Cuando se va el verano (2017)

Cuando se va el verano (2017)
Libro para jóvenes - Estación Mandioca Ediciones

Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

miércoles, 28 de octubre de 2009

Sin cuerpo no habrá crimen


Sin cuerpo no habrá crimen
Beatriz Actis(Córdoba, Editorial Alción)

Primera parte, Cuerpo, a la que siguen: Crimen, Cárcel, Coartada.


1. CUERPO


I - poema sobre dátiles

no es tanto esta noche de verano
como la sensación de que el té de naranja está tan frío
y aunque me digas riendo que los dátiles parecen
algunos raros animales del desierto
quizás insectos
(no soporto esa idea, lo confieso)
voy a seguir desmenuzándolos uno a uno en el cuenco
de mi boca
que desea
- sosegada al menos
hasta ahora
por el sabor rugoso
de los dátiles -
que desea
el espacio secreto de tu boca




II - Más allá de la oración está la tarde

El plástico negro
Que cuelga de la alta ventana
Del segundo piso
De la Facultad de Humanidades y Artes
De la ciudad de Rosario
En la tarde del dos de junio del año dos mil
Exactamente a la hora:
Seis

Oscila por efecto del viento del otoño
Que es casi ya un viento invernal
El viento frío y caótico del pronto invierno

Escucho y escribo.
Es fácil concluir:
La semántica como mi vida
Está gobernada por las reglas.

Recuerdo: Austin ha muerto demasiado joven.

Pienso genérica y desapasionadamente
En el destino de la gramática moderna
Y en especial en aquella palabra,
Demasiado.

Y como todo discurso es ficticio, me dicen,
Cierro la libreta y retiro la birome, entre bostezos.

Atravieso la claridad de la ventana
E incluso el plástico negro que le sirve de cortina

Los atravieso con el recuerdo, con el hastío, con el deseo
Hacia la inutilidad evidente de la tarde

Pero allá afuera, me conformo,
tampoco habrá más de un sol.
Qué duda cabe.

Y dejo de escribir
No más.

III


Conversábamos sobre el dinero,
es decir, sobre la necesidad que cada uno tenía del dinero,
sobre qué haríamos si obtuviéramos mucho,
demasiado dinero de una buena vez,
y cómo cambiarían entonces nuestras vidas,
mientras tomábamos un vino rojo y amargo
con empanadas de pescado de río
que habíamos comprado esa misma mañana
en el pueblo de Sauce.

En Sauce los días se dilatan,
los días son demasiado largos,
como volcados sobre sí mismos.

He perdido la capacidad de hacer un esfuerzo,
dije entre bostezos.

Ya estábamos un poco borrachos,
y era una excusa para citar a Kavafis:
Y he bebido un vino fuerte
como beben aquellos
que se entregan
valerosamente
al placer.

Ya estábamos un poco borrachos
(es cuando más extraño tu boca)

Me acuerdo del vino rojo que tomábamos en España, dije.
Rioja. El vino rojo y alegre.

Sí, dijo alguien, se viaja para recordar.

Y entonces pensé en todo lo que se puede ver
a través de una ventana,
en el curioso mundo.

Y me levanté
para mirar hacia el lado del río,
y esa huida era una forma de no mirar.

Pude verlos
Sin embargo
Vagamente.

Eran tus ojos,
cerrándose
entre paredes iluminadas.




IV

A esa hora
es un color solitario
el río.
Veo correr el agua,
El sol se oculta,
las nubes bajas se disipan,
se mezclan
con la estela de una lancha
que acaba de alterar,
ruidosa, la calma de la tarde,
una por una
aparecen las estrellas.

Entonces es cuando espero
el viento más fresco
del este o del oeste
y disfruto de esa luna
lívida
que empieza a brillar sobre el agua.

Me acerco a la orilla y mojo los pies,
y debajo de mis pies la luna
ha crecido
e ilumina el ancho
del río,
las aguas desbordantes.

Muy cerca de mí salta un pez
y se zambulle,
y el agua fresca,
nocturna,
me salpica.




V

En mis pesadillas
había estado esperándome,
seguramente
agazapado
como un animal en la selva,
escondido y acechante
este día sin sol

expectante y tenso
como un ladrón,
resguardado por la sombra.

Y este día
Dibuja una línea
Divisoria
sobre mí

- dos -


El río se vuelve de un color
Que hiere.

