A un aljibe visto en el campo
Las lluvias lo trajeron de no se sabe dónde,
y el pastizal lo mece ahora
entre los fierros
de la herradura para siempre suave.
Si se lo mira a lo hondo
es un patio lo que irradia,
pero es el agua
lo que le allega tiempo.
Se lo robó una lluvia
una mañana de tormenta,
pero no está cautivo,
puede mirarlo todo,
las víboras lo cuidan.
lunes, 19 de octubre de 2009
lunes, 12 de octubre de 2009
Crítica de Cruces... (3)

Sobre "Cruces cierran los campos", de Beatriz Actis
Por Marta Ortiz (Diario "La Capital", Rosario)
“Cruces cierran los campos”, de Beatriz Actis (Santa Fe, 1961), obtuvo en Valladolid, España, el premio Rejadorada de novela breve 2005. Escrita con una prosa clara, rica en imágenes, buen manejo del suspenso y la ambigüedad, la novela se compone de seis capítulos o partes que relatan la decadencia de una familia santafesina de clase media asediada por la tragedia, la infidelidad, el abandono, el fracaso. El contexto refleja los vaivenes culturales y sociopolíticos durante los últimos 35 años de historia nacional. Cada capítulo, expuesto en orden regresivo y siguiendo una línea temporal discontinua que facilita la incursión tanto en el pasado próximo o lejano como en el presente, descubre la mirada particular, el protagonismo de cada uno de los componentes de la familia. La narración en primera persona agrega intimidad y verosimilitud al conjunto de vivencias comunes.
Imágenes de sostenida belleza describen una Santa Fe provinciana, detenida en la modorra de las siestas de hastío, sujeta tanto a la fatalidad recurrente de las inundaciones y los mosquitos, como al perenne abandono de los políticos. El paisaje es una presencia ubicua y fuerte en estas páginas; se trata de espacios melancólicos cuyas gradaciones de color, sonoridad y efluvios se ligan a los sentimientos de los personajes siempre acosados por la sensación de encierro.Huir de la inmovilidad de estas ciudades perdidas en el país más austral de Sudamérica, así como se huiría del olvido, opera como imperativo dominante: “a veces recorría como en un vía crucis pagano las iglesias y los museos para escaparle al tedio, a la cobardía de estar atrapado en esta ciudad como en una isla; sólo para no morir”, dirá Horacio, uno de los personajes.Hablar de éxodos remite inevitablemente a la figura del también santafesino Francisco (Paco) Urondo, poeta a quien se nombra y recuerda como a un pariente lejano y como a un amigo de infancia y juventud: “Como otras veces me acordé de Paco, de su huida, de su intensa vida y de su muerte”.Las ciudades cobran aquí tanto peso como los personajes que en ellas viven: geografías puntuales de Santa Fe y Sauce Viejo, pueblo Liebig en Entre Ríos, algunas ciudades de Europa, como París, cuyo recorrido, en la voz de Elvirita, la hija mayor, reproduce los itinerarios que trazaban las investigaciones del comisario Maigret, según los registros de lecturas de su adolescencia en los policiales de Simenon.El cine y la literatura aportan a la trama matices cargados de significación. Actores, actrices, películas vistas en el cine o en la televisión por cable, en la Argentina o en otros países censuras mediante, dan cuenta de miradas estéticas más o menos comprometidas con su tiempo; asimismo ciertas novelas, poemas y escritores entretejen sus tramas a la trama central; encuentros para nada fortuitos ya que existe el antecedente de una librería en la historia de la familia y una vocación clara extendida al grupo de amigos de los personajes centrales. Autodefinidos como la bohemia santafesina durante los años setenta, aspiraban a “romper con el pasado, llegar a ser escritores o viajeros, cambiar el mundo”. Ser escritores o hacer cine: objetivos compartidos.Los “secretos”, como pesadas mochilas no exentas de sinuosidades y difíciles de ventilar que cargan aquí padres e hijos, aludidos y al mismo tiempo retaceados como recurso que sostendrá el suspenso, articulan la unidad de “Cruces cierran los campos”. Cada capítulo libera un nuevo secreto hasta ese momento oculto, permitiendo así al lector reconstruir las piezas dispersas que desnudan las causas y efectos de las tormentosas relaciones familiares: “Lo que es verdadero siempre es secreto”, sentencia Esteban, el hijo menor, cuya voz abre y cierra este relato coral.Más que asumirse como un sobreviviente con ánimo de superar las tristes experiencias familiares, Esteban expresa con ácida resignación la fatalidad de quien se considera varado en este mundo como antes lo estuvieron los suyos en Santa Fe, la ciudad que entendieron como isla - cárcel a la que sólo se accede cruzando algún puente.
