lunes, 26 de enero de 2015

Poemas leidos

 Audioteca - DE USHUAIA A LA QUIACA (Radio Universidad - Rosario) 
                                     POETAS DEL PAÍS:

http://www.lacanciondelpais.com.ar/notas/literatura/poetas-del-pais/beatriz-actis.html

sábado, 17 de enero de 2015

Dijo (y otros poemas)



Dijo (y otros poemas)
Beatriz Actis

I. Dijo

Dijo: La felicidad es nuestra naturaleza

y en el medio del ruido del bar al mediodía
me enseñó un ejercicio de sidha yoga
con las manos
que volaban como garzas
¿como grullas?

   la presión de los dedos, uno a uno:
   pulgar, índice, medio, anular, meñique

el lento despegarse que da la sensación de
las moléculas
en su lento moverse por el cuerpo


II

La mujer susurra:
Sacar las rosas perfumadas,
las flores de los rosales que traje
hace veinte años
desde el sur,
los rosales famosos
de Río Negro,
sacar las rosas de la habitación
porque su olor
- como el de los jazmines -
me da temores
me da
dolores de cabeza
y sobre todo
cuando una es sola

Dice:
Sí, como pedía
mi abuela
- debes confiar en lo que decido -
Hay que sacar
las flores
por las noches
de la habitación.

Mi abuela,
la que dos por tres
amanecía con los chimangos
en la cabeza.



III. Los ángeles, la espalda

En un documental
enseñaban a volar en parapente y alas delta
nunca entendí muy bien las diferencias
volar y ver a todos sin ser visto por nadie
volar en los contornos de las nubes
desde la cima de Cuchi Corral
muy cerca de La Cumbre
hasta el cielo que bordea los cerros
de nombres intrincados

Y nos sentimos felices
imaginándonos en vuelo
sobre los campos
sembrados de lavanda
Y fuimos cándidos
y simples
como un vuelo de pájaro en la sierra
como ese batir de alas limpio
y leve
que no teme
el regreso


IV

Si hablo o escribo sobre la infancia
me parece que voy a comenzar diciendo:
Había en esa casa…
Un recuerdo,
yo nunca había visto un largavistas
andábamos por un camino
en el medio del campo,
en realidad, en las afueras del pueblo,
hacia la casa de unos parientes de la Caia,
caminábamos junto a sus padres y a su hermana
con parsimonia
por el camino desierto
debajo de un sol tenue de invierno.
Un pueblo se necesita, dice Pavese,
aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo.

*

 

Pienso también en el verano 
y en damascos mojados
mañanas de calor y de desidia
en los patios y en callejas de tierra

días condenados a desaparecer

cuando ninguna posibilidad de futuro

era extranjera


*

Me vine
caminando por San Martín inundada
hasta mi casa en el sur
la lluvia me daba una alegría inocente
como la de la infancia
pensaba quiénes habitarían
detrás de cada puerta
de cada una de las casas
y esa curiosidad hacía más dulce,
más dulce y más clara mi vida.

*

Otro eterno minuto
Basta para comprobar
cómo se pierde el tiempo.


V

cuando despierto
y no me siento real

la trampa
de la identidad

  alguien ha entrado en mi cuarto
  de hotel
  y cambió las cerraduras


VI Nocturno de Sauce

Empezaba a oscurecer
cuando llegamos a la casa
bajo un poco de luna:
un círculo iluminado
muy pequeño
en la inmensidad de la noche.
Marchamos lo más silenciosamente
que pudimos,
que quisimos,
y después nos sentamos a pensar.
Todo es posible
cuando la noche
revela su sombra,
cuando algo menos claro que la luna
se vislumbra
entre el follaje oculto.
Entre músicas lejanas
y gritos nocturnos,
los perros aúllan en ronda
ladrándose unos a otros
en cadena.
Nada parece estar por encima de mis fuerzas.
Aquí lo puedo todo,
respirar otra vez,
abrir los ojos.
Adquiero colorido
del mismo modo como reverdecen
los pastos y
las hojas
después de la lluvia.
Toda la noche
he estado pensando
qué es lo que me hace tan feliz
en este lugar.

*

niña entre gallinas
y ligustros florecidos
asociados para siempre
con el perfume de las moras

extraños pájaros
jinetes de sí mismos
las crestas rojas


erguidas
como torres diminutas
como modestos miradores
para ver y olvidar
las superficies
de ríos
o de llanuras

florecen los jazmines
y algunas madreselvas
entre cardos que miran
uno al norte, otro al este

entre el follaje uniforme
las copas de los árboles con flores
son colores encendidos en el campo
debajo del cielo
solo


*


abrir los ojos
brindar por verse

 

VII - Pasajes

Hay algo en la ruta
que llama la atención:
viajan
solos
los ciegos

una luna menguante
¿o creciente?
sobre el Puente Colgante,
la cúpula de una iglesia recortada en el cielo,
en fin,
los atributos de una noche de verano.