En estos días crueles
el mundo aparece
diferente

A veces
No sé ni adónde comienzo
ni adónde termino




VI

Atardecer
(diáfano)
después de la lluvia.
Bebimos.
Es vino generoso del Rin,
dijo y sirvió las copas.
En la etiqueta
se leía en unas letras góticas:
“Liebfraumilch Rheinhessen”.
Y se llevó la copa
A la boca.
A su boca.



VII

Hay manos que parecen ajenas.
Escribo cartas que no voy a mandar.

Necesito un testimonio
una impaciencia
un abrazo desesperado

La inocencia de leer en todo
Una premonición,
un indicio.

Todavía queda tiempo,
algo de tiempo,
sin embargo

y un porvenir austero




VIII

Volver a caminar,
dijo, no sé
-como si alguien
se lo hubiera preguntado-
pero sé
que no quiero ser como antes

y todos sentimos
la contradicción y el dolor
de esa terrible esperanza,
del necesario dolor.

Sólo quiero que me amen,
Dije que dijo un director de cine.

Y es cierto,
asintió alguien,
sorprendido.
No vamos a naufragar con vos,
Pensé con la crueldad de los desesperados

Y después necesité probar
Que soy inocente,
Inocente sobre todo
De los sentimientos canallas.

Lo miro
Entonces
Cuando no sabe que lo miro,
Lo espío
y recuerdo cómo era
Cómo era
Antes.

Y pienso una vez más
en ese cuerpo que he perdido.



IX

Todo el tiempo, dijo, el amor cambia -
cada noche trae su cuota de desgano -

Tu cuerpo, dije, como si lo hubiera tocado siempre -

Te esperé demasiado, dijo,
giró la cabeza y sólo pude ver un perfil azul -
La noche se cerró sobre sí misma -

Nada o todo sucederá más allá de esta noche, dijo -
la sombra voló -

La desesperación se me derrama, dije, como el vino se derrama -
En todo hay cierta inevitable muerte -

No puedo dormir, dijo - la noche se hace madrugada -

La luz se vuelve cruel, dije,
y respiré aquello tenue y breve de su aliento -

Me aterra el dolor, dijo -
Caminar solo y que todos los lugares parezcan los mismos -
Los bordes del amor, dijo, un gran hotel sin huéspedes -
un museo imaginario -

Como un marino sin barco -
Como esas naves que nunca regresan, dijo -

Tu sangre no me pertenece, dije,
como el que muere guardando un secreto.



X

Escribió para mí: No puedo más sin tenerte a mi lado.

Imagino el río sobre el que se recuesta su casa.
Sin él,
me ahogo en escrituras de insomnio
como en un mar oculto
o en un pozo de agua.

Su cuerpo es el final de la noche.
Su voz desordena mi mundo.



XI


Se enciende la primera claridad
de este crepúsculo
a cambio de nada.

El peso del aire,
la soledad del aire muerto
avisa sobre otro viento:
el de la próxima
irreversible
madrugada.

Me voy,
y sin embargo no te abandono.