“Cruces cierran los campos”, leemos en el poema del griego Takis Varvitsiotis que Beatriz Actis toma prestado para el título y acápite de su novela. La imagen, como se explicita en el texto, alude a los cementerios que cierran la ruta entre las ciudades de Santa Fe y Buenos Aires. Es fácil para el lector despertar la analogía subyacente: los muertos de esta familia y sus oscuros secretos como cruces, como mojones clavados en la historia de quienes han logrado sobrevivir, clausuran los caminos que Esteban, por ejemplo, no volverá a recorrer; hunden sus cicatrices en la memoria, espacio selecto que los carga como a lo que son: cementerios, amargos cementerios privados.
Crítica de Cruces... (2)
Sobre “Cruces cierran los campos”, de Beatriz Actis
Editorial Multiversa, Valladolid (España)
En “Cruces cierran los campos”, los miembros de una familia argentina, rota por el desarraigo y la derrota, revisan por separado las pruebas que la vida puso ante sus ojos. Es, en este sentido, reveladora la cita inicial del poeta griego Varvitsiotis, uno de cuyos versos sirve de título a la novela: “Los sueños cuelgan de un hilo / De sus propios vapores el desnudo paisaje / Se quiebran las líneas más sensibles / Enemigos vigilan los cuerpos / Cruces cierran los campos”.
La trampa nostálgica del presente permite que los personajes, tanto los que están como los que no, desvelen los momentos claves del pasado, como si con eso lograran descubrir el instante preciso en que todo comenzó a ser diferente para ellos. Uno de los protagonistas parte de su ciudad, Santa Fe, hacia Londres, tras el suicidio de su hermana –esto es en el inicio de la novela-, y confiesa: “Hay penas que es preferible ignorar, parece creer mi padre. El viaje había resultado el modo en que se propuso impedir aquella pena reciente; de veras lo intentó. Lo poco que logró, sin embargo, fue que no pudiese ser testigo inmediato de la muerte de mi hermana. Como si cerrar los ojos y no ver su cuerpo inmóvil para siempre fuese a cambiar los hechos, a borrar la historia...”.
Beatriz Actis despliega aquella historia “que no puede ser borrada” con un relato sobrecogedor que dibuja a la perfección el alma de una Argentina herida, a través de una saga familiar que revela los contradictorios matices del duelo de identidad entre América y Europa. Tal como afirmara el periodista Agustín Remensal, corresponsal de la Televisión Española (TVE) en Oriente Medio, en el acto de entrega del Premio Rejadorada, entre los antecedentes familiares de la autora, nacida en la ciudad argentina de Sunchales -población enclavada en “una tierra de frontera” que, como tal, es “proclive a generar historias de leyendas”- se cuenta el hecho de que esa “materia prima” se viera reflejada durante años en las páginas de la prensa local, en la que escribieron varios miembros del linaje de la escritora premiada. Además de esta pertenencia a una familia de periodistas, camino que continúa en el ejercicio del periodismo cultural, Actis ha publicado una variada obra literaria que incluye ensayo, poesía y cuento. La delicada prosa de la autora, heredera de una tradición tal vez inaugurada y con seguridad coronada por Katherine Mansfield, construye una obra que permite al lector sumirse en el recorte envolvente que las voces de los personajes hacen de su propia historia, fragmentos que a la vez invitan a construir la historia común de la familia a lo largo de dos décadas.
