sábado, 15 de abril de 2017

Cartagena (poemas)

Más allá del mundo hay dragones

Beatriz Actis



Como una ráfaga,
el azote de memoria
dispensa
gestos
para un rostro
de tristeza destemplada
y de curiosidad incierta.


Quemar las naves,
hundirse con el barco.
Todo tendría
lugar
entonces.


Más allá del mundo
hay dragones.



II

Entre el sueño y la mañana
el viento avanza.
En las afueras
del aeropuerto de Bogotá,
tras ventanales
huele
a naranjas verdes
y a una luna
que asoma en las tinajas.

- ** -

Me pica la mano
- anuncia dinero -
mientras un hombre entrega a otro
con naturalidad
diez mil dólares
delante de mí
-         como si nada -
Uno de ellos se lo guarda en el bolsillo
en el medio de un pequeño recinto pobre
con cabinas de teléfonos públicos
cuando yo estoy esperando mi vuelo
en el puente aéreo
y hablan simpáticamente
entre sí
mientras tanto
de cualquier tema y no del origen
temeroso
de aquel dinero:
que qué has hecho el último domingo
qué cómo has pasado las fiestas,
que cómo te han dicho que está todo
en la ciudad de Cartagena.
Una niñita con moños
de colores
en el pelo
grita en su silla
mientras la madre ocupa
una cabina
y espía con miedo
a los dos hombres del intercambio
deshonroso de dinero,
en tanto los dos hombres se saludan
hasta el próximo domingo
como si nada,
uno de ellos se lleva los diez mil
en el bolsillo interior de su traje azul.
“Para que la gente mantenga
viva la esperanza”,
dice un muchacho y ríe
no sé de qué venía hablando, pero ríe,
tira un papel en el cenicero de pie
en el hall del aeropuerto
y se va hacia el aparcadero de taxis.
Las voces en el noticiero de la televisión en tanto
hablan únicamente de masacres y de sicarios
y todo resulta o se vuelve familiar
y simple al lado de la idea
reiterada de la muerte.
Las caras de la espera en el aeropuerto
-         que podrían ser en absoluto
las de cualquier otro lugar de América -
son caras de tránsito y cansancio repetido.
No hay juego
no hay sueño ni alegría
en el medio de la sala de espera.
Un carro con bebidas.
“Aguardiente antioqueña”,
pide un viajero
y en la televisión
anuncian monótonamente
la masacre de indios en Antioquia.
Pienso en aquella famosa división
entre turistas y viajeros.
Oscurece temprano en Bogotá
- voy rumbo a Cartagena -
oscurece en forma leve.
Quiero dormir y partir.
Partir ya, y nada más,
mientras los espejos
devuelven
alguna fatigada
versión
de mí.




III

En Cartagena no hay relojes
-         dicen dos mujeres chilenas -
y todas las copas de todos los árboles
no aplacan la tenacidad del sol.
Más despiadada que la búsqueda
del silencio
es la búsqueda
de la sombra.
Quiero que dure,
sin embargo,
porque este aire
me llena de asombro
como una noche
de luto
o como un día
de fiesta.



IV

Temo morir de cólera
en este país
extranjero
lejano
como morían de malaria
aquellas lánguidas mujeres
inglesas
en las colonias africanas.
  Pasa el camión nocturno
  de la basura
  y mezcla frituras con frutas salvajes
  de nombres sonoros,
  olores amenazantes como selvas.
  Una perra marrón
  hace piruetas tristes junto a su dueño,
  vestida con una capita roja y raída.
Me dan ganas de llorar.
  Mendigos piden monedas
  y casi mendigos venden de todo:
  collares  cigarros
  pañuelos  tarjetas
  adornos pulseras
  flores  frutos tropicales
  sombreros pájaros míticos
  serpientes.
Miro la noche
y en ninguna parte hay luna.
  Guitarras suenan
  y trompetas y tambores,
  música de vallenato.
  Parca, leve,
  la luz de las velas.
  La luna en Cartagena
  (suenan trombones)
  teme la noche.
Todos niegan la peste ante los turistas,
todos, como en Muerte en Venecia,
pero en un delirio de ron y de calor.
Pocos hablan ante nosotros
o se habla de espaldas
de la guerrilla eterna de cuarenta años
y los paramilitares y las ciudades clandestinas
arrasadas en la miseria de las selvas.
  La Plaza de Santo Domingo,
  iluminada por fuegos que giran y trepan
  desde las manos de los malabaristas
  hasta la sinceridad de la noche.
  Paraíso de mutantes,
  bellezas, miedos.
  Cartagena.

- ** -


Sufre la luz
Sobre cabezas miserables.
El ciego baila.