domingo, 25 de octubre de 2009

La Habana

Textos escritos en el TALLER

Azul
Gustavo Fracchia

El crucero a bordo del que me encontraba estaba próximo a partir. La nave inmensa, colmada de despreocupados turistas, estaba amarrada en un muelle de lo que parecía ser una Buenos Aires de blancos y negros.
Yo miraba entusiasmado los preparativos desde lo alto, en la cubierta principal sobre la proa misma, apoyando mis codos sobre la madera lustrada de la baranda del barco. Trataba de ver todos los detalles sin perder uno. Observé cómo se levantaban las pasarelas mientras los últimos pasajeros se apresuraban a correr por ellas, cómo los tripulantes ejercían movimientos agitados y cruzaban instrucciones en jerga marina, anunciando la inmediata partida.
Después, el sonido grueso de la bocina a vapor y el barco que comenzó a alejarse del muelle, centímetro a centímetro, mientras chirriaba su pesada estructura. Las amarras de soga caían pesadas al agua, liberando pequeñas gotas al aire que brillaban con el sol formando diminutos arcos iris.
Aunque embelesado por la ceremonia, poco a poco fui advirtiendo que nos balanceábamos de una forma que no era la habitual. No se trataba del clásico bamboleo de babor a estribor que produce los típicos mareos a quienes no acostumbran a navegar seguido, sino de uno distinto, transversal, que hacía oscilar al buque como si se enfrentara a una sucesión de olas que lo tomaban por la proa y lo dejaban por la popa, olas que no se deslizaban hacia la costa sino que la recorrían en forma perpendicular.
El sube y baja se fue haciendo cada vez más notorio. Pronto me encontré mirando en forma alternada el agua y el cielo. Esa repetición (agua - cielo, cielo - agua) se fue acelerando con cada ciclo y duplicando su velocidad cada vez, agua abajo, cielo arriba.
Desde mi posición de proa todo se hacía más ostensible, no tuve otra alternativa y me aferré cada vez más fuerte a la baranda para no caer de cabeza al agua, al bajar, o de espaldas sobre la cubierta, al subir. En pocos segundos tomé clara conciencia de que la situación era desesperante. Nos íbamos a hundir en alguna de esas vueltas. Cielo arriba, agua abajo. O bien por la proa a bajar o bien por la popa al subir, el agua lograría filtrase como una serpiente líquida y éste sería el principio de un rápido final. Tuve la noción de que iba a morir allí. Mucha agua y tal vez cielo. Como cada vez que he sentido cerca a la muerte, me alcanzó una inmensa paz que colmó mi cuerpo, mi espíritu. Me entregué a la fatalidad o a la suerte. No pude distinguir, sin embargo, a cuál de ellas atribuirle la responsabilidad de aquel estado, pero no importó: ambas habían decidido por mí.
Entre el sopor que me producía aquel invertido mecer de cuna, abajo agua, arriba cielo, podía oír los gritos de la gente a lo lejos, agua cielo, abajo arriba, mezclados con los ruidos de un caos que llegaban como un rumor que presagiaba el naufragio. Arriba abajo, cielo agua. No había remedio o al menos pensé que no lo había. Cielo agua, abajo arriba. Cada vez el movimiento era más violento y veloz. Ya casi podía tocar el agua con mis manos al bajar y el cielo con mi frente, al subir. Trataba de guardar suficiente aire en los pulmones para soportar la primera zambullida. Fue en el momento más álgido de aquel alocado vaivén, cuando ya todo estaba jugado, que sentí detrás la fuente irradiante de un calor que se apiadó de mí. Fui empequeñeciendo hasta convertirme en un niño asustado que busca a algún mayor que lo acoja. Mientras seguía aferrado a la baranda de la cubierta, agua agua, cielo cielo, por encima de mis hombros crecieron dos fuertes y largos brazos que se extendieron, me rodearon y se cruzaron por delante de mi pecho con sus manos abiertas, brindándome la protección que necesitaba. Las mangas de lana tejida rozaron mi cara. Me abrazaron muy fuerte. Fueron cobijo. El abrazo era inmenso. Aquel olor a tabaco y aserrín invadió mis sentidos devolviéndome una memoria que creía perdida. Una barba dura de pocos días se posó sobre mi cabeza y la rascó en círculos con una ternura tosca. Acurrucado en su seno como un pichón mojado, al amparo de su calor, en la deseada seguridad de sus brazos fornidos, desapareció el vaivén, se acallaron los gritos, el caos devino en orden. Todo fue cielo o quizás agua. Solté mis manos entumecidas de la baranda. Abrí los ojos y era azul. La luz era azul. El cielo que bajó hasta el agua era azul y ambos fueron azules y se confundieron. Una voz ronca sonó fuerte y clara por encima de mi cabeza desde la barba dura que enredaba mi pelo, pronunciando con la calma de los seguros una sola y definitiva frase: “Nunca te va a pasar nada malo estando conmigo”.
Los brazos y manos fuertes de mi ángel azul permanecieron abrazándome por un largo rato. Ya no tuve miedo. Me vi creciendo y retomando la talla original del hombre adulto que había ascendido al crucero esa mañana. A medida que crecía, podía sentir cómo él se iba disolviendo. No traté de retenerlo. No sé de qué modo lo supe, pero sentí que debía dejarlo partir. Se disipaba el calor en mi espalda como si su fuente se alejara. Se fue como vino, poco a poco, pedazo a pedazo. Todo regresó a la normalidad. El agua volvió a ser agua y el cielo, cielo. El buque seguía anclado en el muelle. Los últimos pasajeros corrían para no perderse el viaje. Los marineros iban de un lado a otro tratando de cumplir las sucesivas órdenes del capitán (los pasajeros a bordo, retirar las pasarelas, levar las anclas, timón a estribor, zarpamos)
Desperté llorando. Lamento que hayan tenido que pasar cincuenta años para comprenderte en un sueño. Como eras hombre de pocas palabras, nunca me atreví a preguntarte el porqué de tus ausencias. El egoísmo del hijo único no me permitió advertir que mi necesidad era la alarma que convocaba tu presencia.

Fabio Morábito

"Encuentro en el tedio un resorte fecundo para inventar historias. En el tedio y en la soledad".