Esta novela, de lenguaje exquisito e intriga potente, obtuvo el Premio Rejadorada de Novela 2005 organizado por la editorial española Multiversa, con un jurado presidido por el Premio Cervantes José Jiménez Lozano, y fue presentada en la 39na. Feria del Libro de Valladolid.
Editorial Multiversa, Valladolid (España)
En “Cruces cierran los campos”, los miembros de una familia argentina, rota por el desarraigo y la derrota, revisan por separado las pruebas que la vida puso ante sus ojos. Es, en este sentido, reveladora la cita inicial del poeta griego Varvitsiotis, uno de cuyos versos sirve de título a la novela: “Los sueños cuelgan de un hilo / De sus propios vapores el desnudo paisaje / Se quiebran las líneas más sensibles / Enemigos vigilan los cuerpos / Cruces cierran los campos”.
La trampa nostálgica del presente permite que los personajes, tanto los que están como los que no, desvelen los momentos claves del pasado, como si con eso lograran descubrir el instante preciso en que todo comenzó a ser diferente para ellos. Uno de los protagonistas parte de su ciudad, Santa Fe, hacia Londres, tras el suicidio de su hermana –esto es en el inicio de la novela-, y confiesa: “Hay penas que es preferible ignorar, parece creer mi padre. El viaje había resultado el modo en que se propuso impedir aquella pena reciente; de veras lo intentó. Lo poco que logró, sin embargo, fue que no pudiese ser testigo inmediato de la muerte de mi hermana. Como si cerrar los ojos y no ver su cuerpo inmóvil para siempre fuese a cambiar los hechos, a borrar la historia...”.
Beatriz Actis despliega aquella historia “que no puede ser borrada” con un relato sobrecogedor que dibuja a la perfección el alma de una Argentina herida, a través de una saga familiar que revela los contradictorios matices del duelo de identidad entre América y Europa. Tal como afirmara el periodista Agustín Remensal, corresponsal de la Televisión Española (TVE) en Oriente Medio, en el acto de entrega del Premio Rejadorada, entre los antecedentes familiares de la autora, nacida en la ciudad argentina de Sunchales -población enclavada en “una tierra de frontera” que, como tal, es “proclive a generar historias de leyendas”- se cuenta el hecho de que esa “materia prima” se viera reflejada durante años en las páginas de la prensa local, en la que escribieron varios miembros del linaje de la escritora premiada. Además de esta pertenencia a una familia de periodistas, camino que continúa en el ejercicio del periodismo cultural, Actis ha publicado una variada obra literaria que incluye ensayo, poesía y cuento. La delicada prosa de la autora, heredera de una tradición tal vez inaugurada y con seguridad coronada por Katherine Mansfield, construye una obra que permite al lector sumirse en el recorte envolvente que las voces de los personajes hacen de su propia historia, fragmentos que a la vez invitan a construir la historia común de la familia a lo largo de dos décadas.
Esta novela, de lenguaje exquisito e intriga potente, obtuvo el Premio Rejadorada de Novela 2005 organizado por la editorial española Multiversa, con un jurado presidido por el Premio Cervantes José Jiménez Lozano, y fue presentada en la 39na. Feria del Libro de Valladolid.
Cruces cierran los campos
Foto de Miguel Grattier"Cruces cierran los campos" (novela), fragmento
Beatriz Actis
SEIS:
Underground
Hay penas que es preferible ignorar, parece creer mi padre. El viaje había resultado el modo en que se propuso impedir aquella pena reciente; de veras lo intentó. Lo poco que logró, sin embargo, fue que no pudiese ser testigo inmediato de la muerte de mi hermana. Como si cerrar los ojos y no ver su cuerpo inmóvil para siempre fuese a cambiar los hechos, a borrar la historia. Mi familia posee cierta recurrente inclinación hacia el pensamiento mágico.