Es un desdichado.

domingo, 2 de abril de 2017

miércoles, 29 de marzo de 2017

Cenicienta piensa en otra cosa

Cenicienta piensa en otra cosa
                                                                Beatriz Actis

  El problema de Cenicienta es su grandísima distracción.
  Pierde el plumero, pierde el trapo de piso, pierde la escoba.
  En realidad, esto sucede porque ella piensa que: el trapo es la alfombra mágica de Aladino;  la escoba, un trasporte de bruja como la de Hansel y Gretel o La Bella Durmiente; el plumero, una palmera encantada a la que se trepa para encontrar a la gallina de los huevos de oro...
  Y, tan atrapada está por su propia distracción, que no solo extravía los elementos de limpieza (el trapo-alfombra termina, por ejemplo, entre los techos, junto a la escoba que cree voladora) sino que se siente casi todo el tiempo fuera de la realidad, dentro de un cuento de hadas.
  Sin embargo, su distracción ─que su madrastra y sus hermanastras consideran un terrible defecto─ es la que la hace liberarse del maltrato al que la someten en su casa.
  Como todos sabemos, el príncipe da una fiesta en su palacio. Allí espera encontrar a una buena muchacha y convencerla para que sea su esposa.
  La Madrina de Cenicienta le consigue un traje hermoso y un carruaje ágil para asistir a la fiesta.
  Ella y él bailan toda la noche.
  A las doce, y siempre por su eterna distracción, Cenicienta parte del palacio y deja olvidado “algo”.

   Esta vez no es en el techo sino en las escaleras.



jueves, 16 de marzo de 2017

Lágrimas de sirena

PARTE 1: BOQUIABIERTOS

 I. El mar no es uno solo

  El mar no es uno solo, pensó Ada, y guardó en el bolso, un poco a escondidas, uno de sus libros más “pesados”, de esos sobre los que su mamá había dicho: “Mejor no los lleves, porque estamos cargadas de cosas”.
  Ada lo puso igual: era “El faro del fin del mundo”, de Julio Verne, encuadernado en color azul oscuro, con ilustraciones que eran réplicas de los grabados de la edición original.
  Cuando miraba esos extraños dibujos en blanco y negro, a veces le daba fascinación y alegría, y otras veces le daba miedo (pero la fascinación no se iba).
  El libro había sido de su abuelo y estaba impreso en Buenos Aires en la década del cuarenta. La cintita dorada pegada al lomo, que se usaba como señalador, marcaba una página en particular, la del inicio del capítulo “Tras el naufragio”.

  Ada conocía el mar de los libros y ahora iba a conocer el mar de verdad.  

Lágrimas de sirena - Beatriz Actis - Novela para chicos - Editorial Quipu (Buenos Aires)

viernes, 24 de febrero de 2017

Anécdota

Mi anécdota (para Suplemento de Educación - Diario La Capital - 4 de marzo 2017)

Beatriz Actis 

  A fines de los años noventa daba clases de Lengua y Literatura en el Liceo Victoriano Montes, de Santa Fe, y tenía una especial relación con un curso: el 2do. 5ta. En esa época escribí mi primera novela juvenil, “Alrededor de las fogatas”, que ganó un premio y se publicó en la colección La Movida, de Colihue, que entonces dirigía Pablo de Santis.
Las novelas de esa colección comenzaban con un breve texto escrito a mano por el autor, como una especie de dedicatoria impresa, que servía como prólogo y como vínculo entre los lectores y quien había escrito la obra.
“Alrededor de las fogatas” comienza de este modo: “Tenían todo el tiempo por delante, y aunque a veces pensaban que la vida seguiría copiándose a sí misma, otras veces estaban convencidos de que podrían darla vuelta como una media”.
Los protagonistas eran chicos y chicas que llevaban adelante sus búsquedas y por eso vivían una serie de peripecias en una ciudad del Litoral. Para bosquejarlos tomé como referencia a un grupo de estudiantes de ese segundo año tan enérgico, tan entrañable, entre ellos, un chico de apellido Ayala, que pasó a ser en la novela Acosta, el líder de la aventura.
  Pasaron muchos años y dejé de ver a aquellos chicos, e incluso dejé de dar clases en el colegio secundario (no eran épocas de redes sociales, que ahora permiten reencontrarse, por ejemplo, con ex alumnos de lugares y tiempos diversos).
Un día, tomé un taxi en la calle y el conductor -de quien yo solo veía, como es usual, la nuca, la espalda- me miró a través del espejo retrovisor y me dijo: “Profe, yo era alumno del Victoriano. Soy Ayala”.

  Me adelanté en el asiento y lo miré, tratando de reconocerlo. Mientras lo escuchaba, pero también hacía memoria para ubicarlo exactamente, y la jovialidad de su actitud  me iba haciendo recordar de manera veloz a aquel alumno del 2do. 5ta., él no esperó y me dijo: “Acosta, profe. Yo soy Acosta”.

El link: http://www.lacapital.com.ar/el-lider-la-aventura-n1350316.html


jueves, 16 de febrero de 2017

TALLER LITERARIO 2017

* El Taller Literario presencial se realiza en Rosario y comienza el 14 de marzo. Se realiza todos los martes, de 18.30 a 20.30, desde marzo a noviembre.
* La opción virtual del Taller es a través de correo electrónico.
* Los talleristas pueden integrse en cualquier momento del año.
* Informes: beatrizactis@hotmail.com