Miles

martes, 20 de octubre de 2009

Cortázar

Quizá la más querida

Me diste la intemperie,
la leve sombra de tu mano
pasando por mi cara.
Me diste el frío, la distancia,
el amargo café de medianoche
entre mesas vacías.

Textos escritos en el TALLER


Texto en taller: Silvia Iammarino, a partir de la frase de Kafka: Ante los niños, prefiero cerrar los ojos.


Ante los niños

Silvia Iammarino

En una casa antigua que es la mía apareció una mujer muerta yo la maté la dejé tirada boca abajo en la habitación del primer piso que se usaba para guardar trastos viejos en el piso escrito con sangre podía leer Otelo di vuelta el cuerpo y la reconocí era la criada la revisé no tenía golpes ni heridas de bala cuando llegó la policía había desaparecido no me creyeron por lo tanto yo no era asesina pero recuerdo cómo la corté en pedacitos pasé esos pedacitos por la picadora de carne y le di de comer a los chanchos y a las hormigas.
¡Qué me importan a mí los dioses! ¡Que se vayan al diablo! ¡Ese Dios ha creado al hombre para ser su mono!
Buenas tardes me dice la sombra se sienta en la cama y se recuesta a mi lado la sombra es una nube negra que se introduce en mi cuerpo y me hace temblar los temblores son tan fuertes que tengo una convulsión yo soy la nube negra.
¿Es un estremecimiento? ¿Es una sonrisa? ¿Mamá, dónde estás? Papá dice que no volverás.
También descuarticé al hombre que vino a arreglar el jardín me acechaba pisó las margaritas de papá nunca se lo voy a perdonar se llama Otelo.
¡Tan viejo y tan deforme!
Tengo que comprar tela para las cortinas de las ventanas me gusta la rayada verde seco y anaranjado no tomé las medidas no la puedo comprar la tía Angelita me va ayudar ¿cuántos metros compro?
¡Usted existe para satisfacer la vanidad de Dios!
Dejé la heladera abierta las hornallas encendidas el baño se inundó el piso tiene un agujero negro por donde salen las ratas ¡estoy furiosa! ¡nadie cuida esta casa! Otelo está en silla de ruedas yo lo vi estaba comiendo pizza con los amigos y no me saludó yo quería comer budín de pan.
Si no me quieren hablar, allá ellos.
Anoche dormí en el gallinero y me despertó un tren que chocó contra el tejido.
¡Miren, miren, voy a poner un huevo!
En mi casa se rompieron las escaleras están cortadas por la mitad los hombres que viven en el piso de arriba no pueden bajar y yo no puedo subir la vieja loca que cuida la escalera tiene tres hijos envueltos en papel celofán tienen forma de caramelos uno es verde otro azul y el otro me lo comí me prometió que va a arreglar la escalera tengo que subir a la habitación de los trastos viejos me dejó acunar a los hijos esa vieja loca no lloran los imbéciles.
Ante los niños, prefiero cerrar los ojos, callar y olvidar.
La tía Angelita me explicó lo que es el coito ¡estúpida! Otelo la embarazó a ella y a mamá también pero yo no soy hija de Otelo el viejo deforme es papá.
¡Ojo por ojo, diente por diente! dijo papá y mató a Otelo lo enterramos en el jardín debajo de las margaritas con mi muñeca que tenía el vestidito manchado de sangre a mamá se la comieron los chanchos y las hormigas.
¡No, no me quiero dormir otra vez! ¡No me ponga esa inyección! ¡Por favor! ¡Le prometo que voy a ser buena! ¡Abro los ojos y no puedo recordar!

lunes, 19 de octubre de 2009

Arnaldo Calveyra

A un aljibe visto en el campo

Las lluvias lo trajeron de no se sabe dónde,
y el pastizal lo mece ahora
entre los fierros
de la herradura para siempre suave.
Si se lo mira a lo hondo
es un patio lo que irradia,
pero es el agua
lo que le allega tiempo.
Se lo robó una lluvia
una mañana de tormenta,
pero no está cautivo,
puede mirarlo todo,
las víboras lo cuidan.

lunes, 12 de octubre de 2009

Imágenes
















Imágenes de algunos de mis libros para chicos, creadas (en orden) por:
María Delia Lozupone ("Para alegrar al cartero")
Mariano Díaz Prieto ("Pastel del aire")
Viviana Bilotti ("Río y llanura")
Mirella Musri ("El carro de Babel")

Crítica de Cruces... (3)