*

vi una iglesia metodista
con esqueletos de colonizadores ingleses
en la cripta de un pueblo
llamado Alejandra

allí
dan doble beso
allí
en el medio de la nada

pueblitos de verano en las costas

*

llueve, cuéntame qué ves a través de tu ventana

*

Tostado desvanece bajo la lluvia fugaz de este verano
trece iglesias en el Chaco
ramilletes de yararás en el monte
entre la pertinaz desolación


¿Es para esto por lo que estamos vivos?


VIII - ese desierto

Vi un documental
Sobre la pintura metafísica
Italiana
Y otro sobre Joan Miró
Y escuché cuando varios especialistas
Comentaban que Miró
quiso asesinar a la pintura
y hablaban además
de la imaginería de su arte

Miró pintaba, decían, sus alucinaciones
Durante su juventud
Pintaba en realidad el recuerdo de las alucinaciones
Que le provocaba el hambre
En su taller de París

Después, de viejo,
Se fue de nuevo a España
a dibujar en la arena
Con un palo perfumado de eucalipto
o en la tierra blandita,
o con el humo
de los cigarrillos
en el aire
en ese desierto
alguno de esos raros cuadros
coloridos
fragmentarios


IX - De veras peligroso



Acabo de leer que los gatos siempre juegan,
no sólo los jóvenes
- eso es algo que he comprobado
a través de la experiencia -

y que cuando dejan de jugar, aun siendo adultos,
aun estando seniles,

esa ausencia progresiva
(o repentina)
de juego
es algo
de veras peligroso.


*


En cualquier casa normal hay
por lo menos
tres gatas.
Ahora,
Cuando las miro,
Veo que están las tres
durmiendo,
quietas como estatuas,
una en cada uno de los sillones de la sala
(una gata gris, una gata negra y una gata blanca)

Nada más curioso que un gato mirando el mundo.



*


Reviso las cartas de Karen Blixen
en las que cuenta
a un amigo
que otro amigo
le envió un gato
por tren
hasta su casa en el medio del Africa,
pero el gato se extravió y nunca llegó en ese tren
y ahora al leer
no logro conocer el paradero del gato,
qué fue en definitiva de la vida del gato
porque Karen Blixen
no vuelve a mencionarlo
en ninguna de las cartas,
y el gato sin destino entre los trenes del Africa
me desespera.



X - poema

Durante la mañana había encontrado
a un amigo lejano
en el justo centro de la calle
en donde el viento del puerto
nos apretaba los abrigos
y nos hacía temblar,
el viejo viento azotando nuestros cuerpos
desde el puerto
vencido.
Dijo mi amigo
después de un largo tiempo: te extraño.
Y yo me acordé de tantas cosas:
aquel deambular por la ciudad
cuando éramos jóvenes apenas,
aquella sensación de amanezco en el mundo

Recordé un libro de poemas de juventud
que se llama: Otoño imperdonable.
Todo retorna y todo se va desvaneciendo,
lentamente,
como islas a la deriva


*

En estos días
cuando ya no queda otra esperanza
y no aparece ningún ángel,
noto con una tristeza acorde
que en cuanto al juego de las lágrimas,
    se ha pronunciado largamente

¿será porque atardece?


XI

La anciana ríe:
“En la vida,
en lo único que no se puede volver atrás
es en el parto”.
Un segundo fatal de vacilación,
y a duras penas.
La anciana tiembla:
“El que sueña que se muere,
se muere”. 


 XII

Escuchábamos un ruido
extraño en el medio de la noche
Pensé: un chico noctámbulo
jugando a la pelota,
qué extraño,
en la vereda
en el barrio
en el medio de la noche
Nos levantamos, espiamos a través de la ventana
y eran caballos rompiendo las bolsas de basura


Escuché su voz
como en un trance:
En las galaxias hay días
y también hay noches.
Y como en aquel poema
pensamos en
todo lo que de vivido
queda en lo no vivido.

sábado, 10 de enero de 2015

Más allá del mundo



Más allá del mundo hay dragones



Beatriz Actis


I



Como una ráfaga,

el azote de memoria


dispensa


gestos


para un rostro


de tristeza destemplada


y de curiosidad incierta.


Quemar las naves,


hundirse con el barco.

