otras almas cómplices, las piadosas, las que miran por dentro, las cargadas de fe.
Distraída en Marrakech, mi sombra me abandonó sin escatimar nostalgia, me dejó a merced del asombro y el desamparo. No hubo despedidas ni arrepentimientos. La vi volando por última vez, con su perfil pegado a la  muralla. Me quedé tranquila, sin embargo, cuando la vi rodeada de otras sombras prontas a perderse en los caminos del desierto.

Textos en Taller - 2012


Desierto (Daniela Aguiar)

Calor. Viento. Arena.
Un manto seco me abraza,
me deja sin aire, se va
a jugar con olas de arena,
a hundirse en la soledad
en un horizonte de espejos
que se aleja más y más.

Calor. Sed. Arena.
Lastimados mis labios,
por una gota de agua rezan,
un fuego quema mi garganta,
este implacable sol me apresa,
me robó hasta la sombra,
me aprisiona la cabeza.

Calor. Visiones. Arena.
Camellos, siluetas negras,
algo, parece, se acerca,
hablan -no entiendo-,
quizás, otra lengua.
El desierto me ha tomado,
hoy he caído presa.

martes, 28 de agosto de 2012

Textos en Taller (2012)


“134, ida”
Fabiana Paloma

El final del recorrido (o el comienzo) está a metros de la esquina de casa. Eso es una suerte porque suelo ser el primer pasajero de esta línea en este horario. En la parada espero —con paciente ansiedad— que el coloso dormido se ponga nuevamente en marcha y pase a recogerme. Espío el movimiento del chofer tras el parabrisas: se sienta, se levanta, limpia algo, vuelve a sentarse, anota alguna cosa en un papel.
El sol apenas si asiste a la cita esta mañana destemplada. Un viento otoñal revuelve las hojas a mis pies, parecen viejas mariposas asustadas. Pienso que ya no se ven mariposas, ni siquiera en primavera.
Buen día, saludo al subir. El chofer gruñe. Hoy toca el gordo canoso, el malhumorado. Qué se le va a hacer, las mañanas suelen ser imperfectas. Pierden en el contraste con los sueños. Voy a ocupar un asiento cercano a la puerta trasera, lejos.
Viajamos solos. Vacíos. (En la calle, algún que otro perro vagabundo, un encapuchado con los hombros a la altura de las orejas, una mujer que lucha a escobazos con las hojas amarillas)
Nos para el semáforo de Oroño, un auto muy viejo a nuestra izquierda exhala por el caño de escape un humo silencioso. Las lenguas grises se retuercen dibujando arabescos y figuras. El humo es cada vez más denso y cada vez más blanco, ahora cubre el ómnibus y esto es un sueño que ya soñé. Un sueño blanco y quieto. La realidad se diluye en un recuerdo inasible. Tengo verdadero miedo de no poder despertar.
Un sacudón despeja la niebla. Nos movemos. Respiro con alivio.
En Moreno y Brown nos detenemos y sube una cohorte de personas. La ciudad se despertó y escupe sus personajes en esta esquina. Cuento diez, doce nuevos pasajeros, después pierdo la cuenta, y siguen subiendo. De pronto el colectivo está repleto. De pronto estoy rodeada de extraños. Alguien atrás de mí tose con fuerza, imagino los gérmenes saliéndose violentamente del interior del cuerpo del desconocido, pegándose a mi pelo con gotitas de saliva (Más tarde, olvidada, me tocaré el pelo y las inmundas cosas infinitesimales se treparán a mis dedos. De ahí en más, será sólo cuestión de tiempo. Parecemos sólidos, y sin embargo somos tan penetrables… cúmulos de orificios y poros. Infinitesimalmente vacíos)
Alguien susurra. Es el señor de pulóver gris y aspecto de oficinista que se sentó en el asiento contiguo al mío. De reojo, veo claramente cómo mueve la boca pero apenas emite sonidos. Será un rezo, o será una de sus personalidades que conversa con la otra. Cuántos locos engendra la ciudad; hay que tener coraje para andar así entre la gente, con la locura a flor de piel.
En un muro de España y Salta alcanzo a leer: Arderá la memoria hasta que todo sea como lo soñamos.