Sobre "Cruces cierran los campos", de Beatriz Actis


Por Marta Ortiz (Diario "La Capital", Rosario)


“Cruces cierran los campos”, de Beatriz Actis (Santa Fe, 1961), obtuvo en Valladolid, España, el premio Rejadorada de novela breve 2005. Escrita con una prosa clara, rica en imágenes, buen manejo del suspenso y la ambigüedad, la novela se compone de seis capítulos o partes que relatan la decadencia de una familia santafesina de clase media asediada por la tragedia, la infidelidad, el abandono, el fracaso. El contexto refleja los vaivenes culturales y sociopolíticos durante los últimos 35 años de historia nacional. Cada capítulo, expuesto en orden regresivo y siguiendo una línea temporal discontinua que facilita la incursión tanto en el pasado próximo o lejano como en el presente, descubre la mirada particular, el protagonismo de cada uno de los componentes de la familia. La narración en primera persona agrega intimidad y verosimilitud al conjunto de vivencias comunes.

Imágenes de sostenida belleza describen una Santa Fe provinciana, detenida en la modorra de las siestas de hastío, sujeta tanto a la fatalidad recurrente de las inundaciones y los mosquitos, como al perenne abandono de los políticos. El paisaje es una presencia ubicua y fuerte en estas páginas; se trata de espacios melancólicos cuyas gradaciones de color, sonoridad y efluvios se ligan a los sentimientos de los personajes siempre acosados por la sensación de encierro.Huir de la inmovilidad de estas ciudades perdidas en el país más austral de Sudamérica, así como se huiría del olvido, opera como imperativo dominante: “a veces recorría como en un vía crucis pagano las iglesias y los museos para escaparle al tedio, a la cobardía de estar atrapado en esta ciudad como en una isla; sólo para no morir”, dirá Horacio, uno de los personajes.Hablar de éxodos remite inevitablemente a la figura del también santafesino Francisco (Paco) Urondo, poeta a quien se nombra y recuerda como a un pariente lejano y como a un amigo de infancia y juventud: “Como otras veces me acordé de Paco, de su huida, de su intensa vida y de su muerte”.Las ciudades cobran aquí tanto peso como los personajes que en ellas viven: geografías puntuales de Santa Fe y Sauce Viejo, pueblo Liebig en Entre Ríos, algunas ciudades de Europa, como París, cuyo recorrido, en la voz de Elvirita, la hija mayor, reproduce los itinerarios que trazaban las investigaciones del comisario Maigret, según los registros de lecturas de su adolescencia en los policiales de Simenon.El cine y la literatura aportan a la trama matices cargados de significación. Actores, actrices, películas vistas en el cine o en la televisión por cable, en la Argentina o en otros países censuras mediante, dan cuenta de miradas estéticas más o menos comprometidas con su tiempo; asimismo ciertas novelas, poemas y escritores entretejen sus tramas a la trama central; encuentros para nada fortuitos ya que existe el antecedente de una librería en la historia de la familia y una vocación clara extendida al grupo de amigos de los personajes centrales. Autodefinidos como la bohemia santafesina durante los años setenta, aspiraban a “romper con el pasado, llegar a ser escritores o viajeros, cambiar el mundo”. Ser escritores o hacer cine: objetivos compartidos.Los “secretos”, como pesadas mochilas no exentas de sinuosidades y difíciles de ventilar que cargan aquí padres e hijos, aludidos y al mismo tiempo retaceados como recurso que sostendrá el suspenso, articulan la unidad de “Cruces cierran los campos”. Cada capítulo libera un nuevo secreto hasta ese momento oculto, permitiendo así al lector reconstruir las piezas dispersas que desnudan las causas y efectos de las tormentosas relaciones familiares: “Lo que es verdadero siempre es secreto”, sentencia Esteban, el hijo menor, cuya voz abre y cierra este relato coral.Más que asumirse como un sobreviviente con ánimo de superar las tristes experiencias familiares, Esteban expresa con ácida resignación la fatalidad de quien se considera varado en este mundo como antes lo estuvieron los suyos en Santa Fe, la ciudad que entendieron como isla - cárcel a la que sólo se accede cruzando algún puente.

“Cruces cierran los campos”, leemos en el poema del griego Takis Varvitsiotis que Beatriz Actis toma prestado para el título y acápite de su novela. La imagen, como se explicita en el texto, alude a los cementerios que cierran la ruta entre las ciudades de Santa Fe y Buenos Aires. Es fácil para el lector despertar la analogía subyacente: los muertos de esta familia y sus oscuros secretos como cruces, como mojones clavados en la historia de quienes han logrado sobrevivir, clausuran los caminos que Esteban, por ejemplo, no volverá a recorrer; hunden sus cicatrices en la memoria, espacio selecto que los carga como a lo que son: cementerios, amargos cementerios privados.