El modo en que él, mi padre, me había protegido de la pena consistió en aquella ingenuidad: impedir que viese el cuerpo desnudo de mi hermana temblando en el fondo del pozo en el centro mismo del patio de la casa, alejarme de los trámites policiales y judiciales, y sobre todo, de la vergüenza familiar ante las murmuraciones de la gente, preparando mi viaje a Londres casi el mismo día de la muerte de Elvira. La gente de esta mezquina ciudad, ante el suicidio, preguntaba en voz alta: “Por qué”, e inmediatamente confesaba, en voz más baja y entre suspiros calculados: “La pobre tenía que terminar así” o bien: “Siempre lo imaginé”, que era una manera encubierta de decir: “Para qué iba a seguir viviendo de esa manera”.
En Londres vivía en ese entonces mi hermano Julián. Uno de mis tíos (Eugenio, el hermano de mi padre), que desde hacía años ocupaba un puesto importante en el Banco de la Nación en Buenos Aires, había sido asignado en la delegación del Banco en la capital de Inglaterra mucho después de terminada la guerra, cuando se reanudaron las relaciones diplomáticas. “Siempre tuve vocación imperial”, dijo Julián, al enterarse. Y yo sé que pensaba, sin verdadero agradecimiento hacia Eugenio, que el tío se comportaría -fiel a su conducta de años- con la soberbia de un embajador y no con la naturalidad aburrida de un empleado de banco. Eugenio era “el que había triunfado en la familia”: tía Gloria y mi padre, los otros hermanos, estaban definitivamente varados en la quietud, detenidos en Santa Fe hasta la muerte, sin ninguna convicción frente a sus destinos.
Julián -cuyo vínculo con Inglaterra consistía en haber visto varias veces las películas de Richard Lester en las que actuaban Los Beatles, lo cual era una especie de excentricidad entre los hábitos de nuestra generación, y admirar las antiguas motos inglesas- convenció a la familia y se fue a vivir a Londres con el tío Eugenio, quien lo aceptó a su lado por una especie de vieja lealtad hacia mi madre, como le confesó casi borracho una noche (Julián me lo había contado, breve y sarcástico, en una de sus primeras llamadas telefónicas desde Londres, y había confirmado lo que ya suponía: el ofrecimiento de Eugenio sellaba la competencia con nuestro padre, remarcaba su fracaso, ese ir y venir de negocios que se abortaban desde el primer intento, esos proyectos inconclusos que signaban su vida y opacaban el recuerdo de aquella breve y lejana prosperidad, lograda durante nuestra infancia, cuando vivíamos en Sauce Viejo y Eugenio y nuestro padre eran dueños de una librería en Santa Fe, en la época de bonanza anterior al accidente de Elvira). Julián sentía “curiosidad por el primer mundo, por planificar una vida sin sobresaltos, una vida en que la economía y los gobiernos fuesen estables”, dijo mi padre. Supe, claro, que mi hermano jamás habría hecho una afirmación semejante.
Mi padre, en cambio, solía murmurar en los momentos de crisis: “Por qué habré tenido que nacer en este bendito país”. Aquél era, sin dudas, un pensamiento propio de la vejez prematura de mi padre -a Elvira le llamaba la atención que, incluso renegando del país, lo llamase “bendito”- y también la motivación de mi tío para aceptar el trabajo y radicarse en Inglaterra.
Así fue como yo, el menor de los hermanos, tras la tragedia familiar, partí desde Santa Fe hacia Londres debido a la voluntad sincera de mi padre que insistía en que viajase escapando del presente. Muerta Elvira, nos habíamos quedado de nuevo los hombres solos.