Textos en Taller (2012)


Las sombras de Anselmo
  César D'Agostino

Y fue el día en que hasta la propia sombra de Anselmo se cansó de estar con él. Se mutiló ella misma cercenándose con un corte seco de la línea que la mantenía unida a los pies del viejo cascarrabias, y se alejó protestando, haciéndole ademanes con las manos y la cabeza, agitando los brazos por detrás de la nuca como insultándolo y mandándolo al diablo. 
El pobre viejo, estupefacto, pensó que ahora sí se quedaría solo, que algo o alguien que no proyectaba sombra era como si no existiera, que sería a partir de entonces una especie de fantasma y nadie lo vería.
Espantado por el miedo, empezó a correr a su sombra, que se alargaba desde el centro de la calle hacia la vereda, en donde el cordón le marcaba un pequeño quiebre en la silueta a la altura de la cintura. 
Al ver que su antiguo dueño la perseguía, ella comenzó a correr con pasos gigantes y al doblar una esquina se perdió entre la muchedumbre y entre otras sombras.
Anselmo, pálido de miedo, de puntas de pie en la esquina, estiró el cuello y la siguió con la mirada hasta que la vio perderse en el gentío. Dio media vuelta y sintió que ninguna persona lo veía, que nadie percibía su presencia, que era nadie, que estaba muerto.
Corrió desesperado, volvió a su casa y allí se encerró por días. No veía a nadie más que a él mismo, aunque tampoco sabía a esa altura si realmente existía. Se echaba a dormir la mayor parte del tiempo y sólo salía en los días nublados, que disimulaban en algo la inexistencia de su sombra.

Una mañana, bajo la luz fluorescente, ya empuñando el revólver, vio con una sensación extraña que de sus pies nacía una pequeña silueta oscura que copiaba sus movimientos y que, desconfiada, lo seguía.
Abandonó el arma y comprobó que, a medida que pasaba el tiempo, el renovado contorno negro que asomaba desde sus suelas crecía y se alargaba o acortaba según transcurrían las horas.
Cuentan los vecinos que lo vieron salir después de meses cantando, contento, y que de ahí en más todos los días, bajo el sol de la mañana, el viejo Anselmo andaba por la calle hablándole a su sombra nueva, contándole sus historias, preguntándole por las suyas, riendo con ella.

Textos en Taller (2012)


“146”
Silvia Iammarino

Hoy la mañana está hecha de silencios. Lo cotidiano transcurre en miles de fotogramas proyectados en el marco de una ventanilla. El otoño, la resaca, el día sin luz, el fervor adolescente, rastros de sombras, la rutina en los rostros, los cuerpos encerrados en el insomnio de la noche anterior son variaciones de la misma película que veo de lunes a viernes sentada en la segunda butaca del colectivo.
Leo un poema de Idea mientras las hojas caen, aunque todavía hay flores blancas en algún balcón. Leo una leyenda en la pared que dice las voces del sótano mientras un viejo levanta la tapa del contenedor de basura. De cualquier manera, lo que no se ve quiere hacerse ver. El alma se vuelve cuerpo y lucha por salir a la superficie; respira, sofoca, murmura, le canto una canción en susurros que habla de las manos de la madre, distraigo su impudor.
Existe un encadenamiento entre una escena y la siguiente que hace que una dependa de la otra. Entonces comprendo que ese nexo, efímero y ambicioso, soy yo inmersa en la misma existencia de las cosas.

Hoy no subió la chica del tatuaje. O, tal vez, está cubierto con una campera y no la reconozco. Invisible, la chica es sólo un instante fugaz grabado en el hombro derecho con forma de estrella. ¿Alguien me reconocerá? ¿Alguien escribirá hoy no subió la mujer que lee? ¿Seré, yo también, un instante fugaz en la vida de otro? Ante tantas preguntas agolpadas en el pensamiento busco entre el revoltijo del bolso la libreta de los fragmentos urgentes. Anoto palabras sueltas, como:
yo quisiera decirte
hay un misterio
en medio de la noche
sólo esperar
alguien guarda una palabra
en un mundo desierto
El tren del cruce Alberdi me detiene y pienso en las barreras, aquellas que tienen que ver con los obstáculos y los parapetos  (yo quisiera decirte que sólo espero una palabra en medio de la noche).
Abro la ventanilla,  el viento levanta hojas secas. Contemplo una ráfaga que pasa delante de mí como el tren de carga que arrastra vagones vacíos. Hay algo contagioso en este desorden otoñal que desata una combustión en el ánimo. Pensamientos fatigados discurren en cada esquina.
Levanto la vista, y estoy llegando a mi destino.