Crítica de Cruces... (2)

Sobre “Cruces cierran los campos”, de Beatriz Actis

Editorial Multiversa, Valladolid (España)


En “Cruces cierran los campos”, los miembros de una familia argentina, rota por el desarraigo y la derrota, revisan por separado las pruebas que la vida puso ante sus ojos. Es, en este sentido, reveladora la cita inicial del poeta griego Varvitsiotis, uno de cuyos versos sirve de título a la novela: “Los sueños cuelgan de un hilo / De sus propios vapores el desnudo paisaje / Se quiebran las líneas más sensibles / Enemigos vigilan los cuerpos / Cruces cierran los campos”.
La trampa nostálgica del presente permite que los personajes, tanto los que están como los que no, desvelen los momentos claves del pasado, como si con eso lograran descubrir el instante preciso en que todo comenzó a ser diferente para ellos. Uno de los protagonistas parte de su ciudad, Santa Fe, hacia Londres, tras el suicidio de su hermana –esto es en el inicio de la novela-, y confiesa: “Hay penas que es preferible ignorar, parece creer mi padre. El viaje había resultado el modo en que se propuso impedir aquella pena reciente; de veras lo intentó. Lo poco que logró, sin embargo, fue que no pudiese ser testigo inmediato de la muerte de mi hermana. Como si cerrar los ojos y no ver su cuerpo inmóvil para siempre fuese a cambiar los hechos, a borrar la historia...”.
Beatriz Actis despliega aquella historia “que no puede ser borrada” con un relato sobrecogedor que dibuja a la perfección el alma de una Argentina herida, a través de una saga familiar que revela los contradictorios matices del duelo de identidad entre América y Europa. Tal como afirmara el periodista Agustín Remensal, corresponsal de la Televisión Española (TVE) en Oriente Medio, en el acto de entrega del Premio Rejadorada, entre los antecedentes familiares de la autora, nacida en la ciudad argentina de Sunchales -población enclavada en “una tierra de frontera” que, como tal, es “proclive a generar historias de leyendas”- se cuenta el hecho de que esa “materia prima” se viera reflejada durante años en las páginas de la prensa local, en la que escribieron varios miembros del linaje de la escritora premiada. Además de esta pertenencia a una familia de periodistas, camino que continúa en el ejercicio del periodismo cultural, Actis ha publicado una variada obra literaria que incluye ensayo, poesía y cuento. La delicada prosa de la autora, heredera de una tradición tal vez inaugurada y con seguridad coronada por Katherine Mansfield, construye una obra que permite al lector sumirse en el recorte envolvente que las voces de los personajes hacen de su propia historia, fragmentos que a la vez invitan a construir la historia común de la familia a lo largo de dos décadas.
Esta novela, de lenguaje exquisito e intriga potente, obtuvo el Premio Rejadorada de Novela 2005 organizado por la editorial española Multiversa, con un jurado presidido por el Premio Cervantes José Jiménez Lozano, y fue presentada en la 39na. Feria del Libro de Valladolid.