Underground
Hay penas que es preferible ignorar, parece creer mi padre. El viaje había resultado el modo en que se propuso impedir aquella pena reciente; de veras lo intentó. Lo poco que logró, sin embargo, fue que no pudiese ser testigo inmediato de la muerte de mi hermana. Como si cerrar los ojos y no ver su cuerpo inmóvil para siempre fuese a cambiar los hechos, a borrar la historia. Mi familia posee cierta recurrente inclinación hacia el pensamiento mágico.
El modo en que él, mi padre, me había protegido de la pena consistió en aquella ingenuidad: impedir que viese el cuerpo desnudo de mi hermana temblando en el fondo del pozo en el centro mismo del patio de la casa, alejarme de los trámites policiales y judiciales, y sobre todo, de la vergüenza familiar ante las murmuraciones de la gente, preparando mi viaje a Londres casi el mismo día de la muerte de Elvira. La gente de esta mezquina ciudad, ante el suicidio, preguntaba en voz alta: “Por qué”, e inmediatamente confesaba, en voz más baja y entre suspiros calculados: “La pobre tenía que terminar así” o bien: “Siempre lo imaginé”, que era una manera encubierta de decir: “Para qué iba a seguir viviendo de esa manera”.
En Londres vivía en ese entonces mi hermano Julián. Uno de mis tíos (Eugenio, el hermano de mi padre), que desde hacía años ocupaba un puesto importante en el Banco de la Nación en Buenos Aires, había sido asignado en la delegación del Banco en la capital de Inglaterra mucho después de terminada la guerra, cuando se reanudaron las relaciones diplomáticas. “Siempre tuve vocación imperial”, dijo Julián, al enterarse. Y yo sé que pensaba, sin verdadero agradecimiento hacia Eugenio, que el tío se comportaría -fiel a su conducta de años- con la soberbia de un embajador y no con la naturalidad aburrida de un empleado de banco. Eugenio era “el que había triunfado en la familia”: tía Gloria y mi padre, los otros hermanos, estaban definitivamente varados en la quietud, detenidos en Santa Fe hasta la muerte, sin ninguna convicción frente a sus destinos.
Julián -cuyo vínculo con Inglaterra consistía en haber visto varias veces las películas de Richard Lester en las que actuaban Los Beatles, lo cual era una especie de excentricidad entre los hábitos de nuestra generación, y admirar las antiguas motos inglesas- convenció a la familia y se fue a vivir a Londres con el tío Eugenio, quien lo aceptó a su lado por una especie de vieja lealtad hacia mi madre, como le confesó casi borracho una noche (Julián me lo había contado, breve y sarcástico, en una de sus primeras llamadas telefónicas desde Londres, y había confirmado lo que ya suponía: el ofrecimiento de Eugenio sellaba la competencia con nuestro padre, remarcaba su fracaso, ese ir y venir de negocios que se abortaban desde el primer intento, esos proyectos inconclusos que signaban su vida y opacaban el recuerdo de aquella breve y lejana prosperidad, lograda durante nuestra infancia, cuando vivíamos en Sauce Viejo y Eugenio y nuestro padre eran dueños de una librería en Santa Fe, en la época de bonanza anterior al accidente de Elvira). Julián sentía “curiosidad por el primer mundo, por planificar una vida sin sobresaltos, una vida en que la economía y los gobiernos fuesen estables”, dijo mi padre. Supe, claro, que mi hermano jamás habría hecho una afirmación semejante.
Mi padre, en cambio, solía murmurar en los momentos de crisis: “Por qué habré tenido que nacer en este bendito país”. Aquél era, sin dudas, un pensamiento propio de la vejez prematura de mi padre -a Elvira le llamaba la atención que, incluso renegando del país, lo llamase “bendito”- y también la motivación de mi tío para aceptar el trabajo y radicarse en Inglaterra.
Así fue como yo, el menor de los hermanos, tras la tragedia familiar, partí desde Santa Fe hacia Londres debido a la voluntad sincera de mi padre que insistía en que viajase escapando del presente. Muerta Elvira, nos habíamos quedado de nuevo los hombres solos.