Todo tendría

lugar


entonces.

Más allá del mundo


hay dragones.



II


Entre el sueño y la mañana


el viento avanza.


En las afueras


del aeropuerto de Bogotá,


tras ventanales


huele

a naranjas verdes


y a una luna


que asoma en las tinajas.



- dos -


Me pica la mano


- anuncia dinero -


mientras un hombre entrega a otro

con naturalidad

un fajo abultado de billetes


delante de mí, de todos


-  como si nada -


Uno de ellos se lo guarda en el bolsillo


en el medio de un pequeño recinto rutinario


con cabinas de teléfonos públicos


cuando yo estoy esperando mi vuelo


en el puente aéreo

y hablan de modo simpático

entre sí,


mientras tanto,


de cualquier tema y no del por qué




de la entrega del dinero:


que qué has hecho el último domingo


qué cómo has pasado las fiestas,


que cómo te han dicho que está todo


en la ciudad de Cartagena.


Una niñita con moños


de colores


en el pelo


grita en su silla

mientras la madre ocupa


una cabina


y espía con miedo


a los dos hombres del intercambio


sospechoso de dinero,


en tanto los dos hombres se saludan


hasta el próximo domingo

como si nada,


uno de ellos se lleva el fajo abultado


en el bolsillo interior de su traje liviano.


“Para que la gente mantenga


viva la esperanza”,


dice un muchacho y ríe


no sé de qué venía hablando, pero ríe,


tira un papel en el cenicero de pie


en el hall del aeropuerto


y se va hacia el aparcadero de taxis.


Las voces en el noticiero de la televisión en tanto


hablan únicamente de masacres y de sicarios


y todo resulta o se vuelve familiar


y simple al lado de la idea


reiterada de la muerte.


Las caras de la espera en el aeropuerto


-         que podrían ser en absoluto


las de cualquier otro lugar de América -


son caras de tránsito y cansancio repetido.


No hay juego


no hay sueño ni alegría

en el medio de la sala de espera.


Un carro con bebidas.


“Aguardiente antioqueña”,


pide un viajero


y en la televisión

anuncian monótonamente


la masacre de indios en Antioquia.


Pienso en aquella famosa división


entre turistas y viajeros.


Oscurece temprano en Bogotá

- voy rumbo a Cartagena -


oscurece en forma leve.

Quiero dormir y partir.


Partir ya, y nada más,


mientras los espejos


devuelven


alguna fatigada


versión

de mí.




III



En Cartagena no hay relojes


-         dicen dos mujeres chilenas -


y todas las copas de todos los árboles


no aplacan la tenacidad del sol.


Más despiadada que la búsqueda


del silencio


es la búsqueda


de la sombra.


Quiero que dure,


sin embargo,

porque este aire


me llena de asombro


como una noche


de luto


o como un día


de fiesta.



IV


Temo morir de cólera


en este país

extranjero


lejano


como morían de malaria

aquellas lánguidas mujeres


inglesas


en las colonias africanas.

Pasa el camión nocturno

de la basura

y mezcla frituras con frutas salvajes

de nombres sonoros,

olores amenazantes como selvas.

Una perra marrón
hace piruetas tristes junto a su dueño,

vestida con una capita roja y raída.


Me dan ganas de llorar.

Mendigos piden monedas

y casi mendigos venden de todo:

collares  cigarros

pañuelos  tarjetas

adornos pulseras

flores  frutos tropicales

sombreros pájaros míticos

serpientes.

Miro la noche


y en ninguna parte hay luna.

Guitarras suenan

y trompetas y tambores,

música de vallenato.
  Parca, leve,

  la luz de las velas.


  La luna en Cartagena


  (suenan trombones)

  teme la noche.


Todos niegan la peste ante los turistas,


todos, como en Muerte en Venecia,


pero en un delirio de ron y de calor.


Pocos hablan ante nosotros


o se habla de espaldas


de la guerrilla eterna de cuarenta años


y los paramilitares y las ciudades clandestinas


arrasadas en la miseria de las selvas.

  La Plaza de Santo Domingo,


  iluminada por fuegos que giran y trepan

 desde las manos de los malabaristas


  hasta la sinceridad de la noche.


  Paraíso de mutantes,

  bellezas, miedos.

  Cartagena.


- dos -

Sufre la luz


Sobre cabezas miserables.


El ciego baila.


Es un desdichado.



V


Aquí,


mi sombra,

en el medio de los llanos


de luces

figuradas,

en la precariedad del paisaje

de bordes


turbios.


Hay


naves

- lo sé -

que

nunca

regresan.

En mis islas
no hubo destierro.