Cruces cierran los campos

Foto de Miguel Grattier



"Cruces cierran los campos" (novela), fragmento



Beatriz Actis







SEIS:
Underground

Hay penas que es preferible ignorar, parece creer mi padre. El viaje había resultado el modo en que se propuso impedir aquella pena reciente; de veras lo intentó. Lo poco que logró, sin embargo, fue que no pudiese ser testigo inmediato de la muerte de mi hermana. Como si cerrar los ojos y no ver su cuerpo inmóvil para siempre fuese a cambiar los hechos, a borrar la historia. Mi familia posee cierta recurrente inclinación hacia el pensamiento mágico.
El modo en que él, mi padre, me había protegido de la pena consistió en aquella ingenuidad: impedir que viese el cuerpo desnudo de mi hermana temblando en el fondo del pozo en el centro mismo del patio de la casa, alejarme de los trámites policiales y judiciales, y sobre todo, de la vergüenza familiar ante las murmuraciones de la gente, preparando mi viaje a Londres casi el mismo día de la muerte de Elvira. La gente de esta mezquina ciudad, ante el suicidio, preguntaba en voz alta: “Por qué”, e inmediatamente confesaba, en voz más baja y entre suspiros calculados: “La pobre tenía que terminar así” o bien: “Siempre lo imaginé”, que era una manera encubierta de decir: “Para qué iba a seguir viviendo de esa manera”.
En Londres vivía en ese entonces mi hermano Julián. Uno de mis tíos (Eugenio, el hermano de mi padre), que desde hacía años ocupaba un puesto importante en el Banco de la Nación en Buenos Aires, había sido asignado en la delegación del Banco en la capital de Inglaterra mucho después de terminada la guerra, cuando se reanudaron las relaciones diplomáticas. “Siempre tuve vocación imperial”, dijo Julián, al enterarse. Y yo sé que pensaba, sin verdadero agradecimiento hacia Eugenio, que el tío se comportaría -fiel a su conducta de años- con la soberbia de un embajador y no con la naturalidad aburrida de un empleado de banco. Eugenio era “el que había triunfado en la familia”: tía Gloria y mi padre, los otros hermanos, estaban definitivamente varados en la quietud, detenidos en Santa Fe hasta la muerte, sin ninguna convicción frente a sus destinos.
Julián -cuyo vínculo con Inglaterra consistía en haber visto varias veces las películas de Richard Lester en las que actuaban Los Beatles, lo cual era una especie de excentricidad entre los hábitos de nuestra generación, y admirar las antiguas motos inglesas- convenció a la familia y se fue a vivir a Londres con el tío Eugenio, quien lo aceptó a su lado por una especie de vieja lealtad hacia mi madre, como le confesó casi borracho una noche (Julián me lo había contado, breve y sarcástico, en una de sus primeras llamadas telefónicas desde Londres, y había confirmado lo que ya suponía: el ofrecimiento de Eugenio sellaba la competencia con nuestro padre, remarcaba su fracaso, ese ir y venir de negocios que se abortaban desde el primer intento, esos proyectos inconclusos que signaban su vida y opacaban el recuerdo de aquella breve y lejana prosperidad, lograda durante nuestra infancia, cuando vivíamos en Sauce Viejo y Eugenio y nuestro padre eran dueños de una librería en Santa Fe, en la época de bonanza anterior al accidente de Elvira). Julián sentía “curiosidad por el primer mundo, por planificar una vida sin sobresaltos, una vida en que la economía y los gobiernos fuesen estables”, dijo mi padre. Supe, claro, que mi hermano jamás habría hecho una afirmación semejante.
Mi padre, en cambio, solía murmurar en los momentos de crisis: “Por qué habré tenido que nacer en este bendito país”. Aquél era, sin dudas, un pensamiento propio de la vejez prematura de mi padre -a Elvira le llamaba la atención que, incluso renegando del país, lo llamase “bendito”- y también la motivación de mi tío para aceptar el trabajo y radicarse en Inglaterra.
Así fue como yo, el menor de los hermanos, tras la tragedia familiar, partí desde Santa Fe hacia Londres debido a la voluntad sincera de mi padre que insistía en que viajase escapando del presente. Muerta Elvira, nos habíamos quedado de nuevo los hombres solos.


(...)

Textos escritos en el TALLER


La consigna de escritura en el Taller fue, esta vez, El Sueño. Aquí, la primera serie de textos: un monólogo.