(...)
Textos escritos en el TALLER

La consigna de escritura en el Taller fue, esta vez, El Sueño. Aquí, la primera serie de textos: un monólogo.
He tomado una decisión
Stella Zampa
Hay distintas maneras de ser poseída durante la noche. Al acostarme me planteo cuál de ellas será la que me domine esta vez.
Una cosa es que el sueño te penetre y lo haga como sólo él sabe hacerlo, con suavidad, consiguiendo que cada parte de tu cuerpo se entregue despacio y, lentamente, vaya relajándose a través de un hormigueo placentero, delicioso, hasta el punto de alcanzar una mueca de goce en la cara, que te recorra la complacencia y te vaya empujando mansamente al mundo onírico.
Muy distinta es la irrupción del otro personaje… Este no conoce de buenos tratos, de golpe aparece y lo sentís como un pellizcón, los párpados se abren (o parece que se abren) pero repentinamente ves la noche y comienza el acto de unión entre uno y él.
Esa penetración inesperada, de sopetón, es de un efecto tal que puede ocurrir cualquier cosa: o bien te transformás en una maga que soluciona todos los problemas de tu vida, de tu familia, de tus amigos y hasta del mundo, o puede suceder todo lo contrario, que te des cuenta de que jamás podrás, de ninguna manera, remediar, ni siquiera paliar esas dificultades.
Cuando, como en el primer caso, creés que serás capaz de vencer todos los obstáculos de tu existencia, te invade una euforia desmesurada y puede pasar que el sueño quiera intervenir para darte la paz necesaria y se entrecruce en una lucha feroz con el otro. Vos sos testigo de esa lucha y también de ver cómo el sueño es derrotado.
Si lo que te acomete, en cambio, es que pensás que no podrás con nada y que ningún intento es posible, ingresás al mundo de las tinieblas nocturnas, ése que está poblado de seres fantasmagóricos, sobrecogedores, y entonces la lucha es tuya y de él.
He probado infinidad de métodos para expulsarlo: la leche tibia, el alcohol, el té de yuyos, la lectura, e la televisión, la caminata… nada dio resultado. Es allí cuando aparecen mis instintos asesinos y hasta llegué a pensar en una sobredosis de somníferos, en permanecer levantada día y noche y no sucumbir a la cama, que es el lugar de encuentro.
Nunca pude conseguir vencerlo.
Debo admitir que él ha estado presente en mi vida en todos los momentos. Su atormentada compañía me acompaña desde la niñez. Recuerdo la experiencia de mis internaciones en el hospital, no se movió de mi lado, le supliqué que se fuera pero no hubo caso, ahí estuvo, aun de día. Y el año de esa muerte tan terrible… En esa época vino con todo su cargamento sombrío, y por las noches ni siquiera permitía que me recueste porque me provocaba semejante tensión que me pasé largo tiempo intentando dormir sentada, pero no pude. Cuando mi niña se enfermó también estuvo conmigo todo el tiempo, me custodiaba en mis miedos nocturnos, aceleraba mi corazón hasta doler…
También llegó en los tiempos de felicidad. Cuando eso acontecía, me acostaba segura de no verlo porque pensaba que la buena noticia me daría la placidez necesaria para descansar… pero ahí aparecía él, cargado de adrenalina y me provocaba palpitaciones que no me dejaban dormir.
He pensado mucho en cómo librarme de su compañía. Anoche, sin ir más lejos, a las cuatro de la mañana, cuando bajaba la escalera que me llevaba a la planta baja de mi casa y lo veía a mi lado, lo observé: esa sonrisa lacónica, casi perversa… Estuve un rato cavilando qué hacer y finalmente, a esa hora de la madrugada, tomé una decisión.
Es mi compañero de toda la vida, tiene incontables defectos, manías y vicios, no lo amo pero ¿cómo sería vivir sin su presencia? No me lo imagino.
Así que le guiñé un ojo, lo invité a subir nuevamente a la planta alta, y me acosté con él.