Cartas desde viejas ciudades

DIARIO DE VIAJE: CARTAS DESDE VIEJAS CIUDADES
Beatriz Actis (contratapa "Rosario 12", 28/8/2012)


En el Cauca: “María”

 “El Paraíso”, ubicada al pie de los cerros de la Cordillera Occidental en Colombia, es la casa de campo en que vivió Jorge Isaacs en el Valle del Cauca y se exhibe hoy como museo (fue declarada Monumento Nacional en 1959).
Sin embargo, admiradores tardíos del escritor colombiano, escolares y turistas encuentran en las salas de la casa principal, cuando la visitan, no los  rastros de la vida de Isaacs sino la recreación de su universo de ficción, sin que medien aclaraciones.
 “Es éste el cuarto de Efraín -explica el guía con convicción –. Y aquí cuelga la piel de tigre… Afuera, vemos los rosales que tanto cuidaba María…”. Alude a personajes y a cuestiones argumentales de la novela “María”, que a fines del siglo XIX se consolidó en Latinoamérica como principal exponente de la novela romántica de tema sentimental.
(Y los intrusos disfrazados de visitantes recordamos entonces algunas de las frases que, en el libro, describen la hacienda en donde se desarrolla la historia: “El viento voluble dejaba oír por instantes el rumor del río…”).
Esto motivó que una asociación de docentes de literatura de Cali -la hacienda está en las afueras de esa ciudad- enviara una carta a los responsables de la casa-museo pidiendo rever la actitud, que confundía a los estudiantes, decía, diluyendo los límites entre realidad y ficción.
Pero no hubo caso: cada día, los empleados renuevan la rosa en el jarrón del supuesto cuarto de Efraín (que, tal vez, haya sido en verdad el cuarto de Jorge Isaacs, o tal vez no), porque así lo hacía la protagonista femenina en la novela. Y además de las rosas frescas, un reloj indica, eterno, en el jardín delantero, la hora exacta de la muerte de María.
Los cruces y las rarezas no terminan allí. El autor creó la mayor parte de la novela en la selva del Pacífico, hasta que, enfermo de paludismo, abandonó su destino, regresó a Cali y se refugió en una casa de El Peñón, en donde escribió el último capítulo.
Un siglo después, a la casa la compraron jefes del Cartel de Cali que intentaron demolerla. La posterior muerte de los narcotraficantes –tan ajenos a las peripecias decimonónicas del hacendado del Cauca que devino escritor…- impidió concretar esos planes.
La casa caleña está hoy abandonada y derruida. Es decir, sola; no habitada siquiera, como en el valle, por los fantasmas vívidos de unos personajes que repiten sus acciones (alguna vez fijadas por la letra escrita) día a día, de modo inalterable a través del tiempo, casi como lo hacía la máquina de Morel.


En La Habana: cartas de Martí a su madre


Cercana al puerto, la casa pequeña en la que nació José Martí -situada en uno de los extremos de la Habana Vieja- conserva algunos de sus objetos personales, un retrato al óleo, otros recuerdos.
Pero es en el Monumento, frente a la Plaza de la Revolución, en donde hay mayor cantidad de testimonios: cartas, grabados, dibujos, diversas ediciones de libros, en definitiva, elementos que hacen a su historia personal y a la memoria histórica construida a partir de Martí. 
En las dos primeras salas a las que se accede (el interior del memorial posee forma de estrella) pudimos ver desde sus títulos de Licenciado en Filosofía y Letras y Derecho, otorgados por la Universidad de Zaragoza, hasta su entrañable levita, pasando por un quetzal disecado que le obsequiara un contemporáneo, el presidente de Guatemala. Y también, una carta.  La primera de las tantas que envió a su madre; tenía nueve años cuando la escribió.
 En la posterior y extensa correspondencia familiar de Martí están también, acaso, su testamento, una suerte de legado fragmentario, y la impronta de su mejor poesía:
 

                                                                                           Montecristi, 25 de marzo, 1895

   Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.
  Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de usted, con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición. Su

                                                              José Martí

  Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que usted pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.