He tomado una decisión

Stella Zampa

Hay distintas maneras de ser poseída durante la noche. Al acostarme me planteo cuál de ellas será la que me domine esta vez.
Una cosa es que el sueño te penetre y lo haga como sólo él sabe hacerlo, con suavidad, consiguiendo que cada parte de tu cuerpo se entregue despacio y, lentamente, vaya relajándose a través de un hormigueo placentero, delicioso, hasta el punto de alcanzar una mueca de goce en la cara, que te recorra la complacencia y te vaya empujando mansamente al mundo onírico.
Muy distinta es la irrupción del otro personaje… Este no conoce de buenos tratos, de golpe aparece y lo sentís como un pellizcón, los párpados se abren (o parece que se abren) pero repentinamente ves la noche y comienza el acto de unión entre uno y él.
Esa penetración inesperada, de sopetón, es de un efecto tal que puede ocurrir cualquier cosa: o bien te transformás en una maga que soluciona todos los problemas de tu vida, de tu familia, de tus amigos y hasta del mundo, o puede suceder todo lo contrario, que te des cuenta de que jamás podrás, de ninguna manera, remediar, ni siquiera paliar esas dificultades.
Cuando, como en el primer caso, creés que serás capaz de vencer todos los obstáculos de tu existencia, te invade una euforia desmesurada y puede pasar que el sueño quiera intervenir para darte la paz necesaria y se entrecruce en una lucha feroz con el otro. Vos sos testigo de esa lucha y también de ver cómo el sueño es derrotado.
Si lo que te acomete, en cambio, es que pensás que no podrás con nada y que ningún intento es posible, ingresás al mundo de las tinieblas nocturnas, ése que está poblado de seres fantasmagóricos, sobrecogedores, y entonces la lucha es tuya y de él.
He probado infinidad de métodos para expulsarlo: la leche tibia, el alcohol, el té de yuyos, la lectura, e la televisión, la caminata… nada dio resultado. Es allí cuando aparecen mis instintos asesinos y hasta llegué a pensar en una sobredosis de somníferos, en permanecer levantada día y noche y no sucumbir a la cama, que es el lugar de encuentro.
Nunca pude conseguir vencerlo.
Debo admitir que él ha estado presente en mi vida en todos los momentos. Su atormentada compañía me acompaña desde la niñez. Recuerdo la experiencia de mis internaciones en el hospital, no se movió de mi lado, le supliqué que se fuera pero no hubo caso, ahí estuvo, aun de día. Y el año de esa muerte tan terrible… En esa época vino con todo su cargamento sombrío, y por las noches ni siquiera permitía que me recueste porque me provocaba semejante tensión que me pasé largo tiempo intentando dormir sentada, pero no pude. Cuando mi niña se enfermó también estuvo conmigo todo el tiempo, me custodiaba en mis miedos nocturnos, aceleraba mi corazón hasta doler…
También llegó en los tiempos de felicidad. Cuando eso acontecía, me acostaba segura de no verlo porque pensaba que la buena noticia me daría la placidez necesaria para descansar… pero ahí aparecía él, cargado de adrenalina y me provocaba palpitaciones que no me dejaban dormir.
He pensado mucho en cómo librarme de su compañía. Anoche, sin ir más lejos, a las cuatro de la mañana, cuando bajaba la escalera que me llevaba a la planta baja de mi casa y lo veía a mi lado, lo observé: esa sonrisa lacónica, casi perversa… Estuve un rato cavilando qué hacer y finalmente, a esa hora de la madrugada, tomé una decisión.
Es mi compañero de toda la vida, tiene incontables defectos, manías y vicios, no lo amo pero ¿cómo sería vivir sin su presencia? No me lo imagino.
Así que le guiñé un ojo, lo invité a subir nuevamente a la planta alta, y me acosté con él.

sábado, 3 de octubre de 2009

Textos escritos en el TALLER


Otro "juego de cartas" a partir de una consigna barajada en el Taller.

Destinos

Fabiana Paloma

Entorna unos ojos de niebla
(afuera, nubes con tintes de fuego y de humo;
un trueno)

La mano en garra apresa la indefensa baraja.
La niña se sobresalta.
Un movimiento impensable y un sonido
como de agua
en el vuelo breve de mano a mano.

Y otra vez…
Una cascada.
Un bandoneón.

La niña aplaude el prodigio;
una vida se sustenta en ese instante
y la sonrisa despojada escapa de los labios ásperos, reblandecidos.
Se demora la mezcla minuciosa
en el placer alquímico de dominar los elementos,
de manipular oráculos.
Desde el principio de los tiempos viene la mirada agotada
al encuentro de los ojos nuevos
para en ellos descansarse, apenas,
y posar en la mesa el completo mazo, al fin vencido.

En el corte
la vieja transfiere el poder a la niña.
El aire expectante envuelve la magia solemne del acto
Y así, en un simple alternar del arriba y el abajo,
el destino queda sellado,
invariable y oculto en el delgado misterio de las cartas.

En cada movida se va develando el sino marcado
Se cumplen augurios,
se elevan plegarias.
La vieja maldice.
La niña predice.
La vieja adivina.
La niña imagina.

De pronto el grito triunfal -de pájaro, de bruja- quiebra
la quietud del aire
Sorprende a la pequeña
que abre unos ojos encantados
y suma a la rasposa carcajada
su risa de lluvia fresca.

Entonces,
otra vez…
La carcajada que es grito reverbera en los cristales,
los trasciende en las gotas
que ahora tiemblan inquietas en las ventanas


Y otra vez…
El grito,
la sorpresa,
la risa de lluvia…
El juego sobre el juego.

Pero ya se tiró la última carta.
El futuro es pasado.
Cumplido todo presagio.
Las sombras de la noche devuelven lentamente
cada cosa a su justo lugar.
La nona a dormir.
La nena a soñar.

Final del juego