Hay distintas maneras de ser poseída durante la noche. Al acostarme me planteo cuál de ellas será la que me domine esta vez.
Una cosa es que el sueño te penetre y lo haga como sólo él sabe hacerlo, con suavidad, consiguiendo que cada parte de tu cuerpo se entregue despacio y, lentamente, vaya relajándose a través de un hormigueo placentero, delicioso, hasta el punto de alcanzar una mueca de goce en la cara, que te recorra la complacencia y te vaya empujando mansamente al mundo onírico.
Muy distinta es la irrupción del otro personaje… Este no conoce de buenos tratos, de golpe aparece y lo sentís como un pellizcón, los párpados se abren (o parece que se abren) pero repentinamente ves la noche y comienza el acto de unión entre uno y él.
Esa penetración inesperada, de sopetón, es de un efecto tal que puede ocurrir cualquier cosa: o bien te transformás en una maga que soluciona todos los problemas de tu vida, de tu familia, de tus amigos y hasta del mundo, o puede suceder todo lo contrario, que te des cuenta de que jamás podrás, de ninguna manera, remediar, ni siquiera paliar esas dificultades.
Cuando, como en el primer caso, creés que serás capaz de vencer todos los obstáculos de tu existencia, te invade una euforia desmesurada y puede pasar que el sueño quiera intervenir para darte la paz necesaria y se entrecruce en una lucha feroz con el otro. Vos sos testigo de esa lucha y también de ver cómo el sueño es derrotado.
Si lo que te acomete, en cambio, es que pensás que no podrás con nada y que ningún intento es posible, ingresás al mundo de las tinieblas nocturnas, ése que está poblado de seres fantasmagóricos, sobrecogedores, y entonces la lucha es tuya y de él.
He probado infinidad de métodos para expulsarlo: la leche tibia, el alcohol, el té de yuyos, la lectura, e la televisión, la caminata… nada dio resultado. Es allí cuando aparecen mis instintos asesinos y hasta llegué a pensar en una sobredosis de somníferos, en permanecer levantada día y noche y no sucumbir a la cama, que es el lugar de encuentro.
Nunca pude conseguir vencerlo.
Debo admitir que él ha estado presente en mi vida en todos los momentos. Su atormentada compañía me acompaña desde la niñez. Recuerdo la experiencia de mis internaciones en el hospital, no se movió de mi lado, le supliqué que se fuera pero no hubo caso, ahí estuvo, aun de día. Y el año de esa muerte tan terrible… En esa época vino con todo su cargamento sombrío, y por las noches ni siquiera permitía que me recueste porque me provocaba semejante tensión que me pasé largo tiempo intentando dormir sentada, pero no pude. Cuando mi niña se enfermó también estuvo conmigo todo el tiempo, me custodiaba en mis miedos nocturnos, aceleraba mi corazón hasta doler…
También llegó en los tiempos de felicidad. Cuando eso acontecía, me acostaba segura de no verlo porque pensaba que la buena noticia me daría la placidez necesaria para descansar… pero ahí aparecía él, cargado de adrenalina y me provocaba palpitaciones que no me dejaban dormir.
He pensado mucho en cómo librarme de su compañía. Anoche, sin ir más lejos, a las cuatro de la mañana, cuando bajaba la escalera que me llevaba a la planta baja de mi casa y lo veía a mi lado, lo observé: esa sonrisa lacónica, casi perversa… Estuve un rato cavilando qué hacer y finalmente, a esa hora de la madrugada, tomé una decisión.
Es mi compañero de toda la vida, tiene incontables defectos, manías y vicios, no lo amo pero ¿cómo sería vivir sin su presencia? No me lo imagino.
Así que le guiñé un ojo, lo invité a subir nuevamente a la planta alta, y me acosté con él.
sábado, 3 de octubre de 2009
Textos escritos en el TALLER

Otro "juego de cartas" a partir de una consigna barajada en el Taller.
Destinos
Fabiana Paloma
Entorna unos ojos de niebla
(afuera, nubes con tintes de fuego y de humo;
un trueno)
La mano en garra apresa la indefensa baraja.
La niña se sobresalta.
Un movimiento impensable y un sonido
como de agua
en el vuelo breve de mano a mano.
Y otra vez…
Una cascada.
Un bandoneón.
La niña aplaude el prodigio;
una vida se sustenta en ese instante
y la sonrisa despojada escapa de los labios ásperos, reblandecidos.
Se demora la mezcla minuciosa
en el placer alquímico de dominar los elementos,
de manipular oráculos.
Desde el principio de los tiempos viene la mirada agotada
al encuentro de los ojos nuevos
para en ellos descansarse, apenas,
y posar en la mesa el completo mazo, al fin vencido.
En el corte
la vieja transfiere el poder a la niña.
El aire expectante envuelve la magia solemne del acto
Y así, en un simple alternar del arriba y el abajo,
el destino queda sellado,
invariable y oculto en el delgado misterio de las cartas.
En cada movida se va develando el sino marcado
Se cumplen augurios,
se elevan plegarias.
La vieja maldice.
La niña predice.
La vieja adivina.
La niña imagina.
De pronto el grito triunfal -de pájaro, de bruja- quiebra
la quietud del aire
Sorprende a la pequeña
que abre unos ojos encantados
y suma a la rasposa carcajada
su risa de lluvia fresca.
Entonces,
otra vez…
La carcajada que es grito reverbera en los cristales,
los trasciende en las gotas
que ahora tiemblan inquietas en las ventanas
Y otra vez…
El grito,
la sorpresa,
la risa de lluvia…
El juego sobre el juego.
Pero ya se tiró la última carta.
El futuro es pasado.
Cumplido todo presagio.
Las sombras de la noche devuelven lentamente
cada cosa a su justo lugar.
La nona a dormir.
La nena a soñar.
Final del juego
Destinos
Fabiana Paloma
Entorna unos ojos de niebla
(afuera, nubes con tintes de fuego y de humo;
un trueno)
La mano en garra apresa la indefensa baraja.
La niña se sobresalta.
Un movimiento impensable y un sonido
como de agua
en el vuelo breve de mano a mano.
Y otra vez…
Una cascada.
Un bandoneón.
La niña aplaude el prodigio;
una vida se sustenta en ese instante
y la sonrisa despojada escapa de los labios ásperos, reblandecidos.
Se demora la mezcla minuciosa
en el placer alquímico de dominar los elementos,
de manipular oráculos.
Desde el principio de los tiempos viene la mirada agotada
al encuentro de los ojos nuevos
para en ellos descansarse, apenas,
y posar en la mesa el completo mazo, al fin vencido.
En el corte
la vieja transfiere el poder a la niña.
El aire expectante envuelve la magia solemne del acto
Y así, en un simple alternar del arriba y el abajo,
el destino queda sellado,
invariable y oculto en el delgado misterio de las cartas.
En cada movida se va develando el sino marcado
Se cumplen augurios,
se elevan plegarias.
La vieja maldice.
La niña predice.
La vieja adivina.
La niña imagina.
De pronto el grito triunfal -de pájaro, de bruja- quiebra
la quietud del aire
Sorprende a la pequeña
que abre unos ojos encantados
y suma a la rasposa carcajada
su risa de lluvia fresca.
Entonces,
otra vez…
La carcajada que es grito reverbera en los cristales,
los trasciende en las gotas
que ahora tiemblan inquietas en las ventanas
Y otra vez…
El grito,
la sorpresa,
la risa de lluvia…
El juego sobre el juego.
Pero ya se tiró la última carta.
El futuro es pasado.
Cumplido todo presagio.
Las sombras de la noche devuelven lentamente
cada cosa a su justo lugar.
La nona a dormir.
La nena a soñar.
Final del